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EL EDITOR. líADBID, 1880. — Imprenta, estereotipia y galvanoplastia de Aribau y C* (sucesores de Bivadeneyra}. Duque de Osuna, 3. I03.\sqw\c{0 Á MI MAESTRO, EL. ADMIRABLE NOVELISTA i. MtO ISI^2 Mlo^. d. O. JVI. Madrid, 1880. OBRAS DEL MISMO AUTOR. Pesetas, La Cigarra (2.* edición) - . » Lucio Tréllez El Tren directo SOR LUCILA. I. La hierba oculta. ¿Cuántas veces se había asomado el guerrero moruno ■de aquel reloj á la puente levadiza del castillo? ¡Muchas, muchas! Pasaron años, y sucesivamente viéronse llenas de pomposa cabellera vegetal y desnudas del adorno las acacias del jardin de Añorbe. Era el mes de Mayo; ¡ pa- rece que fué ayer! La hierba crecía, crecía. Ejércitos de caracoles trepaban por las ramas de los tamarindos en flor, y saludando al sol con sus cuernos, inclinábanse para ver qué había sido de aquella lápida de humilde pie- dra puesta sobre un cadáver. Pero nada podían averiguar los curiosos animalejos. La grama había avanzado una primavera hasta el borde de la fosa. A la siguiente pri- mavera ya había cruzado sus tallos de oro sobre la pie- dra, Al tercer verano, las ramas denn sauc3 llorón bar- rieron el polvo que ensuciaba la leyenda : « gB Soledad Pedrezuela x> , y luego luego los carraspiques mora- JOSá ORTEGA MUNILLA. dos 9 las campánulas blancas , las coronas de pavo real y los alelíes dobles se abrazaron , se estrecharon , tejieron nn paño multicolor de terciopelo, con que por los siglos de los siglos quedó escondido para el mundo lo que fué un cuerpo humano. Allí estaba la Cigarra, en aquella tumba que parecia la cuna de un silfo. El jardinero del convento cruzó con su azuela j su regadera por el sendero que dividia dos arriates. Iba á escardar un plantío de alcachofas. Pero cuando se re- mangaba la tela de la camisa sobre los codos, en el largo corredor de piedra cuyos balaustres daban al cenador,, apareció una sombra negra y blanca , que venía corrien- do, corriendo. Agitó los brazos desesperadamente, y del pliegue que formaba la toca monjil salieron disparadas- €stas palabras : — ¡Mesio, Mesiol ¡Que se muere, que se muere! II. ¿Quién se moría? Á dos grados bajo cero estaba el termómetro el día aquel en que el padre Hernandito atrapó el constipado que debía llevarle al hoyo. Complicóse el pasmo de algo de pulmonía, y el pulmón derecho se le paralizó, como un fuelle cuyOiS ballestas de fresno estallan y se apoli^ lian. Después de una noche tranquila, amaneció un día de dolor para el santo. — ¿Qué sientes? — le preguntó llorando subuenísi- ma hermana doña Mónica. — Nada — repuso él. Pero sentía demasiadas cosas para decirlas en menos tiempo que se pronuncia la anterior palabra , y él quería reposo supremo, calma absoluta, silencio, muerte físi- ca que fuese como la portada de aquel hondo túnel don- de los corazones humanos dejan de latir. A las diez de la mañana pidió agua, y doña Ménica se la dio con azúcar. — ¡Déjame de menjurjes! — dijo apartando con blando ademan el vaso. Cerró los ojos, cuyos párpados, llenos de arrugas, pa- recían las losas funerales de dos miradas, y oró con las JOSÍ ORTEGA MUNILLA. manos juntas. Las palabras sagradas del Vexilla Regis salían de sus labios tranquilos. — ¿ Has avisado á sor Circuncisión? — preguntó luego suspendiendo sus oraciones, como si un brusco recuerdo terrenal hubiese relampagueado entre la suave tranqui- lidad mística de su espíritu. — Vendrá con las reliquias. — Arbor decora^ et fulgida — continuó rezando el padre Hernandito. « Dos veces habia querido escribir ; pero no pudo la flaca mano sostener la pluma, que pesaba en ella como viga. Á las doce pidió el Breviario, y á la una, habiendo leído el oficio del día, al pronunciar <í.Ite misa est!y>^ se sintió postrado y como sin fuerzas. Parecía que su cuerpo , al terminar el Santo Sacrificio, había terminado su vida, muriendo con Jesús. Sor Circuncisión, abadesa del con- ventó de las Teresitas , trasportó cerca del lecho del sacerdote las reliquias conventuales , huesos de santos, partículas de carne momia, sagrado polvo de una fe aven- tada por los siglos. El padre Hernando besó todo aquel rosario de metatarsos , dientes y piedrecillas ; per8 no obró la propiedad terapéutica atribuida á tales reli- quias. Pídi^ que le dejaran solo y que corriesen cortinas y persianas. Hasta las cinco permaneció en el ideal pan- teón de las tinieblas. Entonces un furtivo rayo de sol se introdujo por un quicio de las maderas y fué trepando por la pared. Primero posó sus píes en el boliche dorado del lecho ; después encendió la pila del agua bendita, si- mulando el ocaso de un sol de á pulgada en un mar como una tacilla ; por fin, paróse en la estampa que re- SOR LUCILA. presentaba á Jesús resucitando. Allí pareció enredarse en algo que le detenia, y al abrir D. Pedro los ojos no pudo contener su asombro. Habíase la pared rasgado para mostrar el centro de la gloria, la luz de las luces, el nudo de todas las vidas. Allí estaba la hermosa cabeza de Je- sús más bella 7 más conmovedora que la de ningún otro ser. Bodeábale una gloria de ángeles menores, todos ca- beza y alas, y nubes flotantes, irisadas como polvo de alas de insectos. — ¡Perdóname! — balbuceó D. Pedro con las manos al- zadas. tjuiso incorporarse para rezar de hinojos, pero no pudo, y rodó por la cama, suspirante y moribundo. El llanto acudió á sus ojos; los suspiros dificultaron su res- piración. ¡ Lágrimas de un alma elegida ! ¡ El arroyuelo deleitoso que viene de Siria, donde los ángeles de paso humedecen el pié, donde Tobías sumergió su cabeza por curar de la ceguera, donde la rosa de Jericó entreabre sus abrasadas hojas sin aroma y se trueca en flor bal- sámica, se llevó aquellas lágrimas para enriquecer su corriente! Alzó los ojos con tedio, y el rayo de sol se había ido, llevándose la magia de la sobrenatural escena. — ¡ Hermana ! — dijo. — Vén , ayúdame á incorporar- me Estoy cansado como de hacer un largo viaje ¡ Cordero celestial ! Estoy como la Cigarra cuando llegó aquí Parece que ya la estoy viendo ¡Pronto, pron- to la veré! ¿Quieres algo para ella?..y. Tú me enco- mendarás un beso y una golosina ¡ Ay , Mónica, no caben las golosinas en esta alforja que yo he de aprestar JOSá ORTEGA MUNILLA. para el gran viaje! ¡ Bendiciones, preces, agua ben- dita! Eso, eso es lo que me hace falta El perdón de aquellos á quienes ofendí Dame el' tuyo. — ¡Mi perdón! — dijo Ménica en el tono en que res- pondería un mendigo á quien le pidiesen un cetro j una corona. — Sí; porque yo me marcho ¿No lo ves, mujer? ¿Noves esos ángeles que me esperan? ¡ Señores mios, vamos cuando gusten ; pero en mi ánima les pido que no me dejen caer en aquel hoyo profundo del Averno! ¡Mucho he pecado, pero Dios es infinito! ¿Qué vale el mitcho del hombre al lado del infinito de Dios? Mi peca- do puede entrar en el cielo sin que el cielo se descom- ponga, como un grano de acíbar en la boca de una ba- llena sin que se ofenda su paladar. Desvariaba el pobre viejo , soñando y pensando, y te- jiendo una red de ideas razonables y disparates ab- surdos. — Quiero que me bendigas ¿Te niegas? ¿Fui tan perverso?..... ¡ No me dejes sin ese consuelo! Bien me acuerdo de cuando éramos chiquitillos como cañamo- nes. Tú ibas á coger cardillos como un arrapiezo. Yo guiaba las muías deL trillo ¡ Qué pobre era nuestro padre! Luego nos enseñoreamos, y me pesa en el al- ma que el altar me sirviese de estribo para saltar á clase -más elevada Sí, Ménica, sí; yo he pecado de si- monía. — Déjate de^pecados ; que eres un santo Y no pien- ses en morirte ¡ Morir ! Eso no es para hoy. — Para hoy, para dentro de poco ¡ Bien lo sé! 'SOR LUCILA. Ahora lo veo todo claro y discurro maravillosamente. Nunca 9 nunca te habia visto en la espalda esas alas de ángel que te nacen, y con las cuales ha de serte tan fácil subir al cielo como á los canarios de Lucila subirse á la <5aña de la jaula ¡ Yo no las tengo ! ¡ Yo tendré que trepar poco á poco, como un escarabajo que quiere hacer fiu nido en un rinconcillo del solí Mónica escuchó asustada el delirio de su hermano. Hizo como la madre que oye disparatar á su hijo en la tribuna de la fiebre : puso la mano en la boca de D. Pe- dro para tapársela. Don Pedro la besó. — ¡ Gracias por tu perdón 1 Ahora dame agua ben- •dita. Trajo Mónica la cristalina pililla, que estaba rota por <5Íerto, y con el temblor de sus manos vertió algunas go- tas en el embozo del lecho. El santo anciano metió su dedo índice en el recipiente, y saludó á su hermana, ar- rojándole á la frente una húmeda cruz que trazó en el aire. — Oh crux , ave , spes única ! — dijo. Persignóse y cruzó las manos. Quedó tranquilo, feliz, sin dolor, libre de sensaciones enojosas. — ¡Qué bien me siento! — balbuceó en voz baja. — Ahora nada me molesta, y apenas si peso. Creo que po- •dria volar sin más que querer. Empezó á cantar bajito el Pange lingua gloriosi, y su vocecilla ronca resonaba cadenciosa, pero desigual, como suspirona nota de órgano obstruido por telarañas. Fué haciéndose más débil y más dulce, más lenta y tan le- jana, que parecía sonar bajo el lecho. Después de cantar 8 JOsá ORTEGA MUNlLLA. Compar sü hudatiOy calló la voz. Como si ésta hubiese sido un espiritual asidero con que el alma se agarrase á la vida, al dejar de sonar, la cabeza de D. Pedro Her- nando cayó hacia el lado siniestro, y sus párpados se hundieron; abrióse su boca como pico de pájaro sediento, contrajese la máquina toda, y bajo las ropas un temblor circular se advirtió, como si una culebra se hubiese des- enroscado y huido. Doña Mónica salió al pasadizo del convento. Llamó á. voces, con palmadas, agitando el cordón de la campani- lla Sus gritos tuvieron un eco, y las mdnjas abrieron la verja, quedando rota la clausura por la muerte. III. En que ocurren demasiadas cosas, todas ellas dignas de ser sabidas. De igual manera que las emanaciones del suelo húme-^ do producen las sombras del dia tempestuoso , los suce- sos que constituyeron el martirio y muerte de la Cigar^ ra formaron dentro de la tranquila morada de los Aflor- bes densa neblina, en cuyo seno sonreia el demonio de 1a tragedia. No es fácil contar en pocas lineas lo que ocurrió en muchos años, ni encerrar en cuatro mal hil- vanadas oraciones la eslabonada serie de pensamiento» tristes que produjeron en el franco y alegre ánimo de D. Acisclo profunda modificación. Bien que no trascen- diese al mundo aquel secreto drama , que en su lugar está referido, y por más que el influjo de D. Pedro Her- nando evitó con eficacia las consecuencias presumibles del loco delirio con que fermentó y estalló el amor ma- terno de doña Ana, D. Acisclo no necesitó ser un lince para descubrir vagamente lo que habia ocurrido. Doña Ana permaneció durante tres meses bajo el pe- so de una fiebre nerviosa que liquidaba su cráneo , en- cendia viva lumbre dentro de sus venas, poblaba de pa- vorosos fantasmas su sueño, y proyectaba sobre su vida toda cierta sombra, como la que traza la luz sobre las 10 JOSÉ ORTEGA MUNILLA. alas de un siniestro murciélago. Don Acisclo amaba tan- to á 8u mujer^ que no pudo menos de dar de mano á sus temores, que eran, después de todo, cosa imaginada para atender á aquello que era tristemente real : la dolencia peligrosísima de doña Ana. No se apartó , pues , de su lecho. Consultó el puko de la enferma y el pulso del re- loj, comparando la fiebre del tiempo con la fiebre morbo- sa. Rebuscó en su memoria los recuerdos de una medi- cina casera aprendida en los dias negros de su niñez plebeya. ¡ Hasta rezó una noche, convulso y agitado, llo- roso y trémulo, sublime en su dolor de esposo, y olvida- do de la vida mientras que pensaba sólo en la muerte! Fué una calentura de inquietudes al lado de una calen- tura real. Fué la agonía sin fin del dolor junto á una agonía renaciente que hacia rosario interminable de lá- grimas y sonrisas, y de esperanzas de vida y temores de catástrofe. El flujo y reflujo de la enfermedad traia y llevaba sobre sus ondas móviles escuadrones quiméricos de negros fantasmas, luces y nubes, pedazos del sol, y oscuros peñascos sacados del fondo del Océano, rincones del cielo y salas del purgatorio. Como caldera puesta junto al fuego hervía aquel cráneo, y puede decirse que la suave, pero ajada cabeza de la enferma, era un aparato de producir visiones. No había secreto que retuvieran flus labios. Todo lo referia en su incoherente estilo, bue- no para ser trasmitido por el telégrafo de la jaqueca. La verdad sentía derretirse sus cadenas al fuego de la calen- tura, y salía á luz con ^1 melancólico pergenio del arre- pentimiento. Pasado el equinoccio, una nublosa tarde tuvo D. Acis- SOR LUCILA. 11 cío que salir á asuntos urgentes , j poco antes del cre- púsculo volvió anhelante á su hogar. A grandes pasos trepó la ancha escalera. Oon ambas manos apretaba pi- caportes, descorria cortinas, empujaba mamparas para llegar más pronto al lecho de su mujer. No vio que tras él iba un lacayo llevando en la mano un sobre, ni escu- chó las palabras con que le llamaba. Hacía dos horas que estaba fuera de su casa, y la dolencia podia en este tiem- po haberse agravado ó corregido. Eran unos minutos, dramáticos que podian haber servido á la muerte de má- gica escala para entrar, porque es el reloj del tiempo de condición tan traidora , que un largo mes no nos da su- ceso alguno , y en un solo instante anubla nuestro hori- zonte con los más espantosos acontecimientos. Yacia doña Ana más agitada que nunca. 8ti hermosa cabellera habia encanecido rápidamente. Tenían profun- dos surcos azules los párpados, y los desquebrajados la- bios, llenos de tirantes grietas, parecían la envoltura de un fruto seco. Hay algo más horrible que la fealdad des- compasada, y es la hermosura en desconcierto. Así sus ojos fulguraban con siniestro llamear, sus manos se jun- taban con el nudo de la desesperación, ó sueltas y crispa- das oprimían el mal cubierto seno, ó acudían á contener el latido doloroso y vibrante de la sangre en las sienes. — ¡Vete, vete ! — decía. — ¡ Huye de aquí I Déjame. Veo que te llevan á aquel hoyo negro, y quieres que me vaya contigo Bueno, iremos; me enterraré en vida Me- recido lo tengo Pero no; tá quieres irte sola, porque tú vas con alas y yo voy con píes; tú vuelas y yo ando; tú subes y yo me arrastro por la tierra. 12 JOSÉ ORTEGA MUNILLA. — ^Ana, ¿qué locuras son ésas? ¡Calla, por Dios! Ke- posa, duerme; esto es un suicidio; tú quieres matarte con ese pensamiento como otros con un puñal. El delirio se desvanecía ante la voz humana, como la bola de espuma cuando el niño la hiende con el cañuto, y parecía (íbmo que aquella mujer caia de otro mundo sobre su lecho. — Acisclo, creí que me hablabas. ¿Dónde has estado? ¿ Y Lucila ? ¿ Está en el jardin ? Don Acisclo la miró con dolor. Subieron las légrimas á sus nobles ojos, arrugóse su frente con todas las arru- gas que cincuenta y cinco años de vida laboriosa hablan formado. No contestó ni halló palabras para sus pensa- mientos. Iban éstos descarriados y lúgubres cual mana- da de lobo# en fuga , aullando á un sol que el espíritu de D. Acisclo se empeñaba en hacer refulgir sobre la sombra. — «Es una santa» — se decía á sí mismo. Y los pensamientos aulladores seguían huyendo , sí, pero con la cabeza levantada y el fiero baladro entre los dientes. — «¿Es una infame? ¿He sido engañado? ¿Hay algún crimen entre los dos? No, no, no.» — ^Y cada una de es- tas negativas era como losa sepulcral descargada sobre los pensamientos rebeldes. Pero ¡ay! en aquella lucha entre el pensamiento y el corazón, siempre era éste der- rotado. No sin dolor veía D. Acisclo que una creencia de toda su vida, el único dogma admitido por su razón , la inmaculada virtud de Ana, quedaba rota, pisoteada, sin prestigio. Probad en un día al mundo que no hay Dios, y veréis á la humanidad contemplando horrorizada el inmenso vacío de los cielos. Por tal manera D. Acisclo, SOR LUCILA. 13 al sorprender la verdad de aquel drama narrado antes de ahora 9 veia ante sí nn conjunto de abismos en que se encadenaban lo de arriba y lo de abajo con los eslabones de la nada. Entonces advirtió que el criado estaba á la puerta de la estancia presentándole el sobre. Cuando le rasgó , vio que contenia un despacho telegráfico, el cual decia : «Li- verpool. — Recibo noticias de haberse perdido, aguas Martinica, nuestro paquebot Felicidad, Perecieron cin- cuenta y tres tripulación. Sobrino Víctor salvóse y sale para ésa. — Escribo detalles. — Moore and Thon.-» Tal era la situación espiritual de D. Acisclo , que sus ojos se pasearon estúpidos por estas líneas. Le anuncia- ban un descalabro comercial, una desgracia horrenda, y él no se supo explicar cómo le impresionaba tan poco. Tiró el papel. Rompió á llorar. No desataban aquellas lágrimas ni la humanidad ni el ínteres, sino el insisten- te y tenaz dolor de aquella interminable enfermedad. Llénase la copa del dolor humano de lágrimas, pero aun falta una línea para desbordar. Un grano de arena hace subir el nivel de esa línea, y las lágrimas corren. ¡ Inundación terrible I Tanto como si el mar , recibiendo en su seno las crestas de todas las montañas de la tierra, derramase sobre ésta sus verdes olas. Siguió aquella dolencia extraña y sin nombre los trá- mites del apogeo, y cuando sobrevino una inopinada me- joría, la idea negra y malsana había horadado el cerebro 14 JOSÉ ORTEGA HÜNILLA. de D. Acisclo y como un tornillo amasado con cieno y fuego. Lenta la convalecencia , no trajo esta vez , como suele, las sonrisas de esa primavera de la salud que orna de flores el camino del enfermo. Trajo una desesperación espantosa y anticristiana, un odio intensísimo á las gen- tes , una irritabilidad nerviosa que el médico González Eobles llamaba la venganza de los nervios. Doña Ana estaba condenada á vivir. Dios la encerraba entre las pa- redes de la vida, como Dante á los leprosos de mal im- puro en las cárceles frias de hielo. Era mandarla al des- tierro del purgatorio, que ella codiciaba para purificar sus culpas. Enferma su inteligencia, hirió con la flecha de la superstición cristiana la alegría de aquella casa. Creyó que siendo tan espantosos y viles sus pecados, la juzga- ba Dios demasiado abyecta para que pudiera permitírse- la la entrada en el infierno , y la condenaba á ser en público martirio escarnecida por los demonios de la ma- ledicencia , y á sufrir las mil muertes que la vergüenza tiene para los que cometieron escándalo. Comenzó, entonces la extraña y loca vida de aquella mujer, que estudió sus gustos para contrariarlos, verdu- go de sí misma, juez de sí misma, sin gracia ni piedad» Y juntaba lo pavoros'amente sublime con lo que por su nimiedad era ridículo; los martirios horrorosos de la carne y el alma á las más pueriles prácticas piadosas. Tres días pasó sin comer, y en el mes de Julio otros tres pasó sin que humedeciera su boca el agua. Don Acisclo, que expiaba aquellas demencias de un espíritu extravia- do, supo una vez que Ana había permanecido con los brazos en aspa y las rodillas en tierra seis horas morta- SOR LUCILA. 15 — • les. A par invadieron su alma el espanto y la indigna- ción. Tiró la pluma con que escribia en su pupitre. Ar- rancóse de la nariz los negros quevedos, de tal suerte que no parecia sino que se arrancaba los ojos ; y entran- do en la estancia de la devota , cogióla por las muñecas y dijo de este modo: — ¡ Qué necias quimeras tienes en la cabeza 1 ¿ Qué de- monio te aconseja estos disparates ? ¡ Quieres matarte y matarme á mi también ! Nuestra calma ha huido ¿Qué maldita brujería ni qué hechizo endiablado ha po- dido tener una mendiga para espantar de aquí la dicha? Yo no quiero saberlo, yo no te pido confesiones délo que ya pasó ¿Ves todo ese cúmulo de años trascurridos hasta que yo me casé contigo? Pues todos ellos me parecen encerrar un crimen y una infamia, y no son de la común naturaleza de los tiempos que se fueron, sino que parecen continuar siendo y son como una eternidad, que donde acaba empieza. Oreo que si cien años vivo, no he de vivir ninguno que no sea uno de los que tú has vivi- do en esa época negra y espantosa de tu primera ju- ventud. Doña Ana miró con cuajados ojos a su marido, y sus brazos, que aun seguian en cruz, cayeron inertes sobre los costados. Perdió su cabeza el enérgico erguimiento que antes tenía , y habiéndose como desencajado su espina dorsal y desvanecido el vigor de sus músculos, rodó por tierra desfallecida. Era uü maniquí cuyos tornillos se aflojan : el espantajo puesto en las mieses del remordi- miento para ahuyentar al pecado. Diversas escenas de suma violencia entenebrecieron la 16 JOSÉ ORTKGA MUNILLA. atmósfera de la casa de Añorbe ; pero Doña Ana no cejó ^n sa martirio por las súplicas de su esposo, el cual la rogaba de tal manera , que no parecia sino que él era el •culpable. Coincidió con estos sucesos la muerte del pa- / 22 JOS]£ ORTEGA MÜNILLA. rirle, porque era un Viaje al deloj con paradas en las llagas del Señor y hospedaje en el purgatorio^ y se com- ponía de más de cien consideraciones piadosas , escritas con zumo papaverino. Cuando el Padre Alegre pidió á Lucila noticias de lo que el libro le parecia , ella repuso con una franqueza que era el lado dominante de su fiso- nomía moral : — Me gusta más Santa Teresa. — ¿Ha leído V. ya Santa Teresa? — preguntó asom- brado el cura. — Y me gusta más aún que Santa Teresa el Cantar de los cantares. El Cura se persignó , palpóse el cráneo, dio un místi- co suspiro y quedó horrorizado. — No haga V. eso Antes de leer un libro, debe con- sultarse á alguien sobre lo que contiene. Suele ser un libro el tronco del árbol del bien y del mal, anidado por las abejas, que salen á herir al que las molestó en su sueño. Habiendo leído como V. lo ha hecho , ¡ cuántos errores tendrá por cosas ciertas I ¡ Quiera el cielo que yo haya acudido oportunísiinamente !..... Veréinos ese espí- ritu de V., y trataremos de sacar de esa memoria las in- terpretaciones nocivas. Mucho sorprendió á Lucila aquella teoría; y como <;ada noche soñaba , siendo su sueño una especie de som- bra de los sucesos del día, creyó ver entre las nieblas del dormir un enjambre de abejas que salían de la bibliote- ca y la perseguían , picándola en el rostro y escondiéndo- sele entre el pelo. Dos tardes enteras estuvo pensando en su sueño , y desde entonces los libros le gustaron co- SOR LUCILA. 23 mo fruto prohibido. Pero no leyó página que antes no revisara el Padre Alegre. Ahora bien ; leyó poco , pues «1 gusto místico-moderno del sacerdote empalagaba al delicado espíritu de Lucila. Con todo , un dia llevóla el <;lérigo la Imitación de Cristo j de Kémpis, y otro 4ia, la Elia , de Feman-Caballero. Estas dos lecturas llenaron muchos meses de su vida de ferviente y sublime entu- siasmo religioso. V. Sonrisas en el mar. — Dolores en la tíerra. Con el verano se alteró el orden de vida de aquella^ muchacha. Vinieron las alboradas que llaman al campo^ los crepúsculos hechos para servir á la meditación de templo, y D. Acisclo Añorbe, á quien, más que el calor, otros motivos hacian ahogarse dentro de su propia casa, dispuso el viaje para pocos dias después. — Iremos, iremos, Lucila; tú no sabes lo que es As- turias. Tú no has visto nunca país tan encantador. Mira tú cómo será, que yo, yo, es decir, lo más pesado é in- capaz de subir á las cimas altas, creo alli que Dios ha hecho muy bien en crear á los poetas Con que tú, que- tienes tanto de ese fueguecillo vaya, vaya, ha de ser el verano en Asturias para ti un soplo. Así decia D. Acisclo, jugando con las trenzas de Lu- cila , que eran negras y delgadas como seco ramaje de enebro. — ¿Y mamá? Estas dos palabras pusieron en gran turbación á don Acisclo. — ¡Mamá! — dijo — mamá está demasiado enferma pa- ra hacer un viaje tan largo. lío fué posible reanudar el diálogo con las condicio- SOR LUCILA. 25 nes de alegte vivacidad que antes tenia. Lucila se fué al cuarto donde su madre estaba , y sin decirle palabra alguna 9 sentósele sobre las faldas y enlazó sus brazos alrededor del cuello de doña Ana. — Ya sé que te vas — exclamó ésta — ¿Has llora- do? Más he llorado yo Tengo miedo de que no te permitan volver á mis brazos ¡ Si tal supiese! Tuvieron sus*ojos un relámpago de ira y su mano de- recha un gesto de amenaza. — ¡No volver I ¡ qué absurdo ! Bien te he dicho — re- puso Lucila — que esta soledad en que vives no puede inspirarte más que pensamientos tristes ó descabella- dos Asi que no hay pequeño suceso de que no hagas tú un drama. Procuraba sonreir, y su semblante hechiceramente se contraia con los hoyuelos de una falsa risa. — Volveré , volveré ; tú no quieres venir. Es un paí& precioso Papá me lo ha descrito minuciosamente. No hay ya un punto qtie yo no conozca. No tengo más que cerrar los ojos, y dentro de los párpados se me pinta todo como en el cristal de una fotografía Aquí un árbol^ allí otro árbol, árboles por todas partes, y más allá un rio Encima un cielo claro que de noche hierve en es- trellas En fin, un prodigio de cosas bonitas Mu- chedumbre de arroyos y de vacas No hay vaca que na tenga su arroyo, ni hombre que no tenga su vaca To- dos son ricos y todos son pobres, quiero decir — y son- riéndose siempre, con su delgado índice al accionar iba tocando todas las partes del rostro materno, la frente primero, la barba después— quiero decir que nadie pide 26 JOSÉ ORTEGA MXTNILLA. limosna, ni nadie puede arruinarse , y que cada uno tie- ne en sus manos un caudal j mucho respeto á los viejos y á los curas No vienes Pero me escribirás; eso cuesta poco trabajo Se pone en frente el tintero, en- cima de la mesa el papel, 7 encima del papel el alma... Ya está la carta escrita. Hizose el viaje, y digamos, porque la verdad es ésta, que, aun cuando es Asturias un país bellísimo, plació menos á Lucila de lo que en un principio había imagi- nado. Allá, conforme se extiende la ría de Gijon, veréis una casa que, cuando la marea sube , parece un barco, porque casi, casi la dejan las olas sumergida. Y si el viento ^opla, hinchando las blancas cortinas flotantes, no parece sino que, armado de mesana en trinquete 7 con las cofas bien cargadas de trapo , va á correr tem- porales por el glorioso golfo. Allí moraba D. Acisclo á la vista de su fábrica de salazones , 7 allí recibió un día la visita de su sobrino Víctor, el cual pocas semanas antes desembarcara en la Coruña. Sin ser el muchacho lo que se llama un buen mozo , no carecía de prendas ñsicas , 7 su media- na talla reunía las circunstancias armónicas que Na- poleón pedia á sus soldados. Moreno dorado era su cutis , más por efecto del trato con el sol que por su matiz nativo. La barba, escasa 7 negra, bordeaba su aguda fisonomía de vaguísima sombra, 7 el bigote no era más espeso. Acento del rostro era su mirar , 7 asi como aquel signo tiene la propiedad de alargar ó enco- ger el sonido de las palabras , los ojos de Víctor eran SOR LUCILA. 27 toda la expresión del hombre , de tal suerte , que verlos era ver su alma, sin que por modo alguno pudiese ocul- tar lo que sentía y pues aquellos castaños cristales saca- bánselo á luz á par traidores é ingenuos. Nada mirado era respecto al traje, sino la misma despreocupación con paños y ribetes de lo mismo. Pero, aseado por instinto, su persona no alejaba por el descuido y atraia por la fran- queza. Todo, en suma, era alli natural y sin afectación. Víctor Carraicedo era sobrino lejano de D. Acisclo , hijo de un pobrísimo primo suyo, descendiente, á su vez, de la rama desheredada y sin ventura de los Añorbes , á quien Dios concedió mujeres feas, hombres de espíritu nada práctico, y ningunos bienes de fortuna; por donde, sin medio social de enriquecer unos de otros, heredaban su triste patrimonio de anhelos de mejoría y memorias de infortunio. — ^Aquí estoy — dijo la primera noche en que, después de cenar, salieron á la terraza D. Acisclo, Lucila y el re- cien llegado. — Es inútil insistir; ustedes se empeñaron en hacerme rico, y como no me aparte V. de su lado yo no saldré de pobre y conseguiré que V. al fin vuelva á serlo. Va conmigo la mala sombra. El paquebot Felici- dad no crea V. que se ha perdido por tempestades ni descuidos, sino por ir yo en él Es demasiado peso para un buque solo el de mi mala suerte. Y lo decía riendo, como si contase los triunfos más propicios. Para gozar á un tiempo de la frescura de la noche y de la música , habían sacado á la terraza el piano de Lu- cila. Sentóse en él, y sobre el murmullo sordo, lento y 28 JOSÉ ORTEGA MUNILLA. cadencioso de la mar dormida, volaron y corrieron las notas cristalinas de no sé qué pieza á la moda. No poseia Lucila el arte á perfección, ni era aquello que tocaba de mejor gusto; pero, con todo, á Víctor le pareció tan bien , que manifestó su gusto con bravos y palmadas. — Yo también toco — dijo. Pulsó las teclas, y varias danzas americanas y mue- lles tangos cabalgaron sobre el rumor de las ondas. Era el lugar hermoso, y sublime el contraste del agitado mar y el tranquilo cielo. Todas las estrellas de arriba se co- piaban en el agua de abajo, y al moverse las olas pare- cian flotar aquellos triángulos de oro como peces fantás- ticos ó sombrerillos de las Nereidas. Víctor propuso un paseo, y fué éste por la vecina playa. Húmeda estaba la arena, roja y brillante como polvo de corales , y el agua venía á cantar en ella despertando ecos de besos dormi- dos y de risas sofocadas. En las partes riscosas el cha- poteo violento sonaba como si dos madreperlas choca- sen manejadas por un tritón, y al empujar dos barcazas, hacían gruñir sus cables modulando algo comparable al ronquido de un perezoso. Nunca Lucila habia visto cosa semejante. Nunca sintió en su espíritu tal inundación de pensamientos grandes sin forma ni nombre. Sólo po- día representárselos con aquella inmensa laguna siem- pre igual y siempre distinta, hallando en su quietud su movimiento , en su igualdad sus contrastes y en su se- renidad su grandeza. Y pensó que realizar ó dar salida al mundo á aquellos pensamientos propios era tan im- posible como andar sobre las aguas haciendo de cada ola losa de mármol de móvil pavimento. SOB LUCILA. 29 Otra habilidad tenia el bueno de Víctor á más de la de la música , que queda referida : la de la pintura. Des- de Gijon se trajo caballeta , pinceles y colores. Empeñóse en retratar á su prima^ pero cuando permaneció una ho- ra delante de ella é intentaba copiar sus agudas faccio- nes ^ nunca sabia ^ y solia decirla : — Mira, muchacha, querer copiar esa curva de tu linda cabeza es como querer agarrar el agua. La coges entre las manos y se te escapa gota á gota..... Y con tu cara sucede eso : que al reproducir las líneas se escapa todo lo que hay dentro de ellas Lo que yo copio de tí es como la sombra de una flor, que no es la flor ni ninguna de las cosas que á la flor hacen bonita. Tiraba los pinceles , y sobre la tela solia quedar una cabecita delgada con sus flotantes cabellos, y que en vez de cuerpo terminaba en el tallo de una flor. Así fué re- tratada Lucila, saliendo de un clavel y coronada por las hojas de un girasol, ó bien teniendo por corpino el cáliz de un carraspique. ' — No volveré yo á servirte de modelo — dijo la flor del carraspique á su primo — porque nunca pintas sino la cabeza.... ¿No son dignas de pintadas mis manos? Y mostraba la derecha delante de un rayo de sol, el cual ponía azulada red bajo el blanco cutis, y resplando- res rósaseos en el extremo de las uñas. — Sí que lo son Manos de diosa buenas para abrir el cielo. Aquel día se le pasó el pintor dibujando en un papel manos en todas las actitudes imaginables. Unas hacien- do graciosas muecas ; otras unidas por los dedos gruesos 30 JOSÉ ORTEGA MUNILLA. y formando el contorno de una mariposa ; cinco 6 seis cerradas y puestas unas encima de las otras, como fan- tástico castillejo, bueno para que los gnomos guardasen en él su pedrería. Pintó otra mano, que oprimia nervio- sa un puñal , y otra, por fin , sosteniendo una cruz. Esta fué la que más agradó á Lucila , porque las otras le pa- recían ó manos de niños, ó manos de criminal, mientras que la de la cruz le parecía mano de santa* — Ésa, ésa es la que yo quiero besar para santificar- me — dijo Víctor. Besóla, pero no se santificó, porque pareciendo mano de santo, estaba hecha de carne de mujer. Sólo quince días permaneció Víctor en Gijon; su tío le destinaba á regentar una fábrica de tejidos que poseía en las riberas del Tajo, entre Tomíllares y la Vierzosa. Lucila le había tomado cariño fraternal , á lo que ella entendía, limpio de malicia y sin asomos de noviazgo. 'Aun debían permanecer un mes largo en la preciosa quinta, pero la enfermedad de doña Ana obligó á variar lo proyectado ; y como D- Acisclo no podía separarse entonces del establecimiento en planta , Garriguez fué quien acompañó á la niña á Madrid. El mayordomo de Añorbe estaba viejísimo, y tan flaco, que parecía un esqueleto coronado por un puñado de nieve ; anda- ba despacio y temblón, y aquella su sonrisa de leticia universal y sin término había marcado sobre la desier- ta boca dos arrugas, que la dabfox carácter de perpe- tuidad. Doña Ana, en tanto, estaba bastante próxima á la muerte. Durante los dos meses en que no vio á su hija SOR LUCILA. 31 se la habia ocnrrido mnchas veces lo horrible que sería no verla más. — Acisclo — pensó — aprovechará esta ausencia en bien suyo; querrá apartarme de la niña Echará entre las dos peñascos de abismos; tiene razón, tiene razón; pero yo no quiero imponerme este martirio, que es el único que no he experimentado y el más cruel de todos. La debilidad de su espíritu, aumentada por la debi- lidad del cuerpo, era como una lámina de frágil cris- tal que se apoyase en cuatro débiles juncos. Un suspira la hacía temblar; un soplo la derribaba quebrándola. Esta consideración, este temor echaron raíz en doña Ana, que se sintió estremecida al verse lejos de su hija. Escribió pidiéndola que viniera en seguida. Hablóla de que su enfermedad acrecentaba y era cada vez más temible. Cuando consiguió ver á Lucila entre sus brazos, pa- reciéronla ridículos sus miedos ; pero determinó preve- nirlos para lo sucesivo. Por la tarde pasaban madre é hija largos ratos en el vecino convento. Y rompiendo la clausura, llevábanse las madrazas á Lucila por allá dentro, y halagaban sus apetitos de niña con perfumados caramelillos y lamedores, y sus vanidades juveniles vistiéndola con sus propios hábitos y haciéndola mirarse en un espe- jo, llevado allí de contrabando por la coquetería. Aque- lla alegre tranquilidad del convento, aquel sosiego de sus largos corredores, aquel nunca interrumpido si- lencio, en el que las voces no sonaban, apagándolos 32 JOSÉ ORTEGA MUNILLA. ruidos de la calle, pavecíale anticipado paraíso, y no dejaba de despertar dulces ideas de mística beatitud en el ánimo de Lucila la vida de la celda compartida con Dios, el ideal esposo, y con su ideal hijo, aquel celestial y coloradete mucbachillo que tiene un mundo azul sobre la gordezuela mano. Era el júbilo de aque- lla santa casa, y cuando Sor Plácida y Sor Antonia — ^las más jóvenes de la Comunidad — vestían y adere- zaban á Lucila, prendiéndola los sagrados guiñapos á uso monjil, puede decirse que jugaban á las muñecas. Tanta curiosidad despertaban en Lucila los misterios de la vida claustral^ que todo cuanto allí veía sumíala en profundas meditaciones. El fúnebre Cristo, de cuerpo moreno como pan de avena , que en lugar preeminente del coro abria sus brazos enclavados, parecíale el único Cristo verdadero de toda la tierra. Rezaba ante él con nn fervor inasitado , y cuando iba á besarle > llaga, das plantas, creía experimentar el calor de xm cuerpo vivo debajo de sus labios. Aquel drama horroroso enter- necíala primero y la indignaba después, y durante la Semana Santa, que pasó dentro casi de los claustros por favor especialisimo que la Comunidad concedía á los ilustres Añorbes de Lustrogrande, sus protectores desde lejanos siglos , no padeció menos Lucila que si todos aquellos sucesos provocantes al dolor no hubiesen sido, en vez de recuerdo de los del Gólgota, su propia repre- sentación cruenta. Segó Lucila las últimas flores de su jardín , y en el invernadero no quedó una; atadas en lindos ramos, fue- ron prendidas en la túnica del Señor que había de lucir SOR LUCILA. 33 ^\ Nazareno en una especie da anti-piadoso celebrado por las monjitas. Era el claustro bajo el que para tal ceremonia servia. €orridas las negras cortinas , obturadas las ventanas ,. j encendidos en los extremos cuatro miseros curios, que se diñan amagados con la esencia de las tinieblas para dar un chasco á la luz^ Sobre un mediano monte de leña, -que en forma de peñasco tallara un artista de mucho mérito, estaba sentado el Redentor , y á pesar de que el ridículo y arlequinesco ropaje puesto por las monjas á la escultura le arrebataba gran parte de su admirable solemnidad, aun se veia á través del judaico irostro la luz del que se la da al sol y la expresión mágica del que ^on la vida ¿todo lo mortal se la otorga. Las monjas le rodeaban en silencio, y Lucila le contemplaba admi- rada. Allá en la iglesia el silábico rezar del padre Ale- gre daba lúgubre son á la vaciedad fria del templo. Lu- •cila permaneció de rodillas largo rato. Luego cesó el rezo del sacerdote, y las monjas una á una faeron sa- Jiiendo del coro. Ella quedó sola. Los cirios también se fueron, porque se apagaron, y Lucila vio ^cosa extraña! que un fulgor tenue salia de las manos y frente de Jesús,, y que incorporándose aquella sublime estatura, esbelta como, palma y como cedro majestuosa, sin que produ- jeran ruido sus vestiduras ^ pero descomponiéndose len- tamente los pliegues de ellas ,. crecía, crecía, y sus bra- zos eran como los de inmensa cruz, y La hermosa cabe- llera flotaba en la espalda como el ramaje del sauce en la. espalda del monte, y la curva nariz se recogía por la sonrisa de los bermejos labios ,; y de él salían palabra3 34 JOSá OKTKGA MUNILLA. que no llegaban al sentido por el ordinario conducta del escnchar, sino directamente al alma temblorosa. Jan- tos el terror y la admiración germinaron en el alma de Lncila; comparó aqnella grandeza con la pequenez de cnanto hasta entonces habia visto, j se agitó su ser en la presencia de Jesns, como húmedo pedazo de tierra^ cuando cerca pisa veloz comitiva de ligeros pasos, Y asi como aquél, sentia desmoronarse todo lo que en su espíritu habia puesto el mundo, y como si viento de tempestad allí soplase, veía desarraigadas todas las afi- ciones temporales de su espíritu, anhelante de traspasar esa línea en que las almas no necesitan para comuni* carse el tacto vil de la materia. Las escenas de repug* nante brutalidad con que algunos libros le habían sim- bolizado las pasiones humanas giraron ante sus órbi- tas como culebras de fuego, y le pareció que la visioBu divina huía y se alejaba, y que el monte que le servia de pedestal iba retirando sus arenosos escalones como un mar sus ondas, disminuyéndose, aminorándose, con- centrándose y oscureciéndose hasta ser punto lejano bri-^ liante éntrelas nieblas y las nubes. No fué la experien-^ cia de la vida, de que Lucila carecía, ni las advertencias interesadas del confesonario las que condensándose en su cerebro produjeran aquella visión; que la presentaba co- mo antagónicos á Dios y al mundo; éste, despreciable;, sublime aquél. Fué una inclinación de su alma, un de- seo de penetrar misterios que su curiosidad sedienta quería razonar y que su peligrosa fantasía presentaba con teatral aparato. Veía dos caminos distintos, y sien- do el uno tan bueno y el otro tan malo , tan agradable SOR LUCILA. 35 la senda celestial y tan horrorosa la de los hombres, juzgaba demencia no seguir aquélla^ y no podia expli- carse que nadie la abandonara. Los instintos del sér humano , que son los que con la pesantez del plomo le arrastran al pecado, no habian sido sentidos por Luci- la, y ella resolvía el terrible problema de la vida sin co- nocer otros datos que los que le daba su espíritu inocente y exaltado. VI. Combate. — Ala derecha. — ¿ Qaé harías tú si álgaien te dijera : € Odia á tu madre ]b? — Odiarle á él. — ¿Y si quien te lo dijera fuese tu padre? — Amar á los dos. Oyéronse tres besos que doña Ana estampó en la fren- te de su hija. Lucila estaba sentada cerca del balcón que daba al jardin, 7 sobre las rodillas tenía una de aquellas novelas que miss Alicia recomendaba, llamán- dolas <í: Clave de la vida aristocrática.}) Pero no la leía, atenta con el oído á las palabras de su madre, y dis- traída la vista por la extensión del jardín vecino, ya pintarrajeado por la primavera , esa paisajista inmor- tal. Doña Ana pasaba las cuentas de un rosario de rojas bolas , no más pequeñas que avellanas , y como permanecía ocho y diez minutos con cada cuenta entre los dedos , diriase que el rosario era un aparato de me- dir meditaciones. El sol se ponía y dibujaba las sombras del arbolado en la pared oriental del patio , haciendo correr, al menearse el aire por ellas, siluetas vagarosas y oscuras como nubes que se persiguen. , — No podrías hacer lo que dices — continuó doña SOB LUCILA. 37 Ana. — Preferirías á uno de los dos. Preferirías al que tuviese razón. — ¡Tuviese razón! — repitió Lucila mirando el es- tanque lejano. — ¿Y quién tiene razón cuando son el pa- dre y la madre los que no están de acuerdo?..... Yo no lo sé. — Acaso te lo dirian las gentes Y si prestases oido á los demás, tal vez podrías decidirte entre uno de los dos — ¡ Qué stiposiciones ! ¡Qué problemas! Acabarás por ponerme triste ¡Ya ves! ¡Ya ves I No sé qué responder á tus preguntas. Su turbación era como la de agua agitada, que todo lo copia trémula y convulsa. Por no llorar tuvo que cer- rar los ojos; pero al abrirlos, el jardin entero flotó ante sus pupilas en la gota de llanto que rebasaba la rosada curva de los párpados. — No quiero hacerte llorar — repuso tras largo silen- cio doña Ana — pero quiero prevenir mi desgracia. Tú tienes demasiado talento para que puedas desconocer qué desdichas han caido aquí. Eso no podria ocultár- sete Tú no sabes lo que es; pero sabes que es algo. — ¡Algo! — repitió Lucila con voz llena de lágrimas. — Y temo que habiéndose roto el lazo que nos unia á tu padre y á mi, él quiera hacerte toda suya, como yo quisiera que fueses toda mia ¡ Hija de mi alma! ¡Pe- dazo de mi ser, que adoro más que al resto de mi ser entero! Tú no conoces qué tormento sufre tu madre. No hay celos tan horribles como los que la madre tiene de los que pueden arrebatarla el cariño de sus hijos...». 38 JOSé ORTEGA MUNILLA. Eres el rinconcito de paraiso que me qneda y temo qaedarme ein tí I — ¡Es qae te forjas ahí unos disparates! La ca- lentara te ha dejado sus engendros en la cabeza..... Papá •te quiere Yo te quiero ¿Qué empeño tienes de su- ponernos desunidos? Vamos todos juntos y por el mis- mo camino 9 con las manos cogidas como muchachos que juegan al corro ¡ Eal Se acabó el soñar , se aca- baron las suposiciones negras y el creerse siempre en- tre enemigos Porque esto no es vivir ÍTi tú vives, ni vivo yo y ni vive nadie con este sistema de crearse pe- ligros que no existen, y pasar días y noches pensando cómo se resolverían en el caso de ocurrir esto y lo otro y lo de más allá Echémonos en brazos del Señor. Él nos llevará por donde nuestras almas deben ir ! — Pero ¿y si yo no estuviese equivocada? ¿Y si tu padre — ¿Vuelta á las andadas? Papá me quiere tanto y me conoce tan bien, que no seria capaz de nada de eso. Ni tú tampoco lo serías Él, si yo no te adorase, no me adoraría, porque sería una hija vil Esa compe- tencia de cariño entre él y tú no tiene pizca de fun- damento. Los dos me queréis lo mismo Yo hago de mi corazón dos partes iguales y digo : ((Esta parte, para mi padre : ésta, para mi madre. 2> Y luego , tomándolo todo entero, añado : ^ Y esto , para Dios. j> Miró doña Ana á Lucila con amor infinito. Luego bajó la vista, y ruborizándose dijo : — Yo no me utrevo á decírtelo Yo quería..... que si ha de ser uno de los dos pedacitos del corazón SOR LUCILA. 39 tnyo ¡ qué corazón tan bneno ! si ha de ser uno de «US pedacitos más grande que el otro fuese para mí. Sonrió tristemente Lucila^ y cogiendo la barbilla de fiu madre y exclamó : — ¡Egoísta! — Y ademas quiero que en cuanto te despiertes, tu primer beso ¿oyes? tu primer beso no sea para él sino para mi. VII. Combate. — Ala Izquierda. Cuando aquella tarde D. Acisclo Añorbe salió de pa- seo con Lucila, entraba en el gabinete de doña Ana el padre Alegre, llevando ciertas cedulillas y rosarios lle- gados últimamente del cielo por la vía de Jerusalen. Don Acisclo conservaba, de su edad de piedra, como él solia llamar á sus dias de hambre, una afición singular al campo libre y un congénito odio á los paseos del gran mundo. El Retiro era para él camino de travesía del pur- gatorio , y la Castellana, pasadizo del infierno : tanto le enojaba la larga y ondulante fila de coches que herido» por el sol despiden al girar los radios de las ruedas vis- lumbres dorados y ofuscantes. No hay, pues, que decir que la amplia y cómoda cuanto antiquísima sociable en que iban padre é hija dirigió el paso de su caballo hacia uno de los lugares que aun quedan en Madrid para las gentes de gustos idílicos. Fué por la puerta de San Vi- cente, y subió hacia la de Hierro, entre las dos hileras de huertas regadas por norias que sacan su zumo del Manzanares como cínifes sedientos su humor de las ve- nas de un clorótico. Iba D. Acisclo con su noble y ancha * faz apoyada en la mano derecha, mientras Lucila soste- SOR LUCILA, 41 nía tma oscnra sombrilleja por librarse de la luz dema- BÍado yiva. — Ya sabes — dijo el digno comerciante, mientras lim- piaba en el codo de su manga derecha los lentes ne- gros. — Mañana se va miss Alicia. Era cierto. La incomparable Alicia iba á volver á la Gran Bretaña con su sombrero de paja negra, sus ondas de rufo pelo asentadas con bandolina sobre las sienes, y con sus tomos de miss Bradon en la mano derecha. — ¡Pobre señora! — continuó el comerciante — Tú te quedas sola. — ¿Sola? Sola con mi mamá. — Sola — repitió D. Acisclo , volviéndose á calar lo» lentes y arrellanándose de nuevo en el fondo del car- ruaje. Largo silencio. Bueda veloz el carruaje y piérdese de vista á la izquierda el caudal del rio, que es un arroyo en que meten sus pies dos docenas de álamos. Iban envueltos en nube vaporosa de polvo y sol; don Acisclo echó sobre los ojos el ala del sombrero para que los protegiese, y continuó : — He dicho que sola, porque en el estado en que tu madre se encuentra, yo , que no quiero sino tu bien, creo que más te conviene evitar que buscar su compañía. — ¡Evitar! ¡Qué horror! ¿Y eres tú quien me lo dice? — Yo, la única persona que puede decírtelo No oreas , no creas que me ha costado poco trabajo Hay palabrejas que al ser dichas se llevan parte del alma ¡ Hablar! ¡qué cosa tan fácil! ¡ Hablar! [ qué cosa tan 42 JOS]£ ORTEGA MUNILLA. difícil I Ello depende de que lo que se hable importe ó no importe, y vaya ó no vaya á tener trascendencia. Al decirte esto he consultado la opinión de muchas ho- ras, y todas me han respondido que era mi deber Tu madre parece que no vive con nosotros hace largo tiem- po Tenemos allí su cuerpo martirizado por las enfer- medades ; pero su alma ¿dónde está? ¡ Hay en ella un desden hacia todo lo que no sea ese pensamiento oculto que la domina I.... Muchas veces he pensado si estará loca. — No te entiendo. Tus palabras me hacen daño sin «aber lo que significan Yo no veo entre vosotros dos esos montes ni esos abismos Tú no quieres que mi madre se sacrifique Ella quiere sacrificarse De tu deseo y su negativa han nacido espinas No veo nada más; pero ¿acaso la voluntad es una espada sin corte ni punta? No, no Rasga, hiende, desbarata, como un robusto brazo la esgrima Se coge, y con ella caen to- das esas zarzas, para que sólo queden en pié las flores ¡ Claro está ! Dejais la espada ociosa, y las zarzas siguen creciendo; queréis acercaros , y os hieren ; y vuestra vi- da no solóla vuestra, la mia también es un abrazo á través de un montón de espinas. — ^Yeo las espinas, pero no veo las flores Ese abra- zo ha dejado de darse hace mucho tiempo. Pero ya los sucesos se han cansado de esperar y vienen á nosotros I Ay, niña mial Yo pensé que no habiapena más grande que tener diez años y no tener madre ; tener hambre y no tener comida; dar vueltas á Santander sin oficio ni be- neficio, dormir á cielp abierto y llevar los pies al aire ¿ Para qué , para qué llevé á cabo esas batallas necias. SOR LUCILA. 43 que se premian con monedas de cinco duros? ¡Fuera yo pobre, y no. me hubiera casado con mujer tan su- perior I — ¡ Calla , calla I Dices cosas espantosas. No crees, no tienes fe, blasfemas y escupes á Dios. Don Acisclo dio un hondo suspiro, en que iba el ger- men de muchas lágrimas. Acaso tras de los ahumados cristalillos asomó una de ellas ; pero esto no se halla probado en nuestros papeles. Dicen ellos á continuación que por este orden siguió el diálogo entre D. Acisclo y LucUa; que aquél no acabó nunca de explicarse con cla- ridad, pues — dice el narrador - aunque fuese grande la confianza entre padre éhija, como suele acontecer ouandolos hijos nacen con más talentos que los padres, borrando esta cualidad preeminentísima limites traza- dos por la autoridad natural, los pensamientos y propó- sitos de D. Acisclo eran de aquellos que están condena- dos á morir dentro del cerebro que los engendró, sin que nadie pueda conocerlos sino cuando estalla la pasión con sus arrebatos (lesatentados. VIII. Viaje mistico. Comprendió Lucila qué lucha sorda estaba llamada á sostener . Desconfianzas mutuas de sus padres; disputas reñidas en la sombra; celos fomentados por una antipa- tía creciente; campaña que el amor de cada uno hacia para que Lucila desertase de las banderas del otro. El comerciante prestó al padre su tenacidad; la mujer, heri- da en sus sentimientos de esposa y madre, desarrolló to- das las estrategias j astucias femeninas. Hubo la pobre muchacha de ocultar sus besos y repartirlos á hurtadi- llas de uno á otra. Aquellos dos cariños giraban por con- trapuestos lados del corazón de Lucila, y las torturas de ésta son presumibles. « No pudo más. Una mañana reveló su situación al pa- dre Alegre, el cual, acariciándose la azuladamariz, dijo: — Sólo hallo uu medio, mi querida penitenta, de evi- tar el conflicto. — Pero V., V., padre Alegre, que todo lo sabe, que es V. un sabio y un santo al mismo tiempo, ¿no quiere usted decirme — interrumpió la señorita de Añorbév- qué misterio, qué espantoso misterio ha podido romper la dicha de mis p4b*es? To no lo sé yo lo sufro. — No ; no me es dado penetrar en ajenas conciencias. SOR LUCILA. 45 Aquellas que no me entregan las llaves de sus secretos, no puedo yo descerrajarlas con la ganzúa de las deduc- ciones. Hábleme Y. de sí, de si sola; de los medios de evitar el conflicto, no de sus causas y procedencias Y vuelvo al pensamiento que Y^ interrumpió. Usted me dice que todos sus miramientos y composturas no bastan ; que su presencia de Y. excita y empeora la situación mo- ral de sus padres. Pues es óbvio^ Retírese Y. de su vista. — ¿Cómo? — ¡ Oh ! Hay mil maneras Pero antes de inquirir- las , resolvamos si esta inspirada por el Espíritu Santo mi idea..... Yamos por puntos. No cesaba el buen clérigo de acariciarse la recia nariz, cuya piel, con las cariñosas frotaciones de la mano dere- cha, encendíase de poéticos arreboles.; primero parecía una rosa, luego níspero, y por ñn, una berengena. —El caso es que, por motivos ignorados de nosotros, y que sólo la inteligencia del Altísimo puede penetrar, se ha alterado la paz familiar de ustedes. Don Acisclo y doña Ana se disputan su amor de Y. como un ángel y . un ministro de Satán el alma de un hombre. ¿ Quién es el ángel? ¿Quién es el diablo? ¡Oh, querida penitenta I Eso, eso únicamente el Yerbo divino, que todo lo ve, lo decidirá en su día. Contentémonos con el hecho, que es, después de todo , lo único que puede descubrir la mise- rable inteligencia del género humano^ El hecho, el hecho es como el tallo que sale á flor de tierra; eso es lo que podemos apreciar^, Pero la causa, la raíz, quédase allá en lo profundo del suelo; y ni á nosotiM^ guardianes de la viña del Señor, nos es dado inquirirla Bueno; pues el 46 JOSÉ ORTEGA MUNILLA. hecho es que la presencia de V., como la presencia del bien disputado, irrita los ánimos. Me ha dicho V. que primero se contentaban con insinuaciones misteriosas; que luego pasaron á reticencias comprensibles; que má& tarde ha habido explicaciones terminantes y violentas, y que ahora ha llegado á ponerse el vidrio de las disputas tan quebradizo y endeble, que son de temer mayores da- ños Esta es la ocasión en que V. debe llevar á cabo una heroicidad Aléjese Y. de su casa. — ¡Alejarme! — No propongo absurdos Alejarse para y con el pre- texto de terminar su educación en un convento cualquie- ra ¡Enorgullézcase V., niña elegida y privilegiada, como Santa Teresa, de que en edad tan tierna la precoci- dad sublime de sus dotes morales le permita tomaf parte activa y gloriosísima en la salvación de dos almas! ¡Oh, cuántos, cuántos cristianos llegan á muerte caduca sin encontrar ocasión de estas pruebas espirituales! Este proyecto fué largamente discutido entre el padre Alegre y Lucila. Conste que ésta vio en él mucho que halagaba sus gustos y ambiciones de fervientisima devo- ta. ¡ Entrar tan niña en la casa de Dios y servirle como esposa! Muchas veces habia pensado ella en el regocijo de vivir entre las cuatro paredes de un convento. Pero el amor á sus padres se lo habia vedado é impedido. Sin esta contrariedad del alma, ¡cuan deleitoso le parecía aquel holocausto de espíritu y cuerpo hecho al cielo! Mas ahora las circunstancias suprimían esa contrariedad. Ahora no sólo iba ||[prealizarse su sueño, sino que al rea- lizarse servia ademas de consuelo á desgracias humanas, SOR LUCILA. 47 placiendo á un tiempo al Señor y á los hombres. Era cúmnlo de felicidades disfrazado con ropa de sacrificio, 7 la única aguja que se clavaba en la frente de Lucila al adornarse entre sueños con el velo de la novicia era aque- lla cruenta separación de los padres queridos, aquel dejar de verlos, aquel salir del nido de la infancia con las alas negras del dolor. El viaje á Londres de miss Alicia Wilfer dejaba sin dirección intelectual á Lucila. Asi, pues, la idea de que ésta pasase algún tiempo dentro de un convento en clase de educanda, y por supuesto, sin ulteriores propósitos de monjio, tal como lo propuso el padre Alegre, agradó á D. Acisclo, que tenia ademas vivos deseos de que , se- paradas la hija de la madre, el contagio del odio no pa- sase de ésta á aquélla. Algo se resistió doña Ana ; pero las monjas Teresitas, sus grandes consejeras yamigas, acabaron de quitarla de la cabeza todo espíritu de resis- tencia. Tratóse de elegir convento. — El de las Teresitas — pensó doña Ana. — Así podré yo abrazar á mi hija siempre que quiera, y él no podrá. Pero no sabian ni D. Acisclo ni doña Ana que el con- vento estaba elegido en una famosa capital que abunda en ellos. Como el padre Alegre y Lucila se proponian el alejamiento de esta última, y no hubiera podido ob- tenerse en un convento que estaba pared por medio de la casa de Añorbe, eligieron el de las Deseadas, de Mu- riedro, del cual fué in diebus illis capellán el que ahora lo era de las Teresitas. Dicho y hecho : aquel alma pía fué á aumentar el re- baño eucarístico de la ciudad histórica. IX. El Convento de las Deseadas. Era nna fea máquina de mamposteria, herida de muerte por el rayo de los siglos — ¡un rayo lentísimo, pero abrumador! — en que todas las exageraciones del mal gusto arquitectónico habian puesto la mano. Es- trecha la fachada, t^nia sólo dos redondos tragaluces con podridas persianas verdinegras y amarillentas, don- de el sol se complacia en dibujar sombrajos caricatures- cos, que al mediodia simulaban dos órbitas vacías del cráneo de un gigante. En la puerta de la capilla se des- cubrían, esculpidos en los arcos torales, estas dos leyen- das: nProcul estprqfani. » dPsale et Psile.i> El trascoro se ha hundido ; el sarcófago del fundador D.. Gutierre Oeiteno cae hacia uno de sus lados, por haberse desplo- mado ua dia de lluvia la tierra que engredaba la basa- menta, y dentro de la caja marmórea, el esqueleto ilus- tre debe hallarse en violentísima postura de saltimban- qui. Un retablo del Greco sonríe con la sonrisa del buen gusto en el confín de la nave; un arco de herradura en* seña la capilla bautismal por entre su dentellada curva; pero estos oasis del arte mueren pronto; en la invasión de los entrepaños barrocos y los altares de Churriguera con que la munificencia de Fernanda VII — el monarca SOR LUCILA. 49 Ae los motines y del mal gusto — acudió á remediar ^achaques del tiempo^ grietas del abandono y hendiduras •de la miseria. Es la hora de la siesta. ¡ Qué calor en las calles de la morisca Muriedro ! Huyendo de él, los pájaros se han metido en el patinejo umbrío del convento, y allí charlan bajo la lasciva higuera, donde el sol se cierne, desparra- mando en el suelo aderezos de luz , gotas de diamante, plumas doradas, recortes de auroras y mil festones gra- ciosos , que parecen la sombra de un ajimez judío ó la 'de una mantilla andaluza. —Pío. —Pío. —Calla. — Canta. Así dicen los pájaros, cuyo picoteo resuena entre los pétreos altísimos muros de la casa de Dios , como una carcajada de calaveras celebrando una orgía en una tum- oa. En tanto, allá lejos, donde el claustro superior se dobla, una, dos veces, y simula un codo, óyese alas bo- cas sigilosísimas de las vírgenes del Señor, que sentadas on los frescos poyetes de granito que dan vuelta al ba- randaje de madera, cantan el salmo xxvin, y repiten luego el tema obligado de la santa regla : — /Pmle etpsile! ' Son dos notas silbadas , especie de estribillo de la candion funeral con que adormecen su espíritu, enter- rando en él amores humanos, terrenales amistades, in- tereses perecederos, ansias temporales y ficticias bajo la lluvia de versículos latinos, repetidos un dia y otro, y 50 JO&É ORTEGA MUNILLA. cuyo ritmo parece el de los pasos cadenciosos de la muer-- te. El supremo reposo de la siesta tiene callado el vien- to, qaieta la higuera , suspenso el aliento de las cosas- todas del huerto, que viven sin andar. La noria se de- tuvo, y el macho Quitolis pace echado sobre una fresca- cama de follaje con los ojos entornados y lacias las- orejas. Flotantes hilos de arañas brillan bajo el sol, osci- lando de las ramas de los olivos y sosteniendo el sueño* de un silfo. Una cabra, de cuyas ubres Sor Dulcísimo- Nombre de Jesús saca el jugo que . su salud misérrima necesita, duerme también entre las altas hierbas nacidas- cabe el pozo, con la boca rubia y barbona, llena de hojas^ de parra y ácidos pámpanos ensortijados.- Es una calma sobrehumana. Diriase que aquí no pue- de llegar la vida, y que esto que los mortales llaman a:siestas> debe nombrarse allí ; y un trapo negro oscilando debajo del palomar queria expresar esta idea : Como palomas subian aquellas pobre» madres á contemplar desde allí el horizonte libre; pero ¡ ay ! debajo de las amplias tocas no vibraban alas , sino los éticos brazos enflaquecidos por el ayuno. Hay quien dice haber visto en ese campanario, en noches perfuma- dasdel estío, la vaga sombra de una monja, mirando con envidia el espacio inmenso, la serena velocidad del rio rompiendo obstáculos y corriendo sin fin; pero este tal añade que aquella misma noche se han oído hacia los claustros exteriores sonoros latigazos , con que la mano castigaba al cuerpo por encargo del alma. Lucila estaba allí llena de místico ardor, hechizada con su nueva vida y con aquel pasarse las horas sobre 58 JOSá . OBTEGA MUNILLA. una losa, mirando una imagen hasta verla pestañear. Halagaba también la vanidad cientifíca puesta en su alma por la institutriz inglesa el aprendizaje de latin á que la habia sometido la madre Abadesa. Era una vieja Oramática del Padre Calixto Hornero la que servia á la eruditísima monja para enseñar el idioma muerto á las educandas aplicadas, de las cuales, según ella, epodia sacar la Iglesia armas con que encadenar á los melosos infernales.}) Pero su celo antiprofano fué mucho más allá que el gramático , y con una pluma diestramente corta- da tachó en el impreso toda palabra de resonancia gen- tilica , sustituyéndola por otra de análoga terminación. !No se declinaba allí, pues, Mussa^ rmue^ sino Ecclessia^ ^cclesiae; y las ninfas , diosas indecentes , deidades des- nudas y Endimiones seductores fueron cubiertos con negra saya, para que no despertaran en los juveniles ánimos de las latinistas las ideas voluptuosas tan mági- <;amente expresadas en los frisos del Partenon. Mucho , mucho habia adelantado el espíritu de Luci- la desde aquellos dias memorables en que miss Alicia «enseñaba el inglés, porque ahora daba gozo oiría des- trozar el idioma de Tito Livio bajo la dirección de la madre Abadesa. No entendia ninguna de las dos todo lo que leian en sus libros ; pero cuando la madre Abadesa lograba descifrar uno de los largos y macarrónicos pasa- jes de Severo Sulpicio, llamado el Salustio cristiano, era su júbilo tal como el del niño que en un muladar se encuentra una peonza. Entró Lucila en la celda de la Superiora. Habia allí •dos sillones, á los cuales hablan arrancado pelote y cue- SOR LUCILA. .59 ro para convertirlos, de trono de la comodidad , en patí- bulo del tormento. No habian llegado á aquellas alturas esos gruesos colchones con que se burla la regla de que sea uno solo el que brinda con el descanso al cuerpo sin que experimenten dureza en los huesos y frialdad en la carne. Un niño Jesús estaba sobre un armariejo. Los ra- tones le habian comido el mundo; en su lugar puso la Abadesa una granada, y el infante celestial , más que tal, parecia un graciosísimo artillero. Habíanle las moscas desaseado el rostro , y por lavarle el paño de la anciana, trasladó la pintura de las cejas á los labios, resultan- do barbadísimo mancebo el tierno niño; por donde se ve qué milagros obra la piedad mal entendida. En las pa- redes de blanca cal y abundante en protuberancias ha- bía una estampa de San Jerónimo en la Tebaida, y en- frente un canario de estambre amarillo con sus ojos de azabache bordado de terciopelo. Sobre una mesa de ne- gra encina veíase una botella encerrando todos los atri- butos de la pasión , los cuales , si se llena de agua el recipiente; flotan. Pocos libros, y éstos en una alacena, coronados por línea de olorosas manzanas. Frente al tablado del lecho está la imagen de Santa Teresa , y en un medalloncito, cabellos de la insigne doctora. Ya esperaba la Abadesa para dar la lección, y ocupan- do aquel esqueleto de sillón , tomó un libro y comenzó la lectura diciendo así : — «Milagro CCXXVII. — Un anacoreta da la vista á cinco leoncillos Habitent plerique in eremo » Pero mejor será que te diga antes otra cosa de más entidad que esto de los leoncillos ciegos Mira, hija mia , tu 60 JOSÉ ORTEGA MTJNILLA, eres elegida y Dios te llama ; pocas veces he visto una novicia tan predestinada como tú Pero tienes qae romper ciertos lazos Esas cartas que escribes á tos padres, ese interés por cosas de Madrid , pestífera ciu- dad, que, como dice ese papelito que nos mandan las ma- dres de Barcelona, está edificada con los escombros de Sodoma — Haré lo que V. me mande. — No, nada de esclavitudes, que Dios no quiere; obla- ciones, oblaciones perfectas — repuso la madre alzando las arrugaiísimas manazas y empleando una de las fór- mulas oratorias de su agrado. Cuando acabó la lección fué Inesita á su celda , sacó de la funda de una almohada una carta, y rasgándola, exclamó para sus adentros : — Es de mi padre ; pero no, hay que ver al mundo como se verá desde una estrella. Iluminación. ^ Aquella noche sintió Lucila desasosiego extraño al mismo tiempo que se desnudaba. Al desceñirse la toca de lienzo, parecióle que era un pájaro á quien hubiesen desatado la ligazón de las raudas alas. Se acordó de sus padres, de Garriguez, del salón donde estaban las flores de invierno cerca de la chimenea. Hubiese querido ir á ver todo aquello en un instante y volverse enseguida á Muriedro. Distendió sus delgados brazos , y experimen- tando el gusto del desentumecimiento, púsose triste mientras decia : — ¡Quién pudiera volar! No hablan practicado en su hermosa cabeza pálida la rapazon de trenzas y bucles; así que, al arrancarse de ella la toca, lucieron los negros cabellos, como la hoja negra del ébano cuando la nieve que la cubría se derrite. Per- maneció un buen cuarto de hora sentada en el borde de la tarima, pensativa, mirando el suelo. El velón que ar- dia sobre una tabla empotrada en el muro lanzaba al te- cho el perfil agudo de su rostro , diseñaba las lineas sa- lientes de sus pestañas largas, largas como alas de go- londrina, y hacía resaltar en su frente los dos lóbulos de lo maravilloso, muy acentuados. El silencio de la noche 62 JO&é 0BTE6A MUNILLA. era profundo, y el lejano rnmor apagado del rio hacíale más solemne. De repente se incorporó y continuó despo- jándose de la ropa. Cayeron al suelo dos faldas y quedó el flaco cuanto bellísimo cuerpecillo, envuelto en blanco ropaje de fantasma. Su boca sopló la luz. Beinó la oscu- ridad , hermana del pudor ; pero no el sueño , hijo de la paz del alm¿¿ Como otras muchas noches, empezó á ver, flotando en las tinieblas, aquellas fantásticas perspecti- vas délos libros de rezo, aquellos ángeles de alas doradas y aquellos páramos interminables cubiertos de rojiza are- na, inundados de sol, sobre cuya gran área se destaca el esqueletado cuerpo del cenobita ; aqnel mar inmenso de verdes olas, por sobre el cual se desliza serena la figura de Jesús, hollando con planta divina la corona espumo- sa de aquellas como alas con que el mar quiere volar a} cielo. El ave de la tiniebla traia bajo la triste ala enjam- bres de luciérnagas místicas , que volaban haciendo lu- minoso el aire de la celda. Abiertos los ojos, contempla- ba Lucila aquella exteriorizacion de sus sueños , y un orgullo sublime acometiale al considerarse capaz de tan altas percepciones. Comparábase mentalmente con la niña perfecta de Tébas cuando en lóbrega espelunca ve- nían á visitarla las luces del quinto cíelo y los ángeles del noveno paraíso. Su agitación fué extremada, y el júbilo infantil con que se contempla la oculta maquinaria de un relojillo tuvo su parte en la alegría con que se vio rodea- • da de esas visiones reservadas á los elegidos. Incorporóse en el lecho, clavados ambos codos en el crujiente jergón, y así permaneció largo rato. Oyó el clamoreo lejano del campanario de las Gaitanas, que á las dos se levantan á SOR LUCILA. 6^ rezar por la memoria del fandador. La comezón nervio- sa fué insoportable. Puso los pies en el suelo , y las re^ cogidas trenzas se deshicieron, cayéndole por la espalda. Parecia loca enamorada que acude á cita de amor; la bella Sulamita, según la critica profánala comprende; no un espíritu excelso tocado de llaga de pasión supraterrena. La estrecha ventana, cubierta de cortinillas flotantes, mostraba el azul y hondo seno de la noche. Abrió el cristal y apoyó ambos codos en el alféizar. Veia allá aba- jo el patinejo estrecho del convento, lleno de olivas , ci- preses y dompedros , sobre cuya negra masa el brocal blanco del pozo y las tumbas de las monjas marcaban lineas blancas, donde la viva luna se reflejaba. Los teja- dos, que bañados en esta misma luz , con lento declive iban cayendo hacia el Tajo, parecian olas de piedras ne- gras arrastradas por un torrente de claras aguas; y más allá el anfiteatro de montañas, unas más altas que otras, todas negras y formidables , cercaban la vega, haciendo resaltar en cinturon de sombras la ciudad. Quedóse allí tranquila y sosegada. Medio desnuda, con los pies des- calzos , no sentia el frió, porque la estación primaveral iba avanzando á toda prisa. Lucila se dejó arrebatar por el impulso alado de su fantasía. No veia la vida religiosa sino por el lado del milagro, y las apariciones , martirios^ lluvias de palmas, elecciones divinas hechas por la voz muda de la concien- cia, llenaban sus sueños de todas las emociones de ad- miración ó espanto de que henchidos están los cuentos de nuestros abuelos. Las tumbas del patio que más sobresalían eran dos 64 JOS]£ OBTEOA MÜNILLA. añejos sarcófagos, en cuyas tapas descansaban dos esta- tuas de piedra. Eran las dos infantas , hijas de uno de los Alonsos, 7 tenian una leyenda triste y lacrimosa, que oorria en boca de las madres , constituyendo, digámoslo asi, el caudal poético de aquella santa casa. Lucila sabía las desgracias y dolores de aquellas egregias princesas, á quienes sus maridos maltrataron, apaleándolas como in- fames jayanes desprovistos de todo sentimiento noble. Oreyó que un suave viento hacia agitarse las ramas de las olivas, y que las tumbasi se movian como flota una tabla en el agua. Luego creyó distinguir vagas voces, ledos susurros, murientes ecos que circulaban en tromba mu- sical dentro de las estrechas tapias. Todos los lagartos que en las horas de sol se paseaban por aquéllas, toman- do propiedad fosfórica, perseguíanse corriendo por las ramas de los árboles como en un friso gótico. Jirones de luz se columpiaban en la sombra, saliendo de los más oscuros rincones y disolviéndose al soplo del viento. Mil luces se encendían, volaban, seunian y morian juntas Luego, de los dos sarcófagos surgieron dos sombras opa- cas, que fueron creciendo en tamaño y adquiriendo fulgor. Eran las dos infantas doña Elvira y doña Mencia, per- seguidas de invisibles enemigos Pero todo se apagaba, deteníase el viento, y Lucila juzgábase víctima de una ilusión óptica. Grecia de punto su asombro. Faltábanle razones lógicas para explicar los extraños fenómenos que dentro de su alma se desarrollaban , y llevándose amba» manos al pecho, decia : — « ¡ Señor , Señor , yo soy tu esclava , yo te seguiré, yo iré tras de tu estela ! :» SOR LUCILA. 65 Entonces una gran luz se hizo en su espirita. Muchas ideas, claras ya, acudieron á su boca, y experimentó un incierto y confuso deseo de exteriorizarlas y escribirlas. Por desgracia, no tenía en la celda tintero ni papel. Su imaginación trazaba en el cielo con fúlgidos caracteres aquello que queria expresar, poniendo por comas de su ^escritura las estrellas, y por puntos los mundos que flo- tan, reflejos del sol. 5 XII. Las perdices del padre Amaro. Era un gigante tonsurado. Cuando entraba en el jar- din del convento, la puerta se oscurecia, j una enorme^ sombra negra iba tapando por hectáreas la extensa ¡zona florida. La abundancia de corara vobis echaba hacia atrás su persona, y juntaba las manos bajo la espalda en eterno apretón amistoso. Chata era la nariz y carno- sa, chicos y negros los ojos, terrosa la color y matizada de una sombra azulada por 'sobre el labio y mejillas, allí donde nacia la barba espesa y fuerte y afeitada por el mismo cura cada sábado después de decir misa. Vestia con desaliño raidos hábitos, tomaba rapé y usa- ba desaforado pañizuelo de hierbas. Sobre sus pasiones humanas predominaba la de la caza, y las pobres mon- jitas Deseadas , de cuyo convento era capellán , deplora- ban muchos dias que su guía espiritual prefiriese el puesto de perdiz al confesonario. Era excelente hombre,, caritativo hasta el despilfarro, franco hasta la desver- güenza; pero poco instruido y muy apegado á la lectura de insulsos periódicos. ¡ Singular mezcla de virtudes su- blimes y aficiones ridiculas 1 Tenia el perfume de Getse- maní encerrado en feo vaso del barro más tosco. No se- le daba un ardite de que el padre Petavio disintiera del SOR LUCILA. 67 águila de Pátmos en cualquier punto de disciplina ó teo- logía ; pero en cambio devoraba los extractos de las se- siones del Congreso , comentando cada parecer con de- nuestos enérgicos ó encarecimientos ponderativos. Ca- tólico creyente á macha martillo , y exagerado en su espíritu de resistencia á las nuevas ideas , su papel fa- vorito era El Eco de Estelh^ un periodiquin escrito con bilis por una comparsa de clerizontes literatos, y no exento de gracia é ingenio. Nacido en Eicla y criado en Sigüenza, sirvió allí de paje á un secretario del obispado^ y tomó el gusto á la buena comida en los sa- brosos peroles de su Reverencia. Pero ésta era su sola afición liviana, el solo regodeo que consentía á su cuer- po. Aragonés de pura raza, tenía la honrada claridad de aquella esforzada patria de héroes, y su lenguaje duro y sonoro , que ^s como el ladrido del idioma castellano. — Mi padre guardó cabras en el Maestrazgo cuando los desastres de 1808 — decía el franco varón al hablar del autor de sus días. — Una tarde en que estaba en el monte, vio pasar un soldadote á caballo, todo cubierto de sudor y polvo. ¡ Temeridaes I ¡ Llevaba el soldadote unos doraos encimal ¡Un mal viento que lo balde, y qué lujo ! Era un francés. Pidió á mi padre amparo , y mi padre le dio pan , medio queso de cabras , una cala- baza llena de buen vino de mi tierra ( al mentar lo del yino cabriUeaban sus ojillos y se pasaba el dorso de su mano derecha por los labios) El franchute bebió, co. mió y descansó Cuando estuvo bien comido, mi padre se escupió las palmas de ambas manos , se frotó una contra otra , y asiendo del garrote , dijo al franchute : 68 JOSB ORTJCGA MUKILLA. «Ya está V. cogiendo su sable y defendiéndose, por- que nos vamos á pelear los dos j a ver quién lleva el gato al agua.:» El franchute miró á su alrededor^ como buscando el gato que habia que llevar al agua ; pero en realidad buscando su caballo, que pastando y libre, se habia ido lejos poco á poco. ¡Temeridaes! La paliza que le pegó mi padre al francés fué buena. Le quitó el sable y lo quebró. Le arrancó las hombreras del dormán y se las regaló á la Virgen del Pilar. ¡Temeridaes I.... ¡Hom- bre más bravo ! ¡Y que jo sea hijo suyo! ¡ Una gallina, una gallina hija de un águila ! Era tan aficionado á la caza , que en Muriedro tenia nada menos de cinco machos de perdiz , bautizados con sus nombres propios , con los cuales pasaba una larga hora ánt^s de siesta, echándoles picada algarroba ó ex- citantes amapolas. Sobre su misma mano convertía en pedazos las Verdes hojas, y hacia que se la disputaran á picotazos las bravas aves cantadoras. — ¡Anda, cobarde, mal pájaro ! — decia riendo á car- cajadas cuando uno de los combatientes perdia la gana de luchar. — ¡Colote , colete ! ¡ Pícale fuerte ! ¿ No ves que te insulta? Y con su grueso y amorcíUado índice hurgaba los alambres de la jaula, hasta que el rojo pico de la perdiz* venia á dar duro golpe en la uña del dedo. Entonces prorumpia en una interjección poco piadosa y seguía riéndose un buen rato. Enardecidos los machos de per- diz, ahuecaban el plumaje, erguían la redonda cabeza, miraban de lado con sus ojos rubios, que parecen una cuenta de coral incrnstrada en una gota de miel, y eri- SOR LUCILA. 69 zando las alas^ se acometían. Sacaban el cuello por los comederos, se herían furiosos, y revolviéndose dentro de la jaula, sacudiendo los alambres, dando con el crá- neo en el techo, plumas leves salían fuera como signo, trofeo y resultado de la lucha. A esta hora los horrores de la digestión iban apoderándose del padre Celestino Amaro; una dulce torpeza caía sobre sus párpados ; un grato sopor echaba su barba, de tres mofletes super- puestos, encima del pecho de la sotana raidilla y sucia..... El sueño le cargaba de sus grillos, cadenas y esposas pies y brazos. ¡Oh siesta divina! Poco á poco iba á la alcoba, despojábase de la sotana, y el lecho crujía bajo su noble peso. XIII. £1 padre Amaro medita. — ¡ Temeridaes ! — dijo. Era su frase acostumbrada para expresar desden por algun propósito absurdo, disparatado y poco reali- zable. — Esa madre Jerónima de las Llagas, en su necio ca- pricho de que todas las monjas sean santas, acabará con el convento y con las madres del antiguo régimen. Dio una vuelta en la cama, que crujió dolorosamen- te. Luego , como un rayo de luz le heria en la vista, púsose la mano sobre los ojos é hizo un esfuerzo de vo- luntad para levantarse. — ¡ Una , dos tres ! ¡ Aaaah! Abrió la enorme boca dos veces con ruido musical, como se abre una mohosa puerta de iglesia abandona- da. Buscó la sotana á tientas. Enfundóse. — ¿Qué hora es? Las tres A las cuatro, al ro- sario A las cinco, á confesar A las seis, confe- rencia con la niña. Vamos Lo que yo tengo que ha- cer luego la madre Jerónima me lo ha dicho es aquello mismo que hace el padre de un novio cuando va á casa de la novia. La niña Lucila quiere casarse con Jesús Yo voy á pedir la mano Soy el padrino SOR LUCILA. 71 BO, no el padrino el el Algo que yo no sé cómo llamar pero algo grande Eso no pnede discutir- se La madre Jerónima tiene razón. Mientras se ataba las cintas de la sotana en el amplio talle, no menos esbelto que el de una tinaja , una duda le antecogió la razón, j detuviéronse sus pensamientos j sus músculos, quedando sus brazos en jarras y su ma- gin en vilo. — Pero ¿tiene vocación esaniña? ¡No hagamos una necedad por bailar el agua á esa buena madre Jeró- nima! Ella cree que Sor Lucila es una santa, un espí- ritu elegido, una.»... ¡TemeridaesI ¡Demonios encade- nados! No se consigue todo con cavilaciones sobre una calavera hueca y lampreazos en el lomo Lué- go Tienen los diaa negros y las noches desesperadas Cree uno que se ha cortado las alas ¡y acometen unas ganitas de volar ! Lanzó un suspiro terrible, que casi conmovió las col- gaduras de la alcoba, las cuales eran de tela catalana, representando una huerta sembrada de melones azules y calabazas negras. — Es muy difícil saber si uno es ó no llamado á vivir en el mundo como un ciprés solo, triste, lloroso ¡Demonios encadenados! Eso cuesta trabajo Señor, que viene un pájaro á ponerse encima ¡Largo de ^quí! Señor, que llega una mariposica ¡Fuera de aquí! ¡Demonios encadenados! ¡Temeridaes! Eso es fácil para una pobre alma que ni habla ni pabla, para unas vejanconas arrugadas é histéricas; para mi, que soy un pedazo de leña tallado en el patrón de San 72 JOSíl ORTEGA MTJNILLA. Cristóbal, como decía el señor Obispo Pero para una niña bonita, con sangrecita nneva, con ojitos retreche- ros ¡Vaya! Es, es difícil ¡Demonios encadenados, si lo es ! Yo ya se lo he dicho á la madre Jerónima r «¡Mire V. que luego las bodas son torneos , y se quiere uno rascar una oreja y no se alcanza á la otra ! i> Hablaba alto, y con sus manos accionaba, dirigiendo* sus palabras á una silla , como si fuese ésta la misma reverenda madre Abadesa. — ¡Mire V. que las criaturas de veinte años saben poco ó nada de lo que es la gracia de Dios. Leen un par de librejos piadosos que habia de recogerlos por ser la perdición de la Iglesia se confiesan á menudo, le cuentan al Padre cuatro boberias , creen que la Virgen es una muñeca, y los santos unos monigotes de fe- ria y cátate á una mocosuela una Santa Teresa de Jesús ¡Mire V., Madre, mire V. que en Brihuega hubo una chiquilla, que tal dia como hoy se metió á monja, y tal dia como pasado mañana se arrepintió y se volvió loca! Pero la madre Jerónima no me hace caso Me llama tonto, bobonazo, ignorantón Cier- to que lo soy pero un poco de buen sentido ¡vaya, que no me falta! «¡Mire V., Madre, que en toda& estas vocacioncitas falsas de niñas pulidicas y mozas* entra por mucho la vanidad! d ¡Ay, yo creo que falto ú mi deber no sacando de la cabeza á las madre& tanta bobada como se les antoja que es un Evange- lio ¡Pero sí, buei^o está el serrin para limpiar el oro! ¡Temeridaes! Las madres tienen su idea allá dentro, y no hay gatillo de sacamuelas que.*... «Pe- SOR LUCILA. 73 ro venga V. acá, madre de Dios — y al decir esto un tantico exaltado , tomaba entre sus manos la silla j la levantaba á la altura de sus ojos, como si la misma in- terpelada fuese. — ¿ Usted no sabe que no nace un santo cada dia? ¿O cree V. que un santo es un pino, que de cada tronco sale uno y no hay más que trasplantarlo ? La mitad de ustedes no saben en qué consiste el ser santo Ser santo no es ser bobo no, señor Ser santo no es ser una piedra no, señor Ser santa no es ser insensible, y cuando le hablen á uno del mun- do responder con un par de coces ó un sofión ¡Demo- nios encadenados! Ser santo es sacar de lo malo la bueno; de donde hay sólo arena, agua; de donde no hay sino fuego, nieve que refresque Consolar, socorrer, ser útil, ayudar al que no puede, levantar al que se cae Echar una mano al molino cuando el viento na le empuja y la harina se pudre en la maquila Eso es ser santo Y ustedes , almas de cántaro, vejanconas ¿Mp.; fsnspi J„i cuando Mieuts. 4 Di» , a. candalizarse coando la vieja que hace los mandados dice qne la hija del vecino ha tenido un chico siendo solte- ra , 7 echarse encima de la frente más emees qne tiene nn Lent«rio si se mienta una palabra fea, ó si pasa por la calleja un carretero arreando á las muías con temos brutales? Pues están ustedes equivocadas. Ni Dios quiere esos santos ni ustedes entrarán en el cielo porque no sirven de nada, y su egoista afán de salvar- se solas les hace perniciosas Cada siglo nace un hom- bre piadoso, y no cada mes. ¡Santa Teresal ¡Una ha 74 JOSÍ ORTEGA MUNILLA. liabido en el mundo! Eso si : cuando nace, es la gloria de la tierra, el orgullo de la humanidad ¡Hija de mi madre fuera, y en mi siglo hubiese nacido 1 ¡Dios mió! ¿ Por qué no tendré talento? ¿Porqué no sabré decir de modo que no resulte una herejía todo esto que pienso? Pero, ¡bah! Entonces yo seria un vani- doso como la madre Jerónima, que tiene una fantasía •con sus coplas místicas ¡Y cuidado que son malas! Ko hace falta talento. ¿Se me ocurre una idea mala? Pues viene del diablo. ¿Se me ocurre una idea buena? Pues es que un ángel me ha puesto un pié en la dura mollera Y esta vez tengo el pié del ángel aquí, aquí ¡ Bien claro lo veo ! ¡Buena verdad es lo que digo 1 Se paseó por la estancia hasta que el reloj volvió á llamarle. Yivia con una criada setentona , montaraz y selvática, andaluza, fea como una mala pasión y arisca <3omo mastín de ganado , la cual adoraba á su señor y le admiraba sin comprenderle. El Cura la miraba con lastimosa sonrisa y decía : — ¡ Válgame el Señor ! ¡Aun hay alguien más bruto que yo! Cuando la chacha Romana — tal era su nombre — en- tró en la habitación, dijo : — ¿Sabe Y. que la madre portera me ha echado una regañeta? ¿Por qué? Porque como Y. me mandó que dejara entrar en el portal á esos gitanos que vinie- ron anoche pidiendo limosna — Bueno ¿y qué? — Que han dejado papeles sucios y un poco de paja en el portal, y la madre portera lo ha visto Se me SOR LUCILA. 75 ha puesto ¡Buen genio tiene! Echaba lumbre por los ojos. — Pues dile á la madre portera que en el portal man- do yo Y si ellas prefieren tener medio convento des- ocupado á dar hospedaje á un pobre^ mi alma en mi pal- ma ; que yo no quiero que me achicharren el cuero por una pequenez semejante ¡ Demonios encadenados ! XIV. Locutorio. No podia ser más alegre visto desde fuera. Tenia mu- cha luz, que dos rasgadísimas ven tanas permitian pasar, y el piso era de baldosines nuevos, blancos y rojos. La sillería del coro viejo, trasladada allí provisionalmente, daba aspecto serio al resto del mueblaje; y aun cuando solia haber en la estancia cuadrilonga cajones, que traían á las madres con ropas, comestibles y otros regalos, cestos de costura y devanaderas desvencijadas , que pa- recían manos cansadas de sostener la madeja eterna- mente, no perdía con todo eso el locutorio su fisono- mía severa , aunque grata como la sonrisa de un an- ciano. Cuando Lucila fué llamada aquella tarde, de que más arriba os hice mención , el viejo Garrí guez la esperaba. Él solia venir con recados de doña Ana ; pero aquella tarde estaba allí con las manos vacias y el corazón lleno de dolor. Hizo á Lucila extrañas preguntas sobre su vo- cación y su deseo de ser monja , que ya había motivado escenas tristes en casa de Añorbe. Cuando allí se recibió la indicación primera, el estupor de lo inesperado les do- minó á todos. Don Acisclo no quería creer semejante ab- surdo, pues para él lo era. Doña Ana lloró tanto y sintió i SOR LUCILA. 77 de tal modo el dolor de la madre desposeída de su hija, que dorante dos días no se acordó de sas habituales ejer- oicios piadosos. Añorbe pidió explicaciones á su mujer, creyéndola culpable de aquel crimen de lesa naturaleza que contra su corazón se pretendía cometer. Una noche de cavilaciones j insomnio y horribles presentimientos hizo renacer en D. Acisclo la enfermedad al hígado que de América trajo. Hubo de guardar cama, y su tormento 68 explicable no pudiendo ir á Muriedro á preguntar á Lucila quién la habia inspirado determinación semejan- te. Envió á Garriguez. Pero el pobre Garriguez no que- ría creer que su señorita tuviese valor y frialdad de alma bastante para separarse de sus padres. Cuando Lu- cila dijo tres veces que €si.^ con la cabeza, el mayordomo lloró y gimió estas palabras : — ¿Quieres dejarnos? ¿Qbieres vivir sola? ¿Qué te hemos hecho? El pobre viejo hablaba con voz trémula y llena de lá- grimas. Pero Lucila no se conmovió. Habia preparado su espíritu para aquellas pruebas, dándole la dureza del diamante. Sacó un dedo por el enrejado y se le dio á be- sar á Garriguez. — ¡ Niña mia ! — balbuceó el vejete. — ¡ Vuelve , vuelve ¿ casa! Allí sin ti no puede vivirse Los canarios se han muerto El jardín se ha secado ¡Yo también me secaré , me moriré! Tu padre no es el que era Tu madre vive con sus devociones terribles Se marti- riza , se aporrea , no duerme Come tan poco, que vive de milagro Le acometen desmayos Se arrastra por los suelos Yo creo que ha enloquecido ¡ Cuando 78 JOSá ORTEGA MUNILLA. tú te viniste de casa se vino contigo la poca de razón que nos quedaba ! Besó el dedo de Lucila como una reliquia. Luego le estrechó con sus dos manos, no queriendo soltar á Lu- cila, y cual si pretendiese llevársela tirando, tirando. — ¡Pero, buen Garriguez, no llores! Hablas de mi resolución como se habla de un crimen Ten la lengua, que me parece de un hereje, de un impio Dios me llama á si No es un capricho de niña Es una verdadera vocación ¡El cielo lo quiere! Yine aqui porque bien sabes las disputas que excitaba entre mis padres mi presencia Era una guerra sorda, una guerra ruda, que me mataba poco á poco Salir de- allí Ese fué mi deber Entonces no me proponia. otra cosa Aqui acababan mis planes Después después he visto que mi centro es éste La paz del alma está aquí ¡Mis deberes ! — ¡ Faltas á ellos I — exclamó irritado Garriguez sol- tando el dedo de Lucila. — Tus deberes son los de la hi- ja ¡ Y hablas de Dios cuando tus padres carecen de ti ! Dios es el padre, y tus padres son la figura de Dios..... ¡ Ay de nosotros! ¡Ya no habrá en casa dia de gusto! Tú has perdido todo cariño , todo cariño á nuestra com- pañía. Quiso Lucila incorporarse y huir de la reja , porque no se sentía tan fuerte como al principio para resistir las súplicas del acompañante de su niñez. Garriguez pudo ver entonces la esbelta delgadez de su señorita, au- mentada y exagerada bajo las pías fundas del hábito monacal ; su seno angosto, que latía entre los recios plie-^ SOR LUCILA. 79 gues de la estameña; la sombra de la toca, que envolvía en aureola negra la pálida frente. Con ambas manos crispadas en los hierros del locutorio , la cabeza caida hacia atrás, los ojos abiertos, y el viejo semblante, abun- doso en arrugas, contraído por un gesto de llanto infan- til , expresaba la desesperación más profunda el pobre Garriguez. — No te vayas aún Cuenta los minutos que has de estar viéndome porque serán los últimos. Reinó el silencio , y como si el reloj del locutorio hu- biese entendido las palabras del criado , sobre los latido» de los corazones se oyó el tic tac de la péndola. — ¿No te acuerdas ni de tu madre , ni de tu padre ni de mí? ¡Tú, que llorabas cuando se escapaba de casa un gato, y rogabas á Dios por que no le pasase nada malo! ¡No, no te acuerdas de nada de de estol ¡Cómo has de acordarte de aquellos paseitos que dabas en mis brazos por el jardín! Yo te columpiaba en ellos, su- bías como un pájaro , agitando los bracitos , y tu madre decía que en vez de enseñarte á andar por la tierra, yo te estaba enseñando á volar por los cielos Tú te reías ^ de todo Eras una sonrisa, y nada más que una son- risa La convicción contenida en las frases de Garriguez era tan grande, que no pudo menos de producir emoción en Lucila. Casi, casi tuvo remordimientos. ¿De qué? ¿Por qué? No sabia decirlo. Ella era buena y no proce- día mal siguiendo las invocaciones de Dios, Misterios insolubles se aparecieron vagamente ante su considera- ción , sin penetrarse ciertamente de su realidad. Siendo 80 JOSé ORTEGA MUNILLA. buena, se sentía mala. Iba caminando por la trocha ce- lestial, donde florecían, como jalones vivos, Santa Lau- ra, Santa Cecilia, Santa Teresa, Santa Ágata; y sa- biendo que por allí, por allí se subía á la última vuelta de la espiral de nubes y oro que lleva al cielo , vacilaba como sí creyese haber errado el camino. La abrumaba el espíritu el peso de una virtud llena de remordimientos. ] Arcano singular! ¡La sombra engendrándose en un rayo de luz ! — ¡Déjame! — balbuceó. — ¡Me estás haciendo sufrir mucho ! — Quiero que aun me oigas un instante Es un cuento como aquellos que yo te contaba para dormirte Ahora te le refiero para despertarte porque estás dormida, sonámbula iba á decir que loca. XV. Segunda edición de los cuentos de Garrignes. Ganiguez estaba ya en los linderos de esa edad que los necios llaman chochez j edad digna del mayor res- peto , en qne el alma , por mararilloso iluminismo vati- cinador , del residno de los recuerdos y loe desengaños sabe componer profecías. Era nno de esos hombres qne pasan por la vida sin verdadera misión. A lo sumo, pa- rece habérseles dado la de ser ruedas auxiliares de otras ruedas mayores. En casa de Aflorbe fué criado desde la más verde infancia ; llevó el libro á misa á la señora doña Pia , abuela de Don Pedro ; ayudó á éste á andar <^uando no sabia, y luego, más tarde, cuando no podia. Era el servidor fiel , á quien parecía haber otorgado Dios el don de la inmortalidad. Había puesto una cruz en los sepulcros de muchos seres queridos. Imagen del dolor, sobrevivia á todas las desgracias ; y habiéndole la natu- raleza concedido un gran corazón , por él se habia sabi- do elevar á la altara de los seres sublimes. No hay más noble manera de conquistar un sitio en la aristocracia. Él era de la aristocracia de los buenos , la única de que no se habla en los periódicos , y en mi humilde sentir, la más hermosa de todas : la aristocrada del Evangelio. Gárriguez habia pedido limosna , habia comido sopas 6 82 JOSÉ ORTEGA MÜKILLA. en un cuartel de Valladolid, habia recibido una herida e» la guerra del año 8, que le produjo una cicatriz y muchos- desengaños. Era humilde como el gusano que se arras- tra, fiel como el perro que lame el garrote castigador,, sin otra vanidad que la de la honradez. Bezaba poco,, pero rezaba de veras. Creia en Dios sin saber por qué. Adoraba á la Virgen con el cariño que sentía por su abue- la. Sólo que esta abuela no habia envejecido. Seguia. siendo virgen y joven, flor, perfume, divina y bella. Des- pués de los niños amaba á los jóvenes , y luego á los po- bres descalzos. Era tolerante con el desliz ajeno. — ¡Ay, Lucila! ¿Te acuerdas de la Cigarra? ¡Aquella- mísera chicuela te arrancó muchas lágrimas el día de sa muerte I Así te quería yo : sensible, con muchas lagri- mitas en los ojos El que llora puede ser un ángel Déjame estrechar tu mano ¡ No puedo cogerla! ¡ Qué estrecha es esta reja I..... Sólo cabe un dedo Bésale tú y luego le besaré yo ¡Ay, señorita mía, hija mia^ nieta mia 1 ¡ Cuánto te quiero ! Soy como tu padre y como tu abuelo! ¿Has besado ya? uno» dos, tres cinco besos No, no te llegan al alma Este dedo es de mármol ¡ Qué horror! Los sollozos del criado resonaron en la alta techum- bre del locutorio. — Érase — dijo luego — érase un pobreton mancebo de Alcalá, que tenia mucha fe en Dios y en los santos. Una tarde se le apareció el perro de San Roque y otra tar- de, el cerdo de San Antón, por lo cual determinó me- terse á guardador de puercos , con perdón sea dicho, que asi se llaman Su padre era ciego , que se le habia cai- SOR LUCILA. 83 do un nido de golondrina en los ojos Su madre, lisia- da de las rodillas, porque una noche la cogió una lluvia en despoblado y el reuma la ató todos los miembros El mozarron era un ángel y para todos ganaba. — ¿Hace- falta una peseta para pan? Aquí está. — ¿Qué tienes, pa- drecito? ¿Gana de pajaritos con plqma? Pues ahí tienes uno. — El á todo proveía, porque era bueno y tenía vo- luntad que es , bija mia, lo qne hay que tener en este mundo. Una tarde, anda que te andas, se fué con los puercos por un monte arriba. Los puercos eran veinte, todos jaros , con el rabo como un tirabuzón, y Dios los miraba por las mañanas , con lo que engordaban que era un portento. Cada uno era una bola. ¡ Válgame Dios y qué cerdos! Cuando de repente se le presenta detras de una mata un pastorcito más bonito que un rosal nuevo. — «Párate — le dijo. — Y él se paró. — Ahora espanta a los cerdos. — ¿Se me escaparán? — respondió él. — Si, y eso es lo que yo te mando. — El dio un palo á cada cer- do, y todos veinte desaparecieron. — ¿ Sabes quién soy? — preguntó el pastor. — No —-Soy Dios. — El porquerizo se prosternó en el polvo del camino. — Ahora voy á pro- barte — continuó el pastor. — ¿Eres capaz de seguirme? — Si. — ¿Vaya donde vaya?— Sí. — ¿Aunque te canses de an- dar y haya zarzas en el camino? — Sí, sí — Bueno. Sí- gneme. — Echó á andar , y anduvo un dia y una noche. Luego llegaron á una sierra más áspera que una brocha de esparto. La pellica se le habiaroto y las abarcas también. Entonces fué el pastor y le dijo : — Ahora vas á atarte tus brazos y tus piernas y vas á estarte aquí siempre, sin an- dar ni trabajar. — ¿Y mis padres? ¿Se morirán de hambre? ^4 JOSÉ ORTEGA MUNILLA. — Eso no importa. Yo soy el úüico y verdadero padre, y el que no deje á su padre para seguirme no entrará en el reino de los cielos. — ¡ Qué horror 1 — balbuceó Sor Lucila. — ¿Qué horror? ¡Ahora verás! —El zagalón lo pensó despacio, y luego repuso: — La verdad es ésta: yo quiero servirte y te debo todo, pues eres Dios; pero ¿y mis padres? Ellos me han engendrado y les debo mu- cho. Cuando mis padres mueran cortaré mis brazos y mis piernas y me sacrificaré por tí. Hasta entonces tengo que ganarles el puchero. — Fué el pastorcito y se levantó con unas alas que el otro no habia visto. — Tú eres el bueno, pues que amas mucho — exclamó con voz divina. — Vé á tu casa ; eres rico ; tu padre está sano ; tu ma- dre puede andar. Tú has sabido entender mis leyes, j> — ¡Calla, calla, impio! — gritó Sor Lucila. Y huyó. XVI. Be cómo dos formas distintas de la abnegación toman el mismo camino. Digámoslo en pocas palabras. Desde que Lucila ha- bía entrado en el convento , la noche cerrada invadió la casa de D. Acisclo. Este comprendió que algo fúnebre pasaba allí en cosas j personas ; algo fúnebre, que hacia triste el sonido de las campanillas, que ponia amarillas las rosas dobles del jardín , que paraba los relojes, que encerraba los coches en las cocheras. La mesa parecía un túmulo , y su enorme centro de plata representando dos palmeras, bajo cujas hojas apacentaban jirafas j elefantes en amorosa compañía , era el remate de aquel sarcófago de las venturas domésticas. El primo Víctor Carraícedo vino á alegrar la casa. ¡Inútilmente! Él mis- mo experimentó mucha pena al ver la vaciedad de los grandes salones vestidos de seda, y que en su imagina- cíon de artista tomaban la apariencia de un lujoso teatro en que la comedía había concluido. Víctor comprendió que doña Ana había convertido su hogar en un páramo por donde las sombras del amor pasaban volanderas, heladas y llorosas. La llamada sala de la niña, que nuestro bon- dadoso lector conoce, tiene las paredes cubiertas de tela persa clara, llena de rosas absurdas á puro gigantescas> 86 JOSá ORTEGA MUNILLA. cuyos tallos parecen espinosos garrotes. Allí se destaca el rostro triste de D. Acisclo como una silueta de agonizan- te en una gloria de Murillo. El piano que Lucila tocaba, enfundado y mudo ; los tiestos de flores invernizas y tro- picales , puestos ju uto á la chimenea en aquella serré que á la Cigarra le pareció un hospital de rosas ; el musique- ro empolvado^ jaula donde estaban presas esas aves lla- madas notas: todo hablaba de la niña perdida. Don Acis- clo no se acordaba ya de su escopeta D'Arlingthon, ni de sus machos de perdiz , ni de sus tertulias del café de Levante, ni da sus aficiones bursátiles, principal salsa del guiso de su vida, ^o habia salido en dos meses del asombro que le produjo la carta de Sor Jerónima de las Llagas noticiándole que su hija tenia formal empeño de ser moDJa. ¡Monja ella! ¡ Monja Lucila I ¡Monja! No era posible. Aquello no tenía sentido común , y D. Acisclo, que era este sentido común encarnado, se resistia á creer- lo. — «¡Caprichos de chica! ¡Cosas de las madres!» — como dijo la discreta musa de Moratin. Pero no; ella in- sistía. Era una vocación. ¡Ah! Don Acisclo leyó cinco veces la carta de Sor Jerónima de las Llagas , prodigio de la retórica monjil y mística. «Desde hoy deben uste- des considerar á la niña como cosa nuestra, y servirá de mucha gloria á todos » — ¡Gloria á todos! — exclamó el comerciante. — Yo no entiendo á estas madres estúpidas. ¡ Sí hay una gloría «n la tierra es mi hija ! «A veces ocurre que las familias, aconsejadas del Ma- lo , contrarían la vocación. Para estos casos Dios nos manda resistir. Porque la oveja que se viene al redil del SOR LUCILA. 87 -divino Pastor es suya, y los molosos infernales no pre- •valecerán contra ella i> — ¡ Molosos infernales I ¡ Redil I ¡ Divino Pastor! ¿ En •qué planeta de locos se habla este idioma? Yo no entien- do una palabra. Yo sólo entiendo que se me va ¡se me va mi hija I Después de esta carta habian venido otras cuatro más de Sor Jerónima de las Llagas y de la misma Lucila. Las de ésta habian perdido aquella ternura sencilla que encerraba un beso en cada frase alegre y una lágrima en cada palabra triste. Habíase hecho más duro y ceremo- nioso su estilo epistolar. Habia jana cara amorosa en él; pero se veia ya delante de esa cara la reja del locutorio. Existían tantos detalles inexplicables en la conducta de Lucila, que no dudó ni un instante D. Acisclo de que influencias exteriores habian obrado en ella. — ¡ Es Ana, es Ana! — pensó. — Esa mujer es mi tor- mento y mi condenación. Yo la he perdonado todo el mal que me habia hecho Pero no la perdono el que me está haciendo. Sintió pasos cerca. Doña Ana subia del jardin. ¡ Quién ia hubiese reconocido I . Blanco totalmente su cabello; arrugada por completo la piel de su rostro; bajos los ojos, que nunca miraban de frente á D. Acisclo , era un ser nuevo, asi en lo moral como en lo físico. Iba á pasar de largo sin detenerse, cuando la llamó D. Acisclo. — ¡ Oye ! — dijo éste.* Detúvose doña Ana. Yestia de negro , y sus manos, siempre agitadas por estremecimiento nervioso, halla- l)anse cubiertas de mitones de seda. 88 JOSé ORTEGA MÜNILLA. — Lucila se marcha para siempre del mundo. Doña Ana lanzó un suspiro, y mirando primero af suelo 7 después al cielo, para hacer lo cual, sin mirar & Don Acisclo, hubo de describir con las pupilas una cur- Ta, exclamó : — ¡ Dios nos la quita! — ¿ Dios ? — repitió en tono de amarga ironía D. Acis- clo, mientras sus quevedos de negro cristal , á impulso* de una dilatación violenta de las facciones, caian sobre el pecho. — ¡ Dios no ! Tú. -¿Yo? — Tú, que tienes empeño en separarla de mí ¡ Ay^ Ana ! Dime, dime con el corazón en la mano si te he he- cho algún daño ¿Por qué me odias tanto? ¿Quién te aconseja? Yo te perdono todo todo Y á este per- don, á este olvido contestas tú con el odio. — ¡El olvido, el perdón! — repuso doña Ana miranda de nuevo á las rosas de la alfombra y como si hablase consigo misma. — ¡ Qué hermosas palabras, pero qué imposibles! Mientras yo no muera no seré perdonada Mis pecados son horrendos, Acisclo. Y pido á Dios lar- ga vida para purgarlos en la carne, sobre la tierra Yo no te odio Yo te respeto Tú me has demostrado un corazón grandioso ¿Hay un hombre bueno? Pues eres tú. — ¡ Lenguaje de libros de devoción ! ¡ Palabras sin eco de humanidad ni cariño ! Parece que las han inventado^ para falsificar los sentimientos. — Para mortificarlos y ennoblecerlos. — Pero ¿es que no quieres á tu hija? SOK LUCILA. 89 — ¡A mi hijall — ^grító doña Ana, mirando esta vez cod fiereza los ojos de D. Acisclo. Y luego con voz sorda continuó : — ¡Aun la amo demasiado ! — ¡Demasiado! ¡ Esta mujer llama amor demasia* do á la más miserable indiferencia I Tú la ves que para siempre se aparta de nuestro lado, y permaneces serena. Te dice que quiere ser monja, y no se altera tu sereni- dad La naturaleza se ha equivocado al hacerte madre. ¡ Te dio el cuerpo de la hembra y nada más! Don Acisclo se habia levantado, y su rostro, poco ex- presivo por su contextura linfática, hacia contraste vivo y horroroso con sus violentas y bárbaras palabras. Ella tomó una postura trágica, un ademan indescriptible. Llevó ima mano á su rostro y estrujó con desesperación su frente, sus mejillas, sus labios. Mil pal^abras distinta» vibraron en ellos, como el balbuceo de la campanilla eléctrica que quiere sonar^ — ¡ Yo soy la madre como el Señor quiere que seaf Yo domo mi cuerpo y mis instintos. Los elevo hasta Dios y dejan de ser egoistas como los de las demás ma- dres. ¿Crees tú que eso no me cuesta trabajo? Mu- chas noches sin dormir no muchas, todas He reza- do porque mi conciencia, llena de culpas, me permitiera dar á los sentimientos únicos que sobrevivieran á mis desgracias lo que me pedian Pero mi conciencia me ha dicho que en esos sentimientos era donde habia que castigar, que golpear y que herir. El único amor posible en mí era el de mi hija Yo no soy digna de amar- te, porque te he faltado espantosamente 90 JOSé ORTEGA MimiLLA. — ¡No quiero confesiones I Calla, calla Esas cosas me hacen más daño á mi que á tí. — El amor de la esposa ha muerto Sólo ha seguido cada vez mayor el de la madre.... El convento me lleva €se amor; es decir, Dios, Jesús, el Señor ¡El lo quie- re I ¡ Sea bien venida su voluntad I.,... No me es permiti- do sentirlo , porque todo arranque de dolor es protesta. Yo me he arrastrado por las losas de la iglesia, y á mis solas me he golpeado en los muros y casi he enloque- cido Pero la madre cristiana, la madre pecadora debe «entarse en la tumba de su hija á alabar á Dios. — ¡Pero eso que dices es mentira! No hayres igna- cion como ésa Y no sólo es mentira : es un crimen. Porque al sacrificarte á tí me sacrificas á mí y sacrificas á Lucila. — Ella ha elegido su camino. El dolor mió es lo que ofrezco y la parte de resignación que á mí me corres- ponde. Don Acisclo dejó caer su cabeza entre las maídos. Así permaneció largo espacio. Cuando miró alrededor de sí, habia anochecido. Una esbelta figura proyectaba su nombra cerca de él , recibiendo en la ancha y melenuda cabeza la luz de la luna. Pero lo acendrado del dolor le habia arrebatado la conciencia de sus sentidos. No vio nada. No vio la figura aquella , sino la de un anciano fantásticamente rodeado de pedruscos y matorrales se- <30s, bajo un sol radiante. Estaba medio desnudo sobre iin montón de asquerosos guiñapos , y sus carnes lacera- das eran asco y espanto de la vista. Una voz interior le decia á D. Acisclo : — ¿El Sefíor Arzobispo? — dijo Víctor. — ¡Ah!.... El Sr. Arzobispo — contestó sonriéndose aquel porterillo con sotana, y pensando sin duda: «¡Usted quiere llegar al cielo sin pasar por el purgatorio!» — Ciertamente: ¿no se le puede ver? — De golpe y porrazo, no, señor; eso va por sus pasos contados Aquí está el Sr. Secretario ¿Quiere usted pasar ? Y diciendo, abrió una mampara de hule negro, y por ella salió una oleada de calor á saludar cariñosamente la fria atmósfera de la sala de espera. Entró Víctor. No era la humildad cristiana quien habia elegido aquellos tapices de rojo terciopelo, cuyos bordados, representan- do capelos, mitras y máscaras diablescas vomitando festones y guirnaldas, eran tan recios, que hubieran po- dido detener una bala de fusil. En el centro de la están- SOR LUCILA. 95 cía, enorme copa de metal dorado sostenía fuego bastan^ te para un auto de fe, y dos hombres vestidos de sotana, grueso el uno y redondo como una almondiguilla, flaco- y agudo el otro como un trinchante, parecian perseguir- se alrededor del plato, huyendo del tenedor la almondi- guilla. Dijo ésta : — Padre Sánchez, padre Sánchez, ¡qué friol Sánchez echó sus pies sobre la copa y aproximó más á sus pupilas los anteojos, que se le escurrian por la na- riz. Era un puro ángulo el padre Sánchez , y al arrella- narse en la cómoda butaca, su sutil cuerpo se clavó en el pelote, produciendo un ruido metálico en los resortes de muelle. — Señores — dijo Víctor. Esta palabra hi^o volver los rostros clericales hacia la puerta. — Pase V. — dijo Sánchez. Entonces observó Víctor el pulido traje de los dos clérigos. Ambos traían sotana de seda, alzacuellos de moaré rosado con broches de plata, y sus mejillas afei- tadísimas delataban gran pulidez y limpieza. — Yo deseaba ver al Sr. Arzobispo. — A su Eminencia, querrá V. decir — observó Sán- chez, mirando á Víctor por encima de los anteojos. — ¿No es verdad, padre Velazquez? Este abrió sus ojos y cerró su bociet, cerró su boca y abrió sus ojos: esto varias veces, porque no expresaba de otro modo su indecisión, y siendo muy escasa la piel de su rostro para dar á los labios la extensión necesaria á cubrir las mandíbulas, tenia que dejar desamparados sus í)6 JOSÉ OKTEGA MUNILLA. párpados. Su gordara amenazaba estallar debajo de piel tan exigna. — Dice V. bien: á su Eminencia — corrigió Carraicedo. — Pues no se le puede ver — dijo con acritud el trin- chante. — La verdad es — repuso un poco amoscado Víctor — la verdad es que para no verle no valia la pena de darle tratamiento. Levantóse de su asiento el padre Velazquez y dijo: — Puede V. solicitar una audiencia..... y si se la con- cede dentro de ocho dias le avisaremos Deje usted las señas de su domicilio porque Y. tendrá do- micilio. — No, señor; yo vivo en un árbol..... —Tiene [buen humor vuesa merced — dijo sonríe n- dose el trinchante, dispuesto á hacer uso de sus funcio- nes punzadoras. — Buen humor, sí, pero yo quiero ver al Sr. Arzobis- po Es cosa urgente, señores mios No vengo á pe- dir curato ni beneficio Asi, pueden dejarme pasar; es cosa del alma. El padre Sánchez cogió la badila y urgó en la ceniza del brasero. Luego dio dos golpes en el dorado cerco con la paleta, y desdoblando su larga persona, parecida á la vaina de un sable, sacó de ella esta hoja, que templó pri- mero en la fragua de la ironía: —Bien se ve que no está V. enterado de esta» cosas. — ^Ni hay para qué estarlo; el caso urge, y les vuelvo á suplicar que me faciliten los medios de conseguir mi intento En suma, señores, supongan ustedes que se SOR LUCILA. 97! •está cometiendo un crimen y que el Arzobispo es quien únicamente puede evitarlo. — (Un crimen I — repitió la almondiguilla: — ¡algún jbsesinatol El padre Sánchez miró con desconfianza á Víctor. Hubo un silencio que empleó en adoptar un acuerdo. — Yo avisaré al Sr. Secretario — dijo. — ¡Ahí.... ¡ahí.... vamos ustedes no son....« ustcr 4e6 son los — ¡Escribientes! si, señor — dijo con mucha pena el trinchante. Entre sus muchos sacrificios de espíritu, ninguno fue tan doloroso como el de aquella declaración. Avanzó un poco Víctor hacia la puerta que enfrente «de la mampara se veia, y repuso sonriendo: — To creí que era V. el cardenal Simeoni. ¡Ea, aca- bemos! ¿Puedo ver al Sr. Secretario? Por toda respuesta el trinchante alargó una de sus púas , es decir , el brazo derecho señalando la puerta de la Secretaria, y la almondiguilla rodó hacia ella, acom- pañando á Víctor. Era la Secretaria un hermoso salón en cuyos frisos se advertía la huella del cincel árabe, y en cuyos moros, rica colección de los más afamados lienzos demostraba «1 exquisito gusto de un aficionado inteligente y de u^ .prelado rico. El Secretario de su Emiuencin era uu sabio, joven aún, italiano de origen, de bella fisonomía, severo eU; suQ costumbres y en su traje. Traía lentfss , y al habl^ ^on alguien se los quitaba, haciendo con. los párpados -ese movimiento habitual del miope que quiere ver sja 98 JOSlí ORTBGA IfXJNILLA. ayuda de aparatos ópticos. Pero aquella mirada dificid- tosa se hacia rápidamente cargo de las personas y sabia decirle á su dueño desde el primer momento : «:Es un pretendiente vulgar. — £s extranjero. — Es un personaje.^ Asi, pues, el Sr. Secretario comprendió en seguida, por las explicaciones de Víctor, que valia la pena de moles- tar á su Eminencia. Salió el Secretario de la estancia, le oyó Víctor marcharse tarareando por una galería llena de sol, escuchó al fin de ella un cuchicheo y voces pau- sadas, y mientras con delectación artística contemplaba una hermosa copia de la Crucifixión de Alberto Dnreroy vio descorrerse el cortinaje, y detras de él, el rostro sim- pático del sabio sacerdote, que decia sonriendo : — Puede V. seguirme. Su Eminencia el Cardenal era un decrépito señor, tre» veces venerable por su edad , su ciencia y su jerarquía^ Perdido su diminuto cuerpecillo en el fondo de un sillón inmenso y rodeado de la sombra de la cámara, donde- toda luz tenía que filtrarse por dobles celosías y cortino- nes, solamente descubríase de él el albo rostro, salpica- do de manchas violáceas, y la nariz , surcada de racimi- Uos herpéticos. Un gorro de punto de seda roja ajustá- base á su cráneo , y un bonete de igual color le coronaba, majestuosamente. A pesar de que la primavera iba ade- lantada, dos chimeneas ardían en la cámara y dos bra- seros fulguraban á través de la ceniza entre la sombra- una mesilla de Rebano sostenía libros, un rosario y una caja de rapé ; en el muro, de damasco morado vestido,, un peregrino crucifijo de marfil se destacaba con crude- za, y debajo de sus pies amarillentos relucían las pieza» 80B LUOILA. 99 de plata y oro de un monetario, hablando á todos con aquellas filas de ojos encendidos, metálicos y mirones, de una afición desarrollada en el estudioso y digno Car- denal , lumbrera de la Iglesia española. Alargó su mano á Víctor para que la besase. Víctor la besó. — Usted dirá — balbuceó su Eminencia. Y después, una tos vehemente le acometió. — No sé por dónde empezar — dijo Carraicedo cuando la tráquea de su Eminencia se hubo serenado. — Seré breve En esta misma ciudad hay un convento donde va á encerrarse una niña sin vocación — Señor, ¿qué dice V.? — interrumpió el Prelado. Y la emoción del creyente timorato reprodujo la tos de su Eminencia con renovado brío. — Tiene diez y ocho años. Su alma ha sido mal diri- gida. Le han hecho creer que ser monja es cosa de jue* go Dispénseme V., señor, mi lenguaje mundano. — ¡Ahí no — dijo con sonrisa bondadosa el Arzobis- po. — Nada me extraña de la violencia del lenguaje de los hombres. ¡Yó he sido soldado I Momentáneamente se vio sin tos y con charreteras, y á Carraicedo le pareció mucho más simpático y más digno de respeto. Estrechó de nuevo su mano y besó el anillo. — No soy el novio de la niña , como V. puede haber creído ; soy un pariente suyo y nada más — prosiguió. — Vengo de ver á su padre desconsolado ¡ Qué quiere usted I Él es buen católico, y cree, sin embargo, hoy que Jesús le ha robado á su hija * 100 JOS]£ OBTSGA MX7NILLA. — Hijo mió Yo he sido soldado , pero hoy soy sa- cerdote de Jesús. — Perdóneme Y. mis libertades de lenguaje. He en« trado aquí mal dispuesto , y ahora me arrepiento de haber cometido con su Eminencia mentalmente una in- justicia, usted es un santo ; pero para llegar á V. hay que reñir antes con dos padres , que defienden la entra- da como dos cancerberos. — ¡ Dos padres ! — Si; dos padres ; uno creo que se llama Sánchez Sonrió con buen humor su Eminencia, y dijo : — Esos dos padres son dos pajes — Pues ellos se llaman uno á otro padres. — Vanitas vanitatum/ — Es decir que — Es decir que porque yo tenga dos porteros mal edu- <:ados , no es justo que Y. llegue á mi con irritación in^ digna de este lugar. Estas palabras las pronunció el Arzobispo con severo acento, y todo el ¡volterianismo de Yíctor se fué pegan- do corcovos y le dejó confuso y avergonzado. — Dispénseme su Eminencia He hablado maL.... he sido un insolente ; pero cuando Y. sepa todo lo que nos ocurre..... Imagine Y. una familia unida, feliz, di- chosa Soplan vientos de desastre , y en aquella casa aposenta el dolor Hay , sin embargo , en ella un ser capaz de remediarlo todo, de poner una gota de miel en todos aquellos labios amargados, de hacer chispear las luces de la alegría delante de aquellos ojos llorosos. Es una niña Todos la buscan, todos la llaman pero SOR LUCILA. 101 ella no está alli Ha dejado en el abandono á cuantos necesitaban de ella Y los que sufren con su ausencia no pueden quejarse porque lo que va á ser esa niña es santo, es bueno; lo aplauden los cristianos, lo admi- ran los incrédulos Ya á sacrificar su cuerpo y su alma, va á hacerse inútil para si y para los otros va á ser monja. — ¡Ah, hijo mió I ¡Hijo mió! Muchas veces he oido contar esta historia. Muchas veces he oido decir al egois- mo de los hombres : ^Esta criatura la marca Dios como suya, y yo se la quiero disputar. :^ — Es que consagrándose á Dios esa niña se regocijará Lucifer , porque será causa su monjío de crímenes , de violencias , de atropellos — El venerable Kémpis lo ha dicho : «No «e debe PONER LA PAZ EN LOS HOMBRES. 1> — Es que esa criatura no tiene vocación. El Prelado permaneció silencioso un breve espacio y luego contestó : — Ya merece eso averiguarse Yo velaré, hijo mió, por esa alma..... yo averiguaré Pero si su vocación es decidida, los respetos humanos deben ceder, sean los que fueren : ITuestro sublime Código de alma lo dice : Si vas á bíiscar la verdad eterna , iw te entristecerás por el ami-^ go qm se fuere ó se muriere. XVIII. De Heródes k Pil&tos* Dos veces faé D. Acisclo al convento de las Deseadas^ y ninguna de ellas tuvo valor para penetrar en el locu- torio. Aquel frío y enlosado patio , sobre el cual proyec- taba su sombra el negruzco edificio y llenaba de espanto su espíritu. Temia la escena necesaria de desolación y recriminaciones entre su hija y él. Su sobrino le habia bien claramente indicado las dificultades que rodeaban la empresa de evitar el monjío. No se atrevió á entrar de nuevo en el hotel donde se hospedaban, é intentó otra vez atravesar aquella negra verja que separaba el con- vento del mundo. Gran función religiosa hacia refulgir el templo con los mil cirios encendidos del más suntuoso culto; entró en el templo maquinalmente D. Acisclo^ y súbito sintióse tocado de unción religiosa. Ya se ha dicho que era ferviente católico, y todo el que tiene un poco de fe y un mucho de pena no puede menos de ex- perimentar en la iglesia cierta blandura en el alma. Las altas tribunas destacábanse como manchas negras en los encalados paredones del templo , y detras á% las celosías , tan estrechas como las de un serrallo, adivinábase, más que se veia , movimiento y oscilación de ropas luengas y brillos fugaces de pupilas que curiosean. 80B LUOILA. 103 — ¡ Señor 1 — pensó el anciano — ¿es que ha de que- dar enterrada ahí detras mi hija ? Y dos lágrimas que se extravasaron de sus parpa* •dos hicieron moverse las imágenes de los altares y sus luces ante la retina dolorida de D. Acisclo. Aun no habia tenido tiempo de rehacerse de su emoción , cuando sin- tió que le tocaban en la espalda. Volvióse , y vio una en- guantada mano y de la que pliegues de seda y tul negros «ubiau rodeando un brazo digno de Yénus , si Yénus hubiera envejecido. — ¡ Señora Condesa I — dijo D. Acisclo, Era, en efecto, la señora Condesa de Bajo-Imperio, nobilísima dama de egregia cepa, y más linajuda que las Doce de la Tabla Bedonda. Debajo del manto que ro- deaba su cabeza blanqueaba un rostro gordito y simpá- tico, y sonreian unos picaros labios, llenos de mundani^ 4^ima sandunga. — Es absurdo — dijo. — Es absurdo. ¿ Usted por aquí? También habrá venido Anita..... De mi marido no sé Allá se anda en sus cacerias Mas ahora me lo ex- {>lico todo , como dicen en las comedias Usted ha ve- ;nido á ver á la niña..... La he visto, la he visto Está .verdaderamente guapa Pero, antes de que Y. me ex- plique, yo soy quien debo explicar Ha de saber Y. ^ue ésta es una peregrinación Hemos venido más de ■cuatrocientas señoras..... y de lo mejor ¿ Ha visto Y. vel altar de la Yirgen ? Está precioso, divino..... He- mos estado tres horas haciéndole la toilette. —Y ¿Y. sabe — ¿El objeto de esta peregrinación ? ¡ No he de saber- 104 JOSÉ ORTEGA MUNILLA. lo , si soy una de sus principales organizadoras ! Pue» hacer desagravios por aquellos disparates que dijeron de* la Sacra Familia en las Cortes de 1868. — £1 cielo los habrá perdonado ; que tanta memoria* para los agravios no la tiene Dios. Hubo de decir D. Acisclo dónde se hospedaba, y no* le soltó la devota sin haberle prometido una visita para^ cuando la tarde cayese por completo. Salió de la iglesia, á tiempo que por la escalera del convento descendía el padre Amaro, que le saludó con afecto. Conocíanse por* que ya habia hecho D. Acisclo dos viajes á Muriedro para, ver á su hija. — I Mi querido amigo I — dijo en voz alta el gigantes-^ co capellán. — ¡Sea muy enhorabuena I Suba Y. á mí casa..... Esta escalera es ¡un poco pina! ¡Asi es el camino del cielo! ¿Ha visto V. á la niña? Cuando la &tiga de la escalera, que era, en efecto^ pina y difícil como el camino del cielo, amén del aho- go de la emoción, lo consintieron, repuso D. Acisclo que no. — ¡ Está empeñada I — dijo con su risa habitual ex- temporánea é inconveniente el franco clérigo aragonés- — ¡ Está empeñada en ser de la 'casa! ¡TemerídaesI ¿ Quién se lo quita de la cabeza ? Don Acisclo extrañó aquel lenguaje en el Capellán. — ¿ Pero V. opina que — Yo no opino nada, señor mió ¡TemeridaesT ¿Qué he de opinar yo? Bien hace en ser monja, aunque para serlo como Dios manda hay que nacer tres veces. Un profundo suspiro salió del pecho de Añorbe^ SOR LXJOILA. I0& t — ¡Va á costarme la vi<^al ¡Si considerase V I ¡ Perderla perderla para siempre I El Gnra se levantó de un estadal qne había cercado. Dio nna vuelta al cnarto, haciendo crujir las vigas del piso con su desaforada pesadumbre, y luego de haberse cerciorado de que no andaban por allí acólitos ni legos^ volvió á encararse con el Sr, de Afiorbe, y le dyo, dispa- rándole más que pronunciando las palabras : — ¡Oiga usted!.,.. Usted es el padre y á V. puede- decírsele todo Es más: debe decírsele ¿Esta-- mo8?..... ¡ Temeridaes ! El caso es que la señorita doña Lucila no ha nacido para monja Tiene en la sesera demasiadas cosas, demasiadas luces, mucho mundo ima* ginario y mucho ¿ cómo diré yo ? mucha fantasía. Don Acisclo se incorporó, pasmado de oír al Cura. — Siéntese V. — continuó éste. — Hablemos de eso despacio Yo no sé expresarme. ¡Temeridaes si yo supiera I Se me ocurren mil cosas ¡Otra, qué Judas I ¡ Pues yo lo creo I Al magín me vienen á la^ drar muchos pensamientos pero ¡Temeridaes! no sé sacarlas á paseo ¿Estamos?..... Yo estoy aquí sin deber estar..... La sangrecita me hierve cuando oigo un tiro y cuando me hablan mal de la religión ¿Ve usted cuánta sangre corre por estas venas? (y señalaba con su índice las gruesas venas de sus velludas y fuertes manos ). Pues toda la echaría fuera por defender á mi» santos y á mi Virgen ¡Temeridaes 1 A fe y á higadi- llos no me gana nadie Lo que no puedo tragar (se di6 un sonoro gaznatazo en las gorjas) es á estas madrazas sin pizca de seso, que se empeñan en sacrificar ton^* 106 JOS¿ ORTEGA MÜNILLA. tamente á las niñas de buena casa..... Cinco novicias haj en este santo convento todas de familia poderosa..... una es hija de nn labrador del Ebro ¡ Temeridaes I El hombre tiene más plata que mueve un temblor de tier- ra, 7 está tan triste como Y. con el empeño de la niña — ¡Ah, señor Cura! Usted habla como un hombre, como un santo Es Y. la primera persona que me ha- bla en lenguaje inteligible hace ocho dias Yo he re- corrido al mundo buscando medios de sacar á mi hija de esa obstinación absurda. En todas partes he hallado ne- gativas, sonrisas de lástima ó de sarcasmo, y resisten- cias blandas como las que ofrece la arena á las ruedas de un carruaje He visto al Arzobispo — Ayer estuvo en el convento y habló con la señorita novicia — ¿Y qué? — Y nada El digno Prelado, que Dios conser- Te para prez de la Iglesia, la sondeó respecto á si su vo- cación era verdadera. —¡Y ella! — Y ella se mostró tan decidida ¡ Un demonio de «hicuela , que no la he oido hablar tan bien nunca !..... Ni Santa Teresa — ¿ Y el Arzobispo? — El señor Arzobispo quedó encantado de esta ad- quisición del convento, y al salir decia : o: En estos tiempos, en que la fe muere, espíritus tan sublimes nos son necesarios. ]> Sor Jerónima la Abadesa se des- mayó de gusto al oirlo ¡ Otra! pues ya lo oreo Como que es la chicuela su ojito derecho. SOR LUCILA. 107 A D. AcíscV> se le cayeron las alas del corazón, Su8 últimas esperanzas huyeron. Tuvo en sn alma un movi- miento de ira contra aquella hija que él llamó desnatu- ralizada, y no supo darse cuenta de sus ideas confusas €omo un paisaje lluvioso, más que con estas palabras , que repitió muchas veces : — ¡Yo no tengo fe ! ¡ Yo no tengo fe I ¡ Yo no ten- go más que cariño á mi hija I Todo lo demás se me borra en el alma..... se me borra se me borra Después, la agitación de su espíritu hizo flaquear sus piernas , y aquel hombre tembló como im decrépito mo- ribundo. Sin la ayuda eficaz del Cura hubiese caido ál fiuelo; pero el padre Amaro guió su desplome sobre el estadal, y allí pudo estallar el llanto terrible del viejo. I Llanto tempestuoso! ¡ Belámpagos entre lluvia ! — ¡Temeridaes! — balbuceó conmovido el buenisimo sacerdote. — ¡ Qué dolores hay tan picaros I — ¡Yo no podré resistir estol — continuó el señor de Añorbe , agitando desesperado su cabeza de tal suerte que sus blancos cabellos se descompusieron. — ¡Señor, señor! ¿Es que estoy yo loco? Me quejo, y me dicen que no debo quejarme Pido á mi hija á mi hija, que es mia, que yo he engendrado, que yo he criado, que ha aprendido á andar entre mis brazos y me res- ponden que tiene otro padre mejor ¿Y Dios manda esto? No, no; no puede mandarlo.....' ¿Qué crimen tengo yo que purgar? ¿No he sufrido ya bastante para purgar las culpas de mi vida? Y las gentes re- chazan mis quejas , y detras de mi espalda oigo que me llaman : « ¡ Ateo ! , ¡ impío ! , ¡ volteriano ! > Parece 108 JOS]£ OBTEGA HÜKILLA. qne los Bentimientos de paternidad pueden alguna vez llegar á convertirse en un crimen Si soy yo hereje al reclamar mi hija..... todos los padree formamos una gran herejía Deshilvanadas frases salian de sus labios , y las últi* mas lágrimas que quedan á un anciano se escaparon de sus párpados temblones. El padre Amaro le consoló co- mo mejor pudo. ¡Inútil faena! Era poner diques de paja á un torrente; querer apagar un volcan con una gota de agua. Cuando el dolor de D. Acisclo rayó en locura, el padre Amaro apretó sus manos y le abrazó, y le dijo: — ¿Usted tiene un. dolor muy grande? Pues ahora, que V. se cree irremediable entre los hombres, es cuan- do debe mirar al cielo. XIX. Después de la muerte , planes para la vida. A través de las rejas del locutorio se crazaron las ma- nos, y hubo tacto febril y tembloroso en las del padre, como en las del náufrago qne se ase á una argolla. — ¡ Adiós , hija mial — dijo Añorbe. La entrevista empezaba concluyendo. Las palabras fueron demasiado livianas para encerrar pensamientos como los que Lucila y su padre sentian. Ella abatió la cabeza y cerró fuertemente sus párpados, de modo que las pestañas se unieron en una linea negra, estremecida por .nn llanto nervioso. Don Acisclo llevaba una colección de palabras enérgi- .<»tB y de censura para la hija de corazón helado, que de modo tan traidor se habia apartado de él. Pero no supo descargar aquella disciplina sobre las manos blan- cas y finas que la monia le presentaba. Un sentimiento de Lor infinito se desbordó en su ser, j en una mirada inefable dióle salida, recorriendo ansiosamente, en viaje ideal, el bello contorno del rostro de su hija. Al ver la triste serenidad allí expresada, dudó de su razón para rjecriminar á Lucila. i -7- Esto destruye todos mis planes.,... todos — exclamó luego, — Es bueno seguir la vocación. Yo no digo que no. lio JOS]é OBTEOA MUNILLA. Es bueno Pero ¡ay , hija mia I ¡ Qué horrible es perderte I Comprendo que la vocación propia justifique el propio sacrificio Pero ahora tu vocación sacrifica dos almas Cuando tú renuncies al mundo me ha- rás renunciar á mí porque moriré. — ¡ No morirás ! — balbuceó Lucila acercando su rostro cariñoso á la reja y oprimiendo la mano de su padre. — Lo siento dentro de mí ¡ Moriré I ¿ Y para qué iba á vivir después de tu muerte? ¡ Ah , la muerte es muy buena! Sin ella, ¡qué pocos conflictos podrían re- solverse I Al entrar aquí he visto esos sepulcros de la escalera ¡y los he deseado! ¡ Me alegraré morir pron- to para vengarme del corazón que me hace sufrir tanto! Una pausa enojosa cortó la conferencia. — ¡Yo tenía mis planes! — continuó D. Acisclo mi- rando al techo con sonrisa amarga. — Yo te veía casa- da con un hombre de bien, con un corazón honra- do Hasta había elegido esposo para tí mentalmente* — Padre yo te ruego No hables de un esposo humano, cuando Dios — ¡Un esposo! ¡Tu primo Víctor! — ¡ Ah Víctor I — dijo Lucila. Después de lo cual su semblante arrojó por todos sus poros una explosión de luz, y la mayor sorpresa se pintó en sus ojos y su boca. Diríase que ella había pensado en que pudiera ser su esposo cualquier hombre menos Víctor. — ¿Quién mejor? — prosiguió el padre. — Su alma es buena Es pobre, pero no tiene afición al dinero De modo que es rico SOR LUCILA. 111 Una nueva pansa cortó con sus tijeras el hilo del diá- logo, hasta que D. Acisclo le reanudó diciendo : — ¡ Habia yo soñado I ¡ Dios mió I hasta con un nieto ¡Fué sueño! Al despertarme no tengo ¡ni hija I El desdichado Añorbe habló de sus pensamientos fu- turos con el desaliento del hombre que ha perdido la base de su vida. Su hija experimentó tales emociones, que no pudo permanecer derecha y dueña de sus movi- mientos. Dejó caer la cabeza sobre las rejas, y cuando se levantó de allí tenia marcada la figura de los hierro» en el delicado cutis, una gangosa campanilla sonó por allá dentro diciendo que era hora de maitines, y D. Acis- clo tuvo que separarse de su hija. Todas las fibras de su ser tuvieron una horrible contra<5cion , y un dolor como de aguda hoja que penetra , hizo recogerse con violencia el corazón, dificultando el uso de los pulmones. Lucila miró el rostro de su padre y estrechó su mano, que tem- blaba extraordinariamente. — ¡ Muerta ella ! ¡muerto yo ! ¡ muertos todos I — ex- clamó descendiendo á duras penas la escalera. «¡Oh, dichosa la zagala— que hoy se ha dado & un tal zagal ! » Hubo una gran ansiedad en la ilustre é histórica vi- lla por asistir al monjío de Sor Lucila. Es preciso vivir una semana en pueblos como éste para comprender lo monótono é insoportable de la vida , siempre idéntica, sin variaciones y sin esperanzas. Los burgueses salen á la misma hora á tomar el sol en el mismo sitio de la plaza; hablan de los mismos asuntos, j á plazo fijo se retiran. Llevan las mismas capas en invierno , las mis- mas levitas de alpaca ó dril cuando es su estación , los mismos sombreros todo el año. Para estas gentes , que yo me permito humildemente considerar como la más terrible plaga social de la nación , un suceso que altera en algo el reloj inalterable de su existencia es como un rayo cayendo en una laguna de ranas : gran asombro primero y gran curiosidad después. Como todos estos caballeros , y sus buenas esposas y dignas hijas tenian mano con las monjas Deseadas , porque solian llevarles tal cual libra de chocolate ó alguna docena de ovillos de estambre para hacer mitones , pudieron entrar en la iglesia , y la llenaron con sus grandes cabezas morenas, tranquilas, paradas é inexpresivas ; cabezas de castella- SOR LUCILA. 113 DOB viejos de pura raza , á quienes nada saca de su pro- pia y olímpica gravedad. La luz amarilla de centenares de velas extendia por la iglesia una claridad triste , ha- -ciendo más negro el antiguo dorado de los retablos, más lastimeros los rostros de aquellos santos pintados en el trance critico de la degollación. La paloma de alcorza ¿Y su padre? 118 JOSá ORTEGA MÜNILLA. ¿Dónde estaba? La entrevista que había tenido con él; las lágrimas del viejo; aquel temblor horrible que estre- mecia su mano cuando ella la cogió y la besó, hiciéronle temer algo inmensamente horroroso que podia haber ocurrido Vio á su padre corriendo como loco por las oalles; viole buscando el puente más alto del Tajo para arrojarse desde él viole flotar en las aguas como un guiñapo ensangrentado ¡Qué horror! Hubiera queri- do suspender la ceremonia; imponer silencio al predi- cador; salir al presbiterio, y á grandes voces, á gritos que hubiesen resonado en toda la tierra, exclamar : «¿Dónde está mi padre? ¡Biiscadme á mi padre!.... ¡Mí padre! » Su agitación fué extremada. Acabó por llo- rar. Y entonces. Sor Jerónima de las Llagas, que estaba cerca de ella, deslizó en su oído estas palabras: — ¡Re- pórtate , hija mía; sé fuerte ! Aquellas palabras, sin saber por qué, helaron sus ve- nas. Hubo una reacción en su alma. Su padre no habría hecho cosa alguna lamentable. Dios les protegía á to- dos. Ella consumaba el más sublime y excelso sacrificio. Sus visiones eran tal vez ¿qué tal vez? sin duda al- guna, eran engendros de la magia diabólica para distraer su pensamiento en el instante más precioso y crítico de su vida. La voluntad hizo el esfuerzo de cien voluntades juntas. Su pensamiento quedó sujeto y como clavado al modo de un insecto por el alfiler del coleccionador Pero aun en su sujeción se estremecía, y en vez de rezar -con el coro : « Te deprecamur mplices », decía : « ¡ Mí padre mi padre! y> ¿Qué había hecho su padre? Cuando salió del conven- SOR LUCILA. . 119 tOj la desesperación iba con él. Miraba con ojos espanta- dos las gentes, las cosas la luz, y en todo veia nn signo ele estúpida indiferencia para sus penas. El pensó en- tonces, si no lo dijo : — ¡Ah! Hoy debéis sentiros muy felices todos los hombres, porque el dolor de todos le llevo yo en mi al- ma ¡ Sufro yo tanto, que en el resto de la tierra sólo deben quedar alegrías ! Una idea fija de venganza barrenaba furiosa su cere- bro, y como al barrenar las aguas un hélice arranca vi- rutas y jirones de espuma, esta idea sacaba allí virutas de dolor , jirones de sangre , túrdigas y filamentos de sensibilidad. Dos veces se llevó las manos á la cabeza. Oreia enloquecer, perder el aplomo del discurrir juicioso, fi,negarse en una ola de desvarios, la cual le llevaba y le traia desatentado. Su amor paternal no se quebrantó. Amaba , adoraba , idolatraba á Lucila. Ella era buena, ^ra un ángel ¡era su hija! era inocente. Alguien la empujaba al convento, alguien la apartaba de los bra- zos paternos. ¿Quién? ¡Todos! ¡Nadie! ¡La huma- nidad entera! ¡Las mismas leyes físicas! Los pensamien- tos se desconcertaron en su cerebro , como las piezas de un mosaico delicado sobre el cual patean elefantes. Ya le parecia que todos los hombres que pasaban á su lado iban vestidos de monjas y todas las mujeres vestidas de fkrzobispo. Ta creia que las torres macizas de las mura- llas tenian el rostro humano, y que mirándole con los dos ojos, hechos de dos aspilleras , le escupian {)iedras por la puente levadiza, insultándole, y que, naciéndoles brazos en su promedio, agitaban entre ellos un muñeco 120 JOSÉ ORTEGA MUNILLA. humano, una monjíta pequeña su hija Lucila Sor Lucila....! ] Disparatar horroroso ! Las ideas absurdas soltabait dentro del cráneo de D. Acisclo la cadena con que el sentido común las tenía aherrojadas, y corrian persi- guiéndose como enjambre de gatos locos en desván que amenaza ruina. Cuando supo darse mediana cuenta de si , hallóse en el campo. A su frente alzábase en anfiteatro vistosa la ciudad histórica, desigual, escalonada, como un hor- miguero cuya tapa de tierra se hubiese levantado. Los callejones tortuosos enseñaban plazas deformes : exófa- gos torcidos , que conducían á estómagos enfermos. Ca- lles llenas de ángulos y recodos , parecían trazadas por un gato estratégico para dar una gran batalla á los rato- nes. El rincón era el símbolo de aquella arquitectura casuística y ruinosa. Las casas se miraban de soslayo y se volvían la espalda, y los tubos de chimeneas y con- ducción de aguas simulaban las venas de aquel cadáver,, al descubierto, porque la disección estaba interrumpida y el disector estaba descansando. El recinto de las mu- rallas, ayer altivas, hoy semiderrumbadas, siempre glo- riosas , encerraba aquella locura de mampostería en un cinturon , intentando presentar la ciudad á los ojos del pasajero como una ciudad de vida arreglada, siendo- una disoluta de la arquitectura. Sobresalían las más altas torres que la soberbia humana levantó , cipresefr negros, algún álamo, cuyo claro ramaje se esfumaba melancólico en lo azul como un vapor que se disuelve, y más arriba aún, la torre elegantísima de la cate- SOR LUCILA. 121 dral — un mástil de fragata vestido con gasas de piedra* Allá abajo , en lo profundo de barrancos 7 derrumba- deros , el rio caminaba ruidosamente, y al despeñarse por las presas de Lafon, se esponjaba el agua j se coronabar de aéreos plumajes de plata. ¿Dónde iba el viejo Añorbe? ¿Dónde iba el pordiosero enriquecido , el que habia me- dido las desgracias humanas por la capacidad de las ta- legas y el que consideró hasta entonces las penas mora- les de los otros como un capricho triste no contrariado? ¿Lo sabía éi mismo? Huia del convento, de Muriedro, de los hombres. No tenia valor para presenciar el sacrificio de Lucila. Cuanto más lejos, mejor. Su edad achacosa é infirme pedia á aquel pilludo, que aprendió á leer en laa muestras de las tiendas de Santander, la velocidad de su paso. Este era desigual, irresoluto, sin rumbo; movi- miento de brújula desorientada, que ya señala al Medio- día, ya al Septentrión. Los relojes de las torres dieron las once. Un clamoreo de campanas sucedió. Cada oleada de aire venía preñada de sonidos, como la oleada del mar viene llena de menu- das arenas. Era la señal de que el monjío empezaba. Ecos de alegría encontró en todas las iglesias aquel to- que. El campanario de las Deseadas anunciaba que un ángel habia caído del cielo, y los demás conventos con- testaban con sus más elocuentes campanadas. Añorbe miró á la ciudad con rabia. La enseñó I09 puños. Después miró al rio, al cielo , y en la confusión sin ejemplo de sensaciones, sentimientos, juicios y absurdos que habia en su ser, confundió el capacete de un torreón 122 JOSÉ ORTEGA MUNILLA. con el sombrero de un hombre que pescaba en la orilla, é imaginó que una recua se suicidaba arrojándose en pe- lotón al agua, cuando lo que hacia era pasar pacifica- mente por el Puente-Nuevo. El clamoreo de las campa- nas seguia sonando , cada vez más violento y veloz. Las campanas volteaban, y sus sonidos se enredaban unos en otros como las palabras del que habla demasiado deprisa. Entonces D. Acisclo cambió de camino. Volvió á Mu- riedro todo lo veloz que podia. Era pueril huir de un suceso que no evitaba la huida. Era egoísta ademas el apartar sus ojos de aquella escena dolorosa. Tal vez no podria ver nunca más á su hija entre la luz esplendente del dia si dejaba pasar aquella ocasión. Corrió , corrió. Entró por fin en la calleja, cuyo empedrado de recios tro- zos de granito estaba bordeado de hierbas. Cruzó el compás del templo. Oyó un órgano ; después el órgano calló y sus últimas notas se quedaron temblando en el aire. Llegó á la puerta de la nave central. En medio del silencio profundo, religioso, patético chirrió un soni- do metálico. Una tijera habia cortado á la noble cabeza de Lucila sus dos largas trenzas. El viejo no pudo más. Vaciló, buscó un punto de apoyo ; su mano, palpando ansiosa el aire, se sumergió en el agua bendita de lína pila; y á tiempo que iba á caer, la voz de Víctor dijo en el oido de Añorbe : — ¡Venga V., venga V.l ¡Esto es horrible! ¡Todo se ha consumado I XXI. Tres opiniones distintas y una tempestad final. Cambiemos de escena. Esta representa un salón de la fonda más tolerable de Muriedro. Los muebles de orde- nanza : vieja sillería de reps tornasolado ; un espejo con inclinación que invierte , al copiarlos , los objetos ; cua- dros que representan un paisaje suizo j una dama cayén- dose de un caballo bajo la mortífera luz de una centella, y en cuyo pié se lee este epígrafe : <íFemme foudroyé,7> Doña Ana está sentada en un rincón, y llora con el ros- tro escondido entre los pliegues de un pañuelo. Don Acisclo se pasea agitadamente por la sala, y sus manos, metidas en los bolsillos del pantalón, salen á veces para accionar. Víctor está sentado en un sillón, con una pier- na sobre otra y la frente apoyada en una mano. Maletas abiertas, ropas sobre los muebles hablan de viaje pró- ximo. La discusión de D. Acisclo y su esposa fué terrible. Luego él pareció sosegarse ¡viéndola llorar, y sus senti- mientos caballerescos le impusieron silencio, — ¿Cuándo sale el tren? — preguntó. Víctor sabía que á él se dirigía esta pregunta. Res- pondió : — Dentro de dos horas. 124 JOSÉ ORTEGA MUNILLA. — ¡ Dos horas 1 — repitió Afiorbe. Los sollozos de doña Ana dominaron el silencio que reinó luego. Añorbe miró á su mujer con lástima. En aquel momento entró en el salón la noble Condesa del Bajo-Imperio. Venia sofocada, porque su obesidad era carga insoportable. Echóse aire con un abanico que metia mucha bulla. Cerró los ojos para que el temporal de vientos que aquella arma produjo no ofendiese sus delicadas pupilas , y luego usó de la palabra. — ¡Santísima Virgen de Lourdes I ¡Qué calor! ¡Pero, Anita, hija mia! ¡Es V. incorregible 1 ¡Esto es absurdo! ¡Tanto llorar! Hay que tomar con calma las penas de la vida Ademas , que Lucila ha entrado en el convento por su gusto ; no como esa otra que va á profesar mañana, contra su voluntad, porque su padre se empeña — ¡ Amiga mia ! — dijo D. Acisclo. — ¡El caso nues- tro es bien distinto I — Pues qué, ¿no lo sé yo? — replicó la Condesa, abrien- do de nuevo el abanico y soltando de entre su varillaje un huracán. — Es que VV. toman todas las cosas muy á pecho ¡Es absurdo! Mírenme VV. á mí. Quien la hubiera mirado habría realmente visto en ella la imagen de la más perfecta impasilidad moral. ^-Es preciso que Anita cambie de vida ¿Á qué conducen esos sacrificios que hace V. , vamos á'ver, hija mia? Lucila entró en el convento Pues si ése era su gusto, es feliz Hete aquí á Anita otra vez como cuando era soltera Aun está V. en edad de gozar ¿No es cierto, Acisclo? O poco he de poder, ó Ani- SOR LUCILA. 125 ta mudará de costumbres ¡Tanto rezar, tanto mor- tificarse! Hija y es absurdo Por ahí dicen que us- ted tiene en su tocador una calavera ¡Qué miedo! Yo no; ¡Dios me libre! Cumplo mis deberes, eso si porque me parece que cumplo mis deberes con ex- ceso Ya ve V. : yo he organizado esta peregrinación de damas ¡ Y maravíllense W. del triunfo! — añadió maravillándose ella la primera y dejando el abanico en uno de los hondos pliegues de su falda. — Me he traído hasta á las más enemigas de estas cosas Ahí está lo más ñorído Lo mejor ¡Es divino! ¡divino! ¡divi Pero crea V. que ¡otra cosa!.... ¡Yo pegarme correazos 1 ¡Yo privarme de comer aquello que me agra- da! ¡Yo calaveras! ¡Ay, hija! Para calavera, ahí está mi marido. Ni D. Acisclo ni doña Ana prestaban gran atención á cuanto decía la Ciondesa ; pero Víctor, sentado cerca de ella, la daba palique, y era esta aristocrática beldad, co- mo su marido, amiga de hablar por los codos. Era cató- lica^ de esta especie de católicas elegantes á la moderna, que, como ha dicho un gran dramaturgo, hacen tapicería y propaganda á favor de los obispos, bailan y se escotan por los pobres, y confiesan á menudo para sus garan- tías exteriores. Pero que así se cuidan de la gran moral y de la sublime caridad de Cristo como de los misterios de Eleusis ó de la doctrina de los Vedas. Para la Con- desa era incomprensible el misticismo de doña Ana , y en la intimidad de sus habitúes decía de ella , inclinando la cabeza , como quien hace una confidencia : — Para mí, está algo — y en vez de pronunciar I 126 JOSÉ ORTEGA MUNILLA. la palabra, llevaba sa dedo índice á la eien derecha y allí hacia la operación' de barrenar. En cuanto al catolicismo de D. Acisclo, qne iba poco á misa, pero cuando iba rezaba de verdad , hacía muchas limosnas y detestaba esas ostentaciones de la fe que con- vierten los templos en teatros y abusan de la religión verdadera, con gran perjuicio de sus intereses históricos — ya que los divinos no pueden sufrir percances, sién- dolo — la Condesa le declaraba de mal gusto y la pa- labra era ésta : demodée, Víctor pensaba en estos tres modos de entender el ca- tolicismo, mientras hablaba la Condesa. Don Acisclo sen- tía horror de la profanación que aquella elegante señora hacía de su dolor. ¡ Venir con atenuaciones mundanas de una pena tan espantosa como es perder á una híjal Los hábitos del gran mundo , la etiqueta aristocrática, eso que se llama educación y trato elegantes, han desvir- tuado los grandes afectos morales , con virtiendo las pa- siones en caprichos y los dolores en contrariedades. Don Acieclo detestaba todas estas supercherías sociales , y en su franca claridad de expresión decía que le daban asco. Á las siete salía el tren. Cuando el señor de Añorbe entró en su wagoja, precedido de doña Ana, una fibra del corazón parecía quedársele atada á Muriedro. Víctor permanecía en esta ciudad, que, decía él, había desperta- do sus aficiones artísticas. Iba á arrancar la locomotora^ SOR LUCILA. 127 cuando apareció en el andén, polvoroso, sudando gotas de agua por todo el círculo del sombrero de teja , con los manteos echados al hombro, el excelente padre Amaro. — ¡Otra que, pues! — dijo apretando la mano á don Acisclo. — Creí que no llegaba ¡Temeridaes ! ¡ Si ya va á echar á correr el caballo negro ! Y señalaba á la humeante locomotora. — La niña, prosiguió, parándose a cada palabra, por- que el ahogo de la carrera cortaba su respiración — me envia un abrazo á usted otro á esa señora Re- zará por ustedes — ¡Por nosotros! — gimió D. Acisclo, cerrando los párpados.— ¡Bien lo necesitamos! — Yo también rezaré ¡Temeridaes ! Usted no se apure Piense V. en Dios Mire V. al cielo ¡Esa es la gran parroquia ! El tren se alejó silbando. Don Acisclo se golpeó las sienes, y en el colmo de su dolor, gritó con voz espan- tosa: — Me has matado mi ventura Me has dejado sin mujer y sin hija Ya estoy solo solo XXII. Sn que se habla de Víctor y de los frascos de colores C[ue compró. Víctor se quedó en Muriedro. ¿Por qué? Es difícil saberlo. Decia él que le gustaba mucho aquella vieja po- blación y donde no habia sino mirar á las paredes para en ellas leer páginas de historia. Poseia el buen mucha- cho por todo capital unos 6.000 reales, que habia gana- do en diversas comisiones comerciales que su tio le en- cargó , y un hombre como Víctor con 6.000 reales es millonario. Por otra parte era Víctor muy sobrio ; fu- maba poco y de lo malo; no bebia, ni era amigo de ban- quetes ni deleites ruinosos. Un tantico holgazán era y dado de pasarse días y días soñando una idea que no habia de realizar nunca, así como le gustaban las largas caminatas por la orilla del Tajo. Algunas tardes, cuando el sol se ponia y á su alrededor subían y bajaban de pa- seo los matrimonios muriedranos , solía decir con tris- teza : — ¡ Pero, señor, qué solo estoy en el mundo ! ¡ Pero qué solo I En una de estas tardes, a:herido de punta de melan- colía!) — como dijo el melancólico Quijada — tornaba de paseo Víctor. Era el crepúsculo. A toda prisa anochecía, SOR LUCILA. 129 y sobre la superficie del Tajo flotaba un vapor cenicien- tOy que parecía la evaporación de una inmensa olla hir- viente. Era la hora en que las familias castizas cenan; ^n que los padres besan á sus hijos, que acaban de lle- gar de la escuela ; en que los esposos se miran con más 3,moT ; en que las manos ágiles de las niñas pobres cor- tan el pábilo de candiles , velones y quinqjmets ; en que la última luz del dia se enreda en los tejados para en- gendrar en la cavidad de los desvanes los abortos del miedo ; en que los muchachos que van á la lonja por aceite miran con desconfianza los rincones oscuros y •cantan temblando , por ahuyentar el silencio ; en que los perros vagabundos buscan un portal y una cena ; en que se cierran con sonoros golpazos los cuarterones de las ventanas ; en que se encienden los faroles de aceite Añ oliva de Muriedro ; en esa hora, en fin , Víctor iba navegando sin rumbo por los callejones húmedos , mal olientes y semioscuros de la ciudad. El cielo, cortado ^n estrechas y raras figuras por los tejados , resplande- cía vivamente con sus miríadas de astros El simpá- tico Víctor experimentó en su alma el mismo anochecer del mundo físico. Al pasar por la plaza de Gaitanes se •detuvo frente á una iglesia, y mirando la luz de un fá- rdete, que destacaba un manchón rojo en una ventana, exclamó : — Ahí está. Su pensamiento siguió un camino extraño ; ya ascen- día penosamente una cuesta de rigorosas deducciones, como un pobre y cansino viajero que camina por sus pasos contados; ya, cual un ave vuela de un picacho á 9 130 JOS^ OBTEOA MUNILLA. otro, iba él de un deseo oscnro á nna esperanza loca; ya navegaba por un lago rodeado todo de puertos felices y de buenaventura Pero su boca permaneció callada. Sólo al entrar en la fonda dijo : — ¡ Mañana empezaré I Madrugó á otro dia más que de ordinario , y anduvo largo espacio buscando trebejos de pintor. Luego escri- bió á Madrid pidiendo unos fi*ascos de colores , una do- cena de pinceles y unos cartones. A los tres dias alquiló una azotea, rasando cuyo suelo pasaban bandas de avio- nes. Empezó á pintar. Dejémosle. No profanemos la generación de la obra de arte, que tiene, como la del amor, una pudibundez legitima. Con permiso del Ordinario. Pero no estuvo largo tiempo Víctor en aquella azo- tea. Muchas tardes las pasaba en la catedral, y aun cuan- do solía conducir bajo el brazo el cartón y la caja de co- lores, no pensaba siquiera en reproducir aquellos roseto- nes calados , donde la imaginería de vidrio ostenta un mosaico de luces asombroso ; ni la sombra de las altas techumbres abovedadas; ni los jirones del sol, que ca-* yendo del alta claraboya se columpian en el vacío ; ni los sepulcros que en cada capilla hablan de la muerte y del reposo'; ni las lápidas llenas de letras góticas que prego- nan la grandeza y poder de príncipes olvidados. Nada de esto tentaba su codicia de artista ni le ponía en el alm& el deseo de llevarse un recuerdo suyo en* el álbum. Su espíritu se quedaba extático, abrumado bajo el peso de algo muy grande, muy grande, imposible de expresar. En un rincón se escondía, y tanto gozaba viendo, como oyendo los cánticos del coro y la voz del órgano, que al sonar con el registro de trompetería, esparcía en los aires nubes, torrentes, chorros é inundación de música, y al sonar en sordina parecía concento celestial que se aleja y vaga en lo más remoto, cerca del eminente te- cho, ó se rezuma por las ojivas, ó corre y se hunde en los 132 JOSá ORTEGA MÜNILLA. sótanos. Una calma suprema poseía el espirita de Yic- tor : esa calma que sólo se goza en las altas cimas del arte como en las altas cimas de las montañas. ¡ Caán po- cos suben á ella! De entre esa multitud de viajeros que recorren el mundo antiguo para curiosear los restos de aquellos siglos engendradores de las maravillas de pie- dra, ¡ escasos , muy escasos , son los que saben descubrir- las 1 El cicerone es á esas maravillas lo que un telesco- pio sin cristales al mundo sideral. En el caso presente, decíase á sí mismo Víctor que los cristales del símil es- tán representados por la propia imaginación. Otras tardes, pensamientos tristes se apoderaban de él. El padre sin hija, el esposo sin esposa, su pobre tio se le presentaba como el más desdichado de los seres. Doña Ana cruzaba por su mente como una extraña figu- ra que empezaba con el busto de una madre y acababa con el torso de una helada estatua. Lucila él no po- día darse cuenta de cómo se la presentaban sus ojos es- pirituales. — Es extraño — decía. — De mis tíos se acuerda mi cabeza. De mí prima se acuerda el corazón. Pasó un mes largo sin que su obra adelantase. No aca- baba de verla bien. Nubes cenicientas la envolvían allí en su alma, y asustado de las dificultades, no se atrevía á vencerlas una á una, sino que las consideraba en su multitud sin fin. — ¿Quién me mete á mí, endiablado pintamonas, á ha- cer cuadros, ni ¿Estás loco, Víctor? ¿ Qué sentido te falta? Una sonrisa de propia burla corrió por sus gruesos SOR LUCILA. 133 labios y hacia asomar la blanca dentadura entre la som- bra del bozo. Pero en sus horas de ensueño , cuando pa- seaba por la orilla del Tajo, cuando soltaba un poco del lastre que le hacia arrastrar por la tierra , descubría ho- rizontes lumínicos, donde todo arbusto era laurel triun- fal , j todo luz alegre. Entonces se prometía trabajar. — Mañana , mañana. Llegó por fin el día de mañana, j con gran sorpresa del sacristán de las monjas Deseadas^ un criado condujo ala iglesia un caballete, y el mismo padre Amaro le ayudó á descargar las tablas y á armarlas en una capilla. — A las diez acaban las misas. A esa hora puede us- ted venir — dijo D. Celestino á Víctor. — Puesto que el Sr. Arzobispo da permiso, yo me pongo á sus órdenes. ¡ Temerida es I ¿ Sabe V. que yo no sé qué va V. á pin- tar aquí? Esto está más negro que una colmena. Sonrió Víctor , y luego quiso explicar su plan al cura. El padre Amaro tenia sus opiniones sobre arte. Una vez estuvo en el museo del Prado de Madrid, y sólo le gustó de entre tanta maravilla, el Enano^ de Velazquez , y los Fusilamientos de la Moncha ^ de Goya. Suplicó á Víc- tor que se fijase en un cuadro que había en la iglesia re- presentando una degollación. — Le confieso á V. que me parece malo — dijo Víctor. — ¡ Hombre I Pues mire V. lo que es no entender. Yo creía que era bueno.... ¡porque, cuidado si tiene sangre! Le pone á uno los pelos de punta. Víctor fué desde aquel día puntual. Apenas se mar- chaba la última devota, sentábase en su banco, y el pin- cel iba y venía, lleno de negro, de blanco, de azul, y en 134 JOSlí ORTEGA MÜNILLA. resumen, de todos los colores. Pintaba una cara, y luego la despintaba. Jamas quedaba contento de su obra. La Comunidad ya sabia que un pintor trabajaba en la iglesia. La madre Jerónima estuvo á punto de enojarse cuando se lo dijeron ; pero no hubo sino callar al tener noticia de que el artista venia protegido por orden supe- rior. La curiosidad de las monjas no hallaba limites. Al- gunas se acercaron de puntillas al coro bajo , y alzando con precaución una punta de la cortina, alejáronse per- signándose al ver que el pintor era joven y guapo. Una dijo : — I Se parece á Jesús ! Y se lavó los ojos con agua bendita. Víctor , desde su rincón , observaba aquellas estrate- gias de la curiosidad, y una sonrisa le invadia los labios. — I Válgate Dios con las madres I ¡ Acabarán por ver- me todas ! Al decir d todas d irguió la cabeza y detuvo el pincel; y como si esta palabra le hubiera producido meditación interior y hubiese suscitado un juicio , añadió : — ¡ Si También! Dio una pincelada nerviosa, que puso barba negra en el rostro de una mujer, y repitió : — Sí También ella. XXIV. Un mes con penas es un aflo. La primera carta qne Lucila escribió á sus padres fué la primera cosa que reunió los pensamientos de Añorbe y doña Ana, después de las escenas enumeradas , y las que entre ellas habrá colocado el buen juicio del lector. La carta pintaba la tranquilidad de una vida alegre y dulce, como la del pez en el agua de un lago sin vientos ni pescadores. Habia pasado un mes desde el monjío, y D. Acisclo llevaba quince dias en el lecho. Una fiebre continua le consumía. Cierta añeja enfermedad del higa- do, que contrajo en América, se exacerbó, y la hinchazón de tan importante entraña abultó de un modo espantoso el volumen de su cuerpo. Tal engrosamiento morboso del tórax y abdomen iba acompañado de pérdida abso- luta de fuerzas, insomnio, y demacración del rostro y extremidades. A más de esto, el humor de D. Acisclo se agrió completamente. Una predisposición, insólita «n su carácter, á la ofensa hizo su trato espinoso y duro. En toda omisión de sus criados veia un motivo de que- jas y recriminaciones. Si antes comedido y dulce para re- prender , ahora era feroz é implacable. Su negro humor buscaba la idea más depresiva y la palabra más enojosa para zaherir y fustigar al interlocutor. Al mediar el mes 136 JOSÉ ORTEGA MUNILLA. de Marzo, Iob vientos y lluvias que la segunda luna trajo* empeoraron el estado de D. Acisclo. Ya no pudo aban- donar el lecho , que vino á convertirse en potro de tor- mento para el infeliz. Leyó una carta de Lucila. Tenia la costumbre der arrancar del pliego la cruz, que es uso en las casas pia- dosas trazar antes de empezar la escritura. — ¡ Eh 1 gruñó — rasgando con la uña de su temblona mano. — ¡ Mojigaterías I Luego leyó con ansia, con gusto, desarrugando el pe- ludo entrecejo , dejando fluir de su semblante la sonrisa por todos los poros , interrumpiendo la leyenda para be- sar el papel con sus labios, húmedos á causa del conti- nuo deglutir tisanas y menjurjes. La carta venia diri- gida á D. Acisclo y doña Ana, y la niña pedia que am- bos la leyeran juntos : «I Qué paz es la mia, queridos padres I — decia un párrafo de la carta. — Madrugo más que nadie; una hora antes de salir el sol abro la ventana de mi celda , alzo las ropas, barro y riego el piso. ¡ Qué gusto hallo en to- do 1 ¡Esta humildad de mi vida me enorgullece! Vivo conmigo misma. Mis pensamientos mueren dentro de mí. El silencio que á todas las horas del dia y de la noche me rodea es como el que luego se sucede en mi alma Mis diversiones son hacer cestillos de juncos. Primero hay que buscarlos en los arroyos del jardín. Yo he encon- trado una buena cantidad de ellos en la huerta , detra& de la noria. Luego los mojamos y los cortamos. Despue» no hay sino tejerlos. Las cestas son bien lindas. Sí, ma- dre mia , padre de mi alma. Esta es mi diversión. Tengo SOR LUCILA. 137 más de veinte cestíllos hechos y he de enviarlos con Gar- TÍgnez cuando venga per acá ¿Os habéis ya consola- do ? No quiero hablar de esto, porque es contra regla El domingo de Infra-octava empezaré una novena á la Virgen de la Asunción : madre mia, hazla tú también, y así se juntarán nuestros rezos t> La epístola era larga, sencilla; pero había en ella cier- tas reservas que hablaban de un lado del alma oculto. Don Acisclo pidió á Garriguez recado de escribir , y so- bre el embozo de la cama trazó una carta en que decía á BU hija, como en sus cartas anteriores, que la pena de no verla le estaba matando. Cerróla y Garriguez llevó la carta á la señora, y en un cajoncillo secreto del bmdoir de ésta quedó encerrada. Doña Ana tenia trazada esta confabulación de acuerdo con G^urríguez, por miedo á que las quejas y amarguras del padre quebrantaran la vocación de la hija. El efecto consolador de las cartas de Lucila duraba poco. El vinagre tornaba á ser vinagre , y la hiél se re- volvía en oleadas dentro de aquel cuerpo hinchado y lin- fático, donde todo dolor tenia su asiento y todo enojo físico un alcázar. Doña Ana, al contemplar los progre- sos de la enfermedad, se instaló cerca de la cama de su marido. Pero la presencia de la mujer que, según éste, tenia la culpa y la responsabilidad de cuanto había suce- dido, excitaba la furia del viejo y le ponía iracundo y fuera de sí. Ella oía las palabras amargas del enfermo con resignación. Bajaba su cabeza y juntaba las manos, demandando al cíelo la salud de Añorbe. Justo es re- conocer y declarar que nunca anidó en su alma el rencor 138 JOSá ORTEGA MUNILLA. por los tratamientos duros de que era objeto. Sa paesto «ra la cabecera de aquel lecho, y allí debía permanecer. Era de noche. Una lamparilla ardía detras de una pantalla de porcelana. El enfermo pidió agua á Garri- guez. Pero no fué Garriguez, sino doña Ana quien se la presentó. Don Acisclo la rechazó. — Déjame, vete — gritó, procurando incorporarse en el lecho. — No quiero verte. Y se puso la mano derecha, hinchada por la enfer- medad , sobre los ojos. Debían haber sido tremendas las aflicciones de aquel hombre. La dolencia que padecía en el bazo destruía su robusta naturaleza, nacida para lu- char, dura y recia como el granito, y que ahora se des- granaba, se descomponía, se desmenuzaba átomo á áto- mo, como una estatua de barro agrietada por el sol. — ¡Oh I no seas cruel — ^gímió doña Ana. — Tú tienes la culpa — repuso D. Acisclo, reanudando ona reyerta eterna, que empezaba á tener visos de mo- nomanía , entre lágrimas que revelaban un dolor inmen- so, profundo, desgarrador, que conmovía las raices de su ser, que hervía y laceraba su corazón. Continuó : — Tú la has llevado á esa casa y la has hecho hundirse en la sima. ¡ No la veremos más, no oiremos más su voz, no es nuestra! ¡¡Ya no es mial! ¡Yo la he engendrado! ¡Y hoy alguien tiene más derecho á ella que yo! ¡Y me hablan de vocación! ¡El hijo no tiene más voca- ción que amar al padre, y el padre no tiene otra religión que amar á su hijo! Descubrió su rostro. Su mano derecha temblona bus- SOR LUCILA. 139 có un pañuelo en el bolsillo de la bata oscura , que le abrigaba aun dentro de las ropas del lecho. Aquella mano amarilla, abundante en arrugas , tenia tantas dobleces j desigualdades como un pergamino tostado. Manojos de venas azules latían bajo esta piel. Era la mano de la muerte cubierta con el guante de la enfermedad. Enton- ces pudo verse el rostro macilento y cadavérico de don Acisclo. Las mejillas , arrugadísimas , dejaban caer dos colgajos de epidermis á causa de la demacración rápida que habia secado y consumido los jugos de aquel cuer- po. Dos círculos azules rodeaban las pupilas, y la borla verde del gorro de terciopelo, que cubria la cabeza, pare- cía, oscilando con los estremecimientos convulsivos del cuello , un ciprés gallardeándose en un cementerio. — ¡ He sido una gran pecadora! — balbuceó doña Ana. — ¡Ehl ¡Qué pecadora! La letanía de siempre. ¿Quién habla de tí? ¡Yo hablo de mi hija! — Es que mis pecados son tan grandes, que no he te- nido derecho de satisfacer los deseos de mi corazón. El Señor me mandó mortificarme en aquello que de más gusto fuese á mi alma en mi hija Quiero que esté á mi lado quiero verla quiero besarla Y me impuse ese sacrificio. — Pero ¡ ay Dios de Israel! tú te sacrificas, mu- jer condenada, y tu sacrificio ha sido mi muerte ¿ No ves que esto me ha costado la vida? Pues qué, ¿ crees tú que yo podré vivir? si me siento morir. La bilis me llena el cuerpo ¡Demonio! si me ahoga si la siento que sube hasta mi garganta No estoy vivo Ya estoy muerto podrido en el fondo de la tier- 140 JOSÉ ORTEGA MUNILLA. ra Ya pueden venir esos malditos caras á echarme responsos é hisopazos ¿Estás contenta? Me has mata- do, me has matado Poco apoco con cautela hoy le arranco una dicha y mañana otra ¡Devota estú- pida, miserable devota , mala madre ! — ¡ Acisclo, Acisclo I — balbuceó doña Ana. Vaciló la resolución de mártir de la pobre señora. Tuvo horror de lo que pensaba de ella su marido. La copa de agua que contenia su mano cayó al suelo y se vertió sin romperse. — Déjame morir tranquilo — gruñó el enfermo, des- pués de un acceso de tos , que retumbó en su pecho como un trueno en uña cueva. — Vete á rezar, á pasar cuentas del rosario, á enhebrar padre-nuestros ¡Garriguez! — -'Garriguez no está — se atrevió á decir muy bajo Doña Ana. — Le he enviado á Muriedro con un en- cargo Y al acabar de decirlo, las lágrimas se mezclaron á las palabras, y ella, en un rincón de la alcoba, medio es- condida en un pliegue de la cortina de terciopelo, com- primió sus sollozos. Aun cuando sus martirios, sus sa- crificios de voluntad y su desprecio constante de si mis- ma habian matado y quemado los impulsos del amor propio en doña Ana , las frases horribles del iracundo viejo levantaban la indignación en ella. — ¡En Muriedro! — repitió con voz terrible Añorbe. — ¿ Quieres alejar de mi á todos los que me tienen cari- ño? ¡ Bueno , mujer , bueno! ¿Quieres encerrarme entre paredes de hielo?.... ¡ Bueno!.... Si yo me estoy mu- riendo Me queda tan poca vida, que por grandes que SOR LUCILA. 141 sean los tormentos que me preparas, apenas tendré tiem- po de sufrirlos ¡ Me alegro de morir I ¡ Esto era ya insoportable! ¡ Tanto cura, tanta monja, tanto libro de misa alimentarse con cera y agua bendita ¡ Ay qué frió siento ! Su cabeza desvariaba. Los huesos de su rostro tuvie- ron un movimiento de dislocación horrenda bajo la piel acolgajada y negruzca de no haberla rasurado en los lar- gos dias de enfermedad y postración. El viejo alargó una mano y llamó á la sombra de doña Ana, que se veia en el estuco de la pared, diseñada por la pajiza luz de la lamparilla. — ¡Agual ¡Agua! — suspiró. Doña Ana se acercó rápida. Recogió la copa, y lle- nándola nuevamente , dio de beber al enfermo. — Ahora quiero descansar — dijo Añorbe. Parecia hallarse tranquilo. Su mano derecha separó de la frente sudosa las crenchas blancas de pelo desorde- nado y abundante ; porque aquel viejo conservaba su ca- bellera juvenil. Después hizo como que se dormia. Pero no se durmió. Porque mientras doña Ana rezaba de ro- dillas junto al lecho , el alma de aquel gran padre iba de camino hacia lo que Amaro llamaba la gran parroquia. Al alba habia alli un cadáver y una mujer desmayada. XXV. La carta del muerto. Entre los pliegues de la ropa se hallaron sobre el le- cho mortuorio cartas para distintas personas acerca de ne- gocios, y una cuya dirección decia : o: A mi querido Víc- tor. D Era un abultado paquete cerrado con lacre. Toda la mañana del dia de su muerte lo empleó el viejo en es- cribir, habiendo demostrado una actividad bien distinta y ajena á la debilidad propia de tan larga dolencia. Gar- riguez llegó de Muriedro, y al cruzar el dintel del por- talón , donde entraban y salian gentes fúnebres , de bar- ba rapada y vestidos negros, lustrosos y goteados de cera, llevando cirios amarillos, quedóse con el lio de los cestos monjiles en una mano y el paraguas en otra (es- taba lloviendo ), hecho una estatua. ¡ Pobre Qarriguezl ¡Cómo lloró al saber lo ocurrido! Recorrió velocísimo los salones , y su compungido semblante se lo arrojaron los espejos de clara luna unos á otros, imagen de la va- nidad jugando con el dolor humilde. Estaban ponien- do la cama imperial, y en la alcoba yacia el cadáver^ vestido con hábito franciscano. Escasas horas habían bastado á los ejércitos de la destrucción para alterar lo poco humano que quedaba en D. Acisclo. Su rostro había dejado de ser conjunto de humanas facciones. Los SOR LUCILA. 143 párpados se confundían con la mitad superior de las me- jillas en una mancha violácea^ y las últimas lágrimas ha- bían prestado á las pestañas que el insomnio dejó, dure- za de alambres. La nariz , gruesa y carnosa, habíase alar- gado en pico de presa, buscando á la boca para besarla ó herirla. La barba cubría estos desordenados tegumen- tos, como las hierbas una pared desconchada y nitrosa. La carta para Víctor fué enviada sobre la marcha á Muriedro. Antes el telégrafo le había hecho buscar ro- pas de luto y conocer el terrible suceso. Profundamente conmovido se hallaba Víctor delante del caballete donde pintaba, en la azotea de su casa, cuando no iba al con- vento, sin acertar á encontrar en su paleta el color de la luz. Puso amarillo, y resultó una luz de bengala. Mez- cló algo de negro, y la luz de bengala se nubló. — Decididamente — dijo con enojo — hoy no encuen- tro al sol ¡ Infeliz D. Acisclo ! Y miraba á su paleta buscando el sol en aquel pastel multicolor como un cesto de todas flores revueltas. — A su lado, sobre un velador, estaba la carta de su tío Añorbe abierta, y otra de doña Ana. Ésta le encargaba hiciese saber á Lucila que no tenia padre, y le anunciaba su via- je á Muriedro para cuando pasasen los quince días del entierro. Era una carta lacónica, escrita con lágrimas y que revelaba un corazón desgarrado. La carta del difun- to D. Acisclo llevaba otro encargo : el de que entregara un pliego adjunto á Lucila. ((Temo que si se le envío por otro conducto, no lo reciba. Es mi despedida de este mundo. Quiero que sepa todo lo que ha acelerado mi muerte su resolución, d 144 JOSé ORTEGA MUNILLA. Víctor había dejado de bascar al sol para buscar el medio de cumplir este diñcil encargo. — A las diez iré al convento— pensó. En efecto : á las diez fué. Tuvo que dominar su pro- pio dolor para no entrar en la portería llorando, porque adoraba á su tío, en quien veía reunidas dotes morales que andan rara vez juntas. — La portería estaba húmeda y había en ella bancos de pino muy fregoteados , lo cual se advertía al sentarse por las partículas de áspera are- na que el estropajo había dejado en los intersticios. Allí, en una especie de covacha comparable al nicho de un perro 9 estaba el mandadero de las Deseadas, un viejo muy viejo , con cara huesuda y afilada como cráneo de lobo, y unas grandísimas antiparras sobre la nariz. — A las diez y media es cuando puede hacerse 1^ vi- sita — contestó á la pregunta de Víctor; continuando, sin hacer caso alguno de su presencia , la lectura de un libraco impreso con cabezas de clavo en papel de es- traza. Esperó Víctor, y á las diez y media le condujeron por una bóveda que olía á incienso, y atravesó una cor- raliza , á la que caían ventanas sin celosías ni otros en- torpecimientos de la hermosa facultad de ver. Luego se halló en el locutorio, que estaba oscuro, según prescribe la regla cuando se recibían visitas de hombres jóvenes. Sentóse en una silla que le acercaron á las rejas ; pero al oír en el pasillo lejano pasos acelerados de mujer ; al ver avanzar una luenga ropa blanca ; al conocer que su pri- ma se acercaba no fué uno, fueron veinte los saltos que le dio el corazón. Levantóse. Ella se acercó. SOR LUCILA, 145 — ¡ Víctor 1 dijo. Y en vez de acercarse á la reja donde su primor la es- peraba, corrió á otra que en la pared frontera había, de hierros más claros. Su rostro fino y delgado tuvo una llamarada de alegría. Pero luego se echó sobre la frente las randas de la toca negra y apagó aquella llamarada, luciendo con voz sutil, que á Víctor le pareció ya to- mada de las humedades del convento. — ¿Cómo estás? ¿Y mis padres? Si las cortinas de la ventana no hubiesen impedido en -absoluto el paso de la luz , Sor Lucila hubiese podido ver ^ue su primo venía vestido de luto, y esto le hubiera fa- <5Ílitado á él el camino de la triste revelación. Víctor no sabía por dónde empezar. Ademas de la turbación propia ^el caso, otra no esperada le acometía. Su corazón seguía golpeando violento, y el andar de la sangre en sus venas se aceleraba. Miró á la preciosa monja con admiración, «on ansia, con fijeza. Toda su alma estaba en los ojos. Ella experimentó inexplicable azoramiento. Aquellos •ojos encendidos que la' contemplaban tenían mucho de hermosos : eran grandes, rasgados, pardos, y en mil pun- tos de ellos al mismo tiempo la luz flechaba y resplande^ cía. Sor Lucila bajó la vista : hizo un esfuerzo por parecer tranquila, y ese esfrierzo ahogó todas las manifestaciones, preguntas y curiosidades que su ínteres por aquellos dos padres queridos había dispuesto, ordenado, clasificado y «prendido en virtud de una especie de mnemotecnia, du- rante las largas soledades del claustro y la celda. Víctor no vio delante de sí una mujer; vio una estatua, una muerta, un maniquí, sin alma ni amor. Creyó que era 10 146 JOSÉ ORTEGA HÜKILLA. dado al convento extirpar del corazón todas las fibras de ternura; que Sor Lacila no se acordaba de los padres de- Lncila, ni de la casa donde vivió su vida toda, ni de él^ ¡ni de él mismo! Sintió nna impresión de frió, y te^ volvió los ojos con espanto al rededor de si^ imaginando hallar en todas partes la mirada heladora de aquella Gorgona santa, que convertia los seres humanos en blo- ques de mármol. La conversación fué, pues, reservada y lánguida. Víctor sufria horriblemente. Él hubiese que- rido hallar en aquel corazón encerrado tras rejas y votos, las efusiones del amor filial ; y como si este desencanto» le hubiese hecho trizas algo consustancial de su ser, lle- vóse la mano al pecho y no pudo menos de abatir la ca- beza. Dos veces efdtuvo á punto de decir : sellase y tapase las válvulas de la desespe- ración. — No, no — pensó Víctor. — No quiero convencerme de que esta mujer esté muerta. Yo no la doy esa no- ticia. Y sin despedirse casi, oprimiendo la carta del muerta entre los dedos de su mano derecha, salió del locutorio. Sor Lucila viole alejarse con asombro; pero este asom- bro se convirtió en horror cuando el rayo de sol que SOB LUCILA. 147 alumbraba el pasillo le permitió descubrir el traje de luto de Víctor. Un presentimiento llamó á las puertas de su alma; iluminóse su concienoía. Todo lo vio claro ICejor dicho : todo lo vio oscuro; porque yió á uno de sus padres muerto. Con el alba envió Sor Lucila al mandadero al hospe- daje de Víctor, suplicando á éste, por conducto de aquel hombre con cabeza de lobo, que fuera á las once ; que sabía la verdad de su desgracia y deseaba conocerla con detalles. A Victor le sorprendió aquel inopinado desen- lace de su compromiso. — ^¿Habré yo pensado neciamente? ¿Lucila no habrá dejado de ser lo que era? Fué al convento á la hora fijada y ya le esperaba en el locutorio. — ¿Quién es? — le preguntó ella desde lejos. — ¿No lo sabes? —-No ¡Pero sé que es uno de ellos I — ¡Tu padre I — ¡Ay demil Un estupor sin lágrimas ni quejas la acometió. Los párpados se agitaron como alas de pájaro moribundo, y cubrieron las pupilas. Su respiración se agitó, y debajo de las tocas y luengo ropaje de anchos pliegues las olea- das de. un pecho atormentado latieron vivas y violentas. 148 JOSlí ORTEGA MUNILLA. Su cuerpo se dobló, y la cabeza vino á descansar en la piedra de la verja. La frente golpeó el duro hierro, y Víc- tor Yió la boca entreabierta de la monja perder el color del Qoral, el de rosa, el de la vida. ¡ Maestras de pena dignas de un dolor inmenso ! — ¡Prima mia! — exclamó Víctor; — ¡prima dé mi al- ma! Ahora es cuando necesitas esa fuerza de voluntad que has derrochado inútilmente en sacrificios estériles Ha muerto el pobre viejo pensando en tí acordándose de tí ¡Tu presencia le hubiese consolado! Porque ha muerto de frió del alma, de pulmonía del cariño Los sentimientos dulces de su vida se han muerto y él, que había fundado en ellos su existencia no ha po- dido sobrevivirléft. — ¡ Dios JniOy Dios mió! ¡ Mi padre! Por primera vez experimentó en sn alma esa helada soledad que, según Víctor, había matado, á su padre. Pero en cambio, Víctor — ¡ cosa extraña y de que no sabía darse cuenta!— experimentó un gusto espiritual desco- nocido. El dolor sordo, desconsolado, tenaz y sombrío de su alma se convirtió en una pena dulce , tranquila. Veía llorar á Lucila; veía destrozada su alma; veia conmovida á la hija Era que la monja no había empezado á cris- talizar sus sentimientos dentro de la mujer. Y. esto fué lo que le alegró; lo que le produjo una sonrisa entre el luto del espíritu algo como una luz corriendo por un paisaje mojado. ¿Qué origen tenía este singular efecto? El, francamente , no lo sabía. Sabía sólo que la pérdida de Lucila para el mundo era en su vida uno de esos suce- sos al cual vuelve! la memoria sus ojos muchas veces, SOR LUCILA. 149 cuando peregrina, triste y sin rumbo vaga en riberas le- janas la desfallecida voluntad. — Una carta suya traigo para ti — dijo el joven. Pasóla á través de la reja, y su mano tocó la de Luci- la. Vio, devoró con su vista los dedos finos, delgados y agudos de la señorita de Añorbe, y la ansiosa mirada subió por el brazo anegado entre pliegues de merino y e,stameña — imagen de la belleza clásica escondida tras los envoltorios y rudezas bárbaras del barroquismo. . — Yo te dejo. Lee esa carta, que creo ha de ser lar- ga y cuenta con mi cariño siempre TSó te juzgues sola en tu dolor Piensa que muy cerca de ti hay quien sufre La vida es buena cuando las almas quieren que lo sea cuando se asocian y laten al mismo tiempo ¡La muerte de mi tio me deja bien solo á mí I Es triste vivir como un hongo, sin amigos ni amores ¡Esto es una Tebaida!.... algo más lúgubre que esos pasillos que desde aquí veo. — ¡ Padre mió, padre mió I Procuró la monja incorporarse, y sus lamentos estalla- ron en la bóveda de las crujías. — ¡Adiós! — dijo, dejando besar su mano por los la* bios del primo. — ¡Adiós! XXVI. Bl fin de un ciutdro. Víctor, después de sn segunda entrevista con Lucila, dejó de ir al convento muchos dias , y quedó interrum- pida su obra. En vano la curiosidad creciente de las mon- jas se asomó á todas las rejas, ventanillos, risudijas y agujeros del coro, tornavoz, presbiterio y sacristía. Siempre hallaban las pupilas del Señor el templo vacío, y sólo escuchaban allí dentro, bajo el artesonado arábi- go de ataujía , el canto perlado de las primeras golon- drinas , que hacían su nido en un pliegue de la bandera divina de San Juan. Lucila había oído hablar de aquel pintor , y en medio de su dolor , de sus lágrimas, de su remordimiento, oca- sionado por la muerte del padre amado , en la que su propensión cavilosa le hacía tomar tanta parte , sentía un fenómeno extraño de curiosidad y de reparo en aso- marse como las otras madres á las rejas. Algo la decía : «¿Qué te importa á tí ese pintor ?:i> Algo la empujaba, sin embargo , á verle. La misma abadesa, Sor Jerónima de las Llagas , ha- bía cedido á la debilidad de su condición mujeril, y des- pués de asomarse distintas veces á ver el armatoste que SOR LUCILA. 151 «ostenia el cuadro, había enviado una tarde al mandade- ro con el recado de que Víctor <;ontestó que no era extranjero y que agradecía el ofre- cimiento. Con lo cual, y mientras lo decía sin dar paz á la mano, cargada de pinceles , el mandadero tuvo espa- cio para calarse las famosas antiparras y reconocer en el .artista al primo de Sor Lucila. — ¡Madre Abadesal — exclamó el viejo portero.— ¡Si no es de extranjís! ¡Ave María Purísima! ¡ Sí es aquel señor que vino dos veces á ver 4 Sor Lucila! — ¿El Sr. D. Víctor? — preguntó la Abadesa abrien- do sus ojazos negros acuosos. — El mismo. Por este conducto llegó la noticia á conocimiento de Lucila. El asombro de la comunidad fué indescriptible' cuan- do otra tardecí mandadero entró por la puerta del jardín, tan veloz, que las antiparras se le iban escurriendo nariz abajo. — ¿No saben sus mercedes? — dijo. — Ese señorías está pintando á VV. — ¿A nosotras? — Sí, mis señoras. Está pintando el altar mayor y el coro Y he visto que detras de la feja del coro están todas VV La madre Reverberación está hablando, con su manto morado y sus espejuelos A vuestra due- ña la Abadesa se la ve como de carne, y ¡si es una maravilla ! Las monjas estuvieron á punto de volverse locas de 152 JOSÉ ORTEGA MUNILLA, anhelo y de terror. ¿ Qué iba á hacer aquel hombre coife BUS retratos? Empezaron entonces los incidentes de estra- tegia femenil más agndos j sutiles para ver el cuadro- de cerca. Una mañana, so pretexto de que era precisa limpiar la capilla en que Víctor trabajaba , obligáronla á trasladar sus bártulos frente al coro. Pero Víctor com- prendió el juego , y cubrió el lienzo con una sarga negra al marcharse. Por fin y la curiosidad de las monjas, acre- centada con la £Uta de novedades de su vida reclusa,. estalló impetuosamente, como toda pasión contenida. Sor Ana de Flix , la más alegre de las monjas , la de más ameno trato , la que sabía hacer acericos vistosos como amuletos de un ídolo chino, fué comisionada para supli- car al pintor que las permitiese ver el cuadro. Natural- mente, esto produjo allí dentro de la sagrada colmena muchos susurros y discusiones , que durante una sema- na llenaron el convento del nombre de Víctor. Lucila oia hablar de su primo á todo el mundo, Al comer y al pasear, en las horas de trabajo manual y en las de rego- deo y esparcimiento por el jardín y claustros, no se ocu- paba la comunidad de otra cosa. Huía de toda conversa- ción , porque sabía que al cabo el nombre del pintor sal- dría á plaza. Sor Ana de Flix propuso á Sor Lucila para la comisión de hablar á su primo. . — ¿Quién mejoV? — repuso Sor Irene. Lucila se estremeció. Negóse en absoluto, y como las monjas insistieran, ella repuso con altanería : — ¿ Creen VV. que mi situación es buena para queme ocupe de esas niñadas? Contestación que le enajenó muchas simpatías, y por SOR LUCILA. 153 las bocas de aquellas santas mujeres corrieron estos co- mentarios : — ¡ Necia 1 — ¡Hipócrita! Sor Ana de Flix desempeñó su misión con dichoso acierto. Era una mujer como de treinta años^ blanca, de faz redonda y carnosa, frente preñada y ojos insignifi- cantes. Víctor llevó el asombro más grande á la comu- nidad cuando contestó á Sor Ana : — Señora, este cuadro , que es infinitamente malo, le hago por el solo gusto de regalárselo al convento. Es un capricho que ya tenia yo en mi cabeza y en que ahora me acabo de resolver en vista de la bondad de V. Como en el tomar no hay engaño, la Abadesa, en nombre del Capítulo, aceptó la oferta, haciendo constar que en su Orden había el precedente de recibir donativos de toda especie, y con más placer aquellos que pudieran contribuir al embellecimiento del culto. Aun trascurrieron quince días. Después el cuadro quedó concluido y el mandadero lo llevó por el patio, envuelto en telas negras , y la curiosidad de las monjas quedó satisfecha. Bepresentaba un monjío. Víctor había hecho una obra buena. TSo había acertado, es verdad, con esa suprema clave del arte reservada á la intuición del genio , pero había desarrollado condiciones singulares de sentimien- to. Sor Lucila se quedó absorta al verlo. La figura de la novicia, que ocupaba el centro de la composición, era la suya propia. Y había en aquel pedazo de lienzo una au- reola de luz blanca sorprendida en las regiones etéreas. 154 JOSi ORTEGA MÜKILLA. La tristeza de la novicia que abandonaba el mundo flaía de sus ojos 7 se destacaba entre la claridad , como nn pensamiento negro en nn ramo de lirios blancos. Ella no se fijó en otra parte ni en detalle alguno más de la obra, 7 mientras las monjas prorumpian en exclama- ciones de admiración, de asombro, de ignorancia, Sor Lucila parecia abstraída, muda, 7 tan quieta como la figura del lienzo que la representaba. XXYII. ¡Luz! sLnz! Sor Lucila, después de contemplar aquel lienzo, se apartó de la capilla interior, donde estaba colocado pro- visionalmente, y se fué á pasear por la crujía superior del segundo piso, llevándose en la retina todas las figu- ras del cuadro, con su exacto color j su misma silueta; y cuanto más tiempo trascurrió, pareciéronle más bello el conjunto y más primorosos los detalles. ; Qué talento el del artista! ¡qué inspiración! ¡qué gusto! ¡qué 1 ¡Y «1 artista era su primo, llevaba su apellido, vivia en Muriedro, y las monjas hablaban de el con extraordi- nario elogio! — Pero sin embargo— ^exclamaba Sor Lucila con tristeza — ¡no es feliz! ¡Pobrecillo! Dice que le falta mucho para ser dichoso ¿Qué le faltará? ¡ Bien he de rogar porque prospere y sobre su cabeza lluevan las bendiciones del Sefior I El sol entraba por los arcos peraltados del claustro, y los cuadritos de las celosías dibujaban en el suelo de anchas losas rectángulos dorados. Sor Lucila acercó su frente á la celosía y vio la lucha de una araña y una mosca en el balaustre del balconaje. — ¡Pícara araña! — exclamó. 156 JOSÉ ORTEGA BTÜKILLA. Y haciendo de sus labios la deliciosa mueca que los convertía en un botón de rosa, sopló al grupo de com- batientes. La mosca voló, y la araña se dejó caer pen- diente de un hilo, como marinero que desciende de la alta cofa. — ¡ Que no es feliz! — volvió á pensar Sor Lucila. — ¿En qué podrá consistir eso ? Vamos á ver : pobre sí es pero no pobre de pedir limosna. Es pobre, porque no tiene rentas ¡Ahí pero el Señor todo lo hace gran- demente En cambio le ha dado aquella frente ¡aquella frente! Sor Lucila cerró los ojos para ver aquella frente, y con los párpados caídos y una sonrisa de enfermo pasó sobre sus mejillas y alargó las dos arrugas que lineaban el cutis sobre las cejas. — Mucho me acuerdo de las relaciones de sus peni- tas ¡Días sin comer, como mi padre! ¡Noches al raso, como mi padre!.... ¡Por cama un guijarro co- mo mi padre, como todos los que, según Sor Dulcísimo Nombre, nacen al lado izquierdo de la Virgen! ¡Se- ñora mía : tú no debes tener lado izquierdo! Suspiró y abrió grandemente los ojos, como quien de- sea echar friera el entusiasmo que le produjo interna vi- sión. —Pero él se reía al contarlo todo ¡Qué le importa á él ser pobre, si tiene en el alma tantas cosas! ¡pero tantas! un valor ¡un talento!.,... una voluntad Dios hizo un dia las cosas buenas , y ese día le hizo á Víctor El pensamiento de Sor Lucila buscó de nuevo túneles SOR LUCILA. 157 y oscuridades, palpando las sombras en demanda de la luz. — ^¿En qué consistirá, pues? ¿por qué es desdichado? Yo sé que él está triste j no sé de qué ¡Ignorancia la mia! Ello es que la verdad quisiera saberlo El padre Amaro tiene un sistema de saber las cosas rezar mucho..... ¿Que no sé esto?.... ¡pues una salve! ¿Que no sé aquello? ¡otra salve! A eso lo llama él cavar en el cielo para buscar el filón del saber.... ^ ¡Cavaré, cavaré hoy mismo! Veremos, veremos si cuando venga Victor á preguutar si nos ha gustado ej cuadro, puedo decirle, o: Sé por qué estás triste 2> ¿ Cuándo vendrá ? Dijo que el jueves ¡Pasado ma- ñana es jueves ! Su distracción creció, y el sol seguía avanzando, de tal suerte que envolvió su cabeza en fantástica toca de luz, y una dulzura suprema se apoderó de ella. Volvió á cerrar los ojos, y con ambas pálidas manos sobre las páginas del Año Cristiano permaneció un buen espa- cio, y aquella sonrisa de enfermo de que queda hecha referencia tornó á arrugar su frente y á jugar en su ros- tro todo, como el sol en la vasija plateada. Y al abrir los párpados, sus pupilas , fascinadas por la luz, vieron entre las letras del libro estaií palabras : €/ Víctor/ ¡Víctor/ ¡ Víctor /i> muchas veces Levantóse súbito asustada ¿De qué? Asustada de aquellas letras, y una aparición vehemente y un terror extraño abrieron su boca y pusie- ron en sus ojos el asombro Miró á su alrededor, ere- BOB LUCILA. 159 yendo que todas las monjas la rodeaban , que Víctor en- traba por la ventana, qae la mosca y la araña reñían de nnevo, convertidas en monstruos horribles Pero como todo aquello era un vil juego de sus sentidos, se serenó bien pronto. Alzó el libro, y viendo despacio sus com- pactas líneas, no halló la palabra Víctor. En otra cosa se equivocaba también. Ella decía que Víctor vendría pasado mañana y que pasado mañana era jueves; y no; pasado mañana era miércoles. Contaba de tal suerte, que al amanecer del miércoles empezó á re- zar el Oficio santo del jueves, y cuando se convenció de su error, se puso triste. La Cuaresma terrible . ¿Se acuerda el lector de aquella excisión tremenda que dividia los espíritus eü el convento de las Deseadas? Pues bien : Sor Jerónima de las Llagas, la ilustre Aba- desa, supo encontrar en si misma elementos de victoria, y las huestes confíteriles, capitaneadas por Sor Dulcísimo Nombre, fueron sojuzgadas completamente. Esto acon- teció á tiempo que el año entraba en Febrero, pocos dias antes de la Cuaresma. Sor Jerónima quiso que el triun- fo de la Regla sobre el extravío comercial de las monjas confiteras fuese celebrado con vapuleos generales y gran- des ayunos. El sacristán segó de la huerta un par de espuertas de acelgas verdes y húmedas. Iban á ser todo el alimento de la comunidad durante los cuarenta dias. A las camas se les quitó el jergón y la almohada y se subieron del corral piedras rodadas que sirviesen de ca- beceras. Para colmo de martirios carnales, Sor Jerónima hizo una bolsa de linón, que llenó de zarzas y piedras agudas, á fin de que con ella se golpeasen las madres por turno, mientras se rezaba el Padre Nuestro á la hora del alba. El poco y mal comer, el escaso dormir, inter- rumpido por levantamientos generales y toques de cam- pana á prima noche , á las doce y al rayar el dia; las SOR LUCILA. 161 faenas fatigosas de limpiar suelos y paredes, fregotear vidrieras j sacudir cortinones y tapices hicieron en dos «emanas de la comunidad un congreso de momias éticas. Habia quien lo llevaba con paciencia y gusto, porque no faltaban algunos espíritus verdaderamente elegidos y sublimes. Pero las ancianas empezaron á flaquear en el 'Cumplimiento de sus deberes, y Sor Paz de los Alum- brados exclamaba con toda la ira compatible con su ex- tenuación demacradísima: — ¡Para esto me hubiera metido á criada! Sor Dulcísimo Nombre se quedó en los puros huesos; siendo de suyo algo glotona , el hambre le roia los talo- nes y pasaba las noches de claro en claro, habiendo aca- bado por cobrar odio espantoso á las acelgas. En sus «cortos y febriles sueños, veia acelgas gigantescas nacer -en el compás de la iglesia, y que diablillos juguetones, •con ramas y disciplinas industriadas de tan fea planta, la sacudían el lomo lindamente. La hora del yantar era la hora de los suspiros , y la mesa parecía el patíbulo de los estómagos regalones. Co- mían con cucharas de palo negro y bebían cantidad cor- tísima de agua bendita. Aquélla era la casa del Dómine Oabra, constituida en comunidad religiosa. Sor Jerónima «ra una santa, y si no fuese por sus gustos retóricos, merecería la palma dorada de los santos. No había sino verla para comprender que en mariposa nocturna cruzaba por sobre el aceite ; un esca- rabajo de élitros de metal iba á encender un cigarrillo en la llama; partículas de polvo, sacudidas de los altare» por el plumero incansable de los vientos , flotaban en lo luminoso , y parecían seres vivos. Sor Lucila cerró Ios- ojos para mejor rezar, porque aquella luz la hería, la pe^ netraba en el alma, alteraba su tranquilidad. Ella que- ría un pliegue del manto de la sombra para envolverse en él; una ola de nubes negras que la llevase en su seno por los mares del olvido, donde toda pena es muerta, to- da llaga del espíritu cerrada y sana. Rezó; pero noelev4 SOR LUCILA. 169 SU pensamiento hasta aquél Jesús que yiera un día gran- dioso como una montaña , teniendo por nimbo el sol , por cabellera el ramaje de los sauces y enebros , por len« guaje el canto de las avecicas volanderas é inocentes. Se sentía pecadora, y el fardo de los malos deseos, que pesa- ba en sus hombros como de plomo y la hería como de zarzas, no la dejaba subir á la cumbre suprema. Bezo á la Virgen, esa madre cuyos brazos son el nido délos áni« mos temerosos y contristados. Entonces escuchó de nuevo el violin. Ella sabia que le tocaba un singular maestro de capilla de la catedral, áspero en su trato, lleno de malquerencia por su talen- to , el cual moraba en un casuco árabe de la rinconada, completamente solo — solo, con su violin y sus papeles. En su retiro pasaba largas horas tañendo el violin, y era un deleite el oirle Pero ¿ qué música era la que enton- ces fiuia de su arco? Era una música burlona, fiera, lle- na de carcajadas demoniacas y de seducciones irresisti- bles : música de virtuosos que se pervierten , de hon- rados que caen , de frailes delgados á puro correazos y maceraciones , que hartos de fatiga espiritual y de re- mar contra la corriente, pegan un corcovo y dan un salto, mostrando el vigor de sus cuerpos pecadores bajo la funda cristiana del hábito. ¿ Quién compuso aquella música? Acaso el mismo viejo desengañado : la inten- ción de Voltaire y la inspiración de Beethoven. La noche, el lugar, el propio estado de ánimo, au- mentaron el horror de la música para Sor Lucila. Un golpe de viento penetró por una claraboya de la iglesia y fué á soplar en los tubos del órgano, rechinando y 170 JOSá ORTEGA MtJNILLA. como ahogándose sns faelles ratonados. Sor Lucila sin- tió miedo humano , miedo de ladrones , miedo de fantas- mas y de gentes protervas que penetran por los resqui- cios de las puertas y se llevan la bolsa y el alma. ¡ Oh, qué horror I ¡ Ella pecadora, ella perjura; ella, que se ha- bia dejado llenar su frente del deseo de su primo, después de haberla consagrado al Señor , debia ser arrojada de alli, desgarrando sus ropas, vapuleando sus carnes, col- gando su cuerpo de un dogal prendido á la más alta cruz del Calvario! Sus largas noches de meditación, sus de- lirios profetices , sus lecturas místicas habian extravia- do su alma y sus sentidos. No veia la realidad. Yivia en el centro de un sueño perenne, lleno de agitaciones y martirios , de cabezas de santos degollados , de aspas de palo sosteniendo sanguinolentos miembros. El Tajo se habia convertido en el mar Bojo. España habia pasado volando por bajo el Ecuador hasta ponerse en el lugar de los acaecimientos bíblicos. Aquella vida era una paradoja sin lazo alguno de unión á la realidad. T por enmedio de todas estas nubes surgía la cabeza del hombre. ¿ De qué hombre? Del único. El amado , el elegido, el her- moso , el sabio , el noble ; el que encerraba el oro en el oorazon y la luz en la mente ; el que para subyugar no tenía sino que presentarse; el que simbolizábala idea del dominio por el amor; el rey , para el cual estaba el mun- do poblado de vasallos é inferiores. Sor Lucila se despre- ció á sí misma ; golpeó su flaco y virginal seno; arrastró su cuerpo como un guiñapo vil por las losas. — ¡ Mátame , llévame, dame alas, alas , alas ! \ Dé- jame subir á ti I Soy una criatura...... un átomo de pol- SOR LUCILA. 17 L vo fincio y indigno ; un átomo de polvo que pesa como una montaña por sus culpas. Eso decia mirando al techo cóncavo, donde aparecía €l rostro nobilísimo del Hacedor Sumo, pintado por Bayeu, entre rayos y resplandores, en la cima del Sinaí. Pero en sus espaldas no nacian alas , alas, alas, como ella queria. Su cabeza ardia; su frente era un pedazo de hierro que pesaba hasta abrumar ; no tenia allí esa vela mágica que hinche cimiento de lo sublime, haciéndola bogar al cielo, sino el ancla pesada de una nave inmóvil. Volvió á sonar la música del violin, cada vez más de- licada y elegante. Tocaba ahora el viejo maestro de ca- pilla un rigodón clásico, preñado de saltos y piruetas. Sor Lucila , en lo más calenturiento de su absorción, creyó que manos diablescas arrancábanle la toca, la fal- da , las sandalias ; que la rodeaban dos doncellas muy lindas , pero bajo cuyo traje de seda salia el rabo que las acreditaba como siervas de Luzbel ; que sus trenzas cor- tadas renacian con movimiento de culebras que se ier- guen y enderezan en su silo ; que un maravilloso ropaje de brocado cubría su talle, su seno , se abrochaba en su cuello y su garganta con ganchos de oro , y que en sus mejillas nacaradas pendian pendientes luminosos como una estrella ; que detras de un pesado cortinon de rojo terciopelo salia un caballero vestido , según ella , á la moda de Carlos IV , como aquellos nobles Añorbes de Lustrogrande que la Cigarra vio en la casa señorial , y que dándole el brazo, se lanzaba con ella por salones y jardines al compás de la música del lejano violin , tris- cando y corriendo con alegría simplicisima de rústicos y 172 JOSá ORTEGA MTTNILLA* comedimiento de cortesanos. Aquel caballero tenia la cara de Víctor. — ¡*0h, qué horror I — balbuceó Lucila. Temblaban sus labios como hojas. Faltáronle las fuer- zas, y cayó al suelo. Dio su frente en la piedra. La luz de la lámpara se apagó. Reinaron las tinieblas y y el hura- can , más violento que antes , galopó por los altares, der- ribando candeleros y rompiendo sacras, empujó cortinas de sarga con ruido siniestro, abrió una puerta y removió impío las cenizas de los sepulcros. Sor Lucila huyó de su celda asustada. Veloz corrió los claustros como una aparición medrosa. Descendió á los sótanos , sin rumbo , ciega, presa del miedo más intimo. Allá abajo habia un cuartucho negro y hondo , que pare- cía cubil de fiera. Y eñ efecto, las monjas decian al pa- sar por el quicio de su puerta sin puerta, santiguándose: — « ¡Ahí está la fiera I d Buscando un rincón muy oscuro , muy negro , muy silencioso y muy triste , Sor Lucila llegó á la puerta de aquel calabozo. La verdad es que allí no habia fiera al- guna, sino una caja de muerto, unas parihuelas pinta- das de negro, con calaveras y cruces de huesos amarillos á guisa de adorno. Porque era de la Begla de aquella estrecha Orden el que las monjas fueran enterradas sin caja, en el blando y húmedo seno mismo de la tierra, y en aquel aparato apelillado y lúgubre hablan ido más de cien cuerpos á las fosas del cementerio. Sor Lucila en- tró en aquella cueva, cuyas paredes nitrosas servían de cuartel general á las arañas de la provincia. Continua- mente estaban desprendiéndose de la terrosa bóveda SOR LUCILA. 173 granos de arena y piedrecillas , lo cual simulaba una es- pecie de putrefacción lenta j que iba ahuecando la vacie- dad del covacbo. Habia alli ruidos extraños, arrastre de píes húmedos y de blandas garras , y se adivinaban vidas traidoras de bichos espantosos j que tenían por nido la sombra. Lucila no sabia adonde iba. El pensamiento fijo imprimía á sus pies un movimiento de marcha sigi- loso y calmado. Sintió en las finas plantas la humedad del piso, y esta sensación subió, dando vueltas por los nervios , en espiral de horror, desde las piernas á la ca- beza. Entonces tropezó con la horrible parihuela y sonó como una caja hueca , haciendo huir á muchos ratones. Creyó que alguien la empujaba, la asía, y se encogió, queriendo hacerse invisible é impalpable. Oyó carca- jadas burlonas, agudas, de bocas desvergonzadas que interrumpen el reír para blasfemar, una escala diatónica de dicterios , proferidos unos por voz aguda , otros por voz de bajo ; alaridos de tiples de capilla sacrificados ; y encima de la parihuela, un taconeo no muy ruidoso, de pies muelles que bailan infernal danza ; castañueleo de tibias y costillas agitadas como por la mano de un es- queleto ; grandes aullidos , y otra vez el coro de risas I Después, nada ; sus nervios se hicieron de plomo , in- sensibles, duros ; su cráneo se heló ; su boca se contrajo, y sus pupilas quedaron en violenta y dolorosa inversión. Y cuando volvió en sí, hallóse recostada en aquella caja fúnebre. Se levantó espantada, huyó, corrió, atravesó el patio , ascendió la escalera, y su luenga ropa se que- daba (íetras de ella , flotando en el aire por lo veloz de la fuga. ¡ Qué crimen , Sefior ! Las salidas de amarga ironía , que formaban una faz importante en el espíritu de Víctor, fueron desapare- ciendo poco á poco. En breves días de holganza su espí- ritu había metido mucho sol dentro de las negruras de la conciencia descuidada. — ¿Qué hago yo aquí? — se preguntó una mañana^ reparando por vez primera el mísero mueblaje de su cuarto. — ¿ Por qué no me voy á Madrid ? ¿Cómo voy á vivir? Esto se me* acaba (señalaba el bolsillo de su cha- leco, que entonces abrochaba con descuido, equivocando el orden y casamiento de ojales y botones) ¡Seré un vago, un necio , un hombre inútil toda mi vida ! A Víctor no se le había ocurrido siquiera que su cua- dro pudiese tener mérito alguno, ni que su pincel llegase á constituirle una renta. En un espejo de pésima y turbia luna se miró un ins- tante mientras con el peine enderezaba y torcía sobre el siniestro lado su cabellera. Entonces exclamó : — No la amo ¡la adoro I T se quedó inmóvil dos minutos con el peine en la mano. Después añadió : — ¡Qué disparate! ¡ Pero eso es absurdo I . SOR LUCILA. 175 En el tiempo que empleó en ponerse la americana concibió Tina resolución. — Me voy cuanto antes Mañana. Podia haberse marchado aquella misma tarde ; pero él decia , sino de averia». En efecto, la vio. Pero le costó trabajo hallar en aquella de- macrada mujer á la gallarda niña, cuyas manos habia copiado en la casa sumergida de Gijon. Entre aquellas formas delgadas , pero robustas al mismo tiempo , y las 176 JOSÉ OBTSGA MÜKILLA. lineas angulosas y cadavéricas de ahora no existía más enlace que el de ana memoria de amor. — Sufres mucho — balbuceó Víctor. — No — afirmó Lucila abriendo sus enormes ojos^ á los que el ayuno, el insomnio ^ el iigobio moral , el re- mordimiento el martirio en todas sus formas, presta- ban elocuencia suma y negrura más intensa. Él no pudo resistir la mirada de aquella pupila y sur- cada de ligerisimas líneas venosas , como las que cule- brean en la piedra serpentina. — ¿Vas á Madrid? — preguntó Sor Lucila. — Me voy — repuso Víctor. El silencio fué tan elocuente , que valió más no inter- rumpirle , y dominó en el locutorio j oyéndose el latido metálico del reloj , más duro y vibrante á cada minuto que tr&scurria. No hablaron más palabras en mucho tiempo 9 pero sus almas no cesaban de experimentar sen- timientos bien hondos, de esos que dejan huella profun- da , profunda como las de una carga de caballería en un barrizal^ Sor Lncila tenía abiertos los ojos, y su delicada y aguda nariz de corte ateniense se destacaba en la pali- dez mate del rostro. De repente se irguió , miró á su alrededor, volvió atrás la cabeza, y gritó como si un fiem- tasma invisible la persiguiese : — ¡ Oh I ¡ Déjame , déjame I Pero instantáneamente se recobró ; algunas lágrimas mojaron sus pestañas y quedaron en ellas suspendidas. — ¡Lucila Lucila I — murmuró Víctor. Miróla Víctor atenta , apasionadamente. Se había le- vantado, apretaba con sus manos la reja, y en sus bra- SOR LUCILA. 177 zos tendidos, en sus hombros alzados , en sus piernas «n flexión se adivinaba un esfuerzo hercúleo empleado contra la resistencia superior é invencible del hierro •claustral. — ¡ Oh ! Yo queria haberme alejado sin descubrirte mi secreto Pero no puedo — ¡Vete I — mandó ella severamente, frunciendo el .arco de sus cejas. — ¡Yo te adoro! — ¡ Huye , perverso , pecador huyel Sor Lucila no parecía contestar á ser humano , sino liablar en sueños , defendiéndose de una obsesión. — ¡ Huye de aquí I — repitió. — Yo te adoro, mujer de Jesús. — ¡Monstruo I — ¡ Hermosa 1 ¡ Luz mia 1 — ¿No sabes qué pecado cometes? ¿No sabes que tu boca te está condenando? — No es mi boca Es mi corazón — Olvídame — gimió ella, mirando á Víctor con lás- tima. Y luego quiso envolver en una frase todos los sacri- ficios y todos los consuelos , y prosiguió empujando sus palabras como se empuja el cuchillo suicida. — ¡Busca otra mujer! — No hay más mujeres La mujer eres tú. Ella experimentó una cosa tan grande en su alma, un valor del mal tan espantoso, una decisión del pecado tan horrenda y fea, que sin miedo afrontó esta vez sus visio- nes apocalípticas. Parecía que algo superior, fuerte, in- 12 178 JOSÉ ORTEGA MUNILLA. vencible, salía de su alma para detener y arrollar toda peligro. Al oir las últimas tres palabras de Víctor, sin- tióse mujer por vez primera : sintióse capaz del pecado» Antes había sido una niña, una inteligencia primorosa, pero equivocada; un corazón delicado, pero incompleto algo etéreo, sin sentidos. ¡ El pájaro que lleva un ploma en el ala durante el primer momento de la huida I Ha- bía nacido con el germen de aquella facultad arrogante 7 avasalladora, pero causas secundarias habían detenido y helado su prosperidad. Era como esos pinos de los Al- pes , que sólo pueden desarrollarse en los brazos del hu- racán; su desenvolvimiento interno, lento, invisible, se exterioriza un día, desgarrándose las yemas y reventan- do los botones : anochece arbusto y amanece árbol. Mas después de aquel estremecimiento del amor, des- pertado salvajemente, el rubor la hizo estremecerse, el deber la heló el alma. Tuvo fuerza de voluntad para cer- rar los ojos, para negarse el ansioso gusto de la última mirada, para salir del locutorio' sin decir ^¡ AdiosI :» XXXI. Expiación. Víctor salió de Muriedro aquella misma noche, lle- vando el alma desgarrada y el corazón sin esperanza. Su condición honrada y noble tenía mucho que repro- char á su conducta. Kecordaba el dia aquel con horror, con vergüenza. En cuanto á Sor Lucila, las tempestades de su espíri- tu fueron creciendo. Ya se encontraba inútil para resis- tir. Su voluntad era como la tranca que ha detenido mu- chos años la puerta , y un dia se rompe. Estaba rota. Tuvo franqueza para confesarse á sí misma sus culpas y sus malos deseos , y dijo el dia de Santa Elena, en que cumplía diez y ocho años , que acertó á ser el mismo en que ocurrió lo que en el anterior capítulo se relata : — ¡ Diez y ocho años inútiles ! ¡ Hasta hoy no he em- pezado á vivir! Llevóse la mano al corazón y repitió con satánica alegría : — ¡ Hoy empieza tu vida I Aun cuando su estado físico era decadente y su debi- lidad crecía , quiso confesar sus pecados. No pudo , por- que al tiempo de arrodillarse ante la reja, al otro lado de la cual se veía el ancho rostro del padre Amaro, ere- 180 J08Í ORTEGA MUNILLA. yo que la decian al oido : « ¡ Si no te arrepientes ! ¡ Si no te arrepientes ! i> Y el pavor la hizo desmayaise. Fué condacida al lecho, y la fiebre se apoderó de ella. Las monjas se inquietaron mucho, oyéndola proferir entre el delirio palabras extrañas é incomprensibles. A las doce de la noche tuvo un ataque de tos nerviosa y un arranque de sangre. Sus fantasmagorías le enseñaron monstruosas figu- ras : á su padre muerto, podrido, en el agujero del ce- menterio, con media cara comida de gusanos y una mano crispada; 4 las monjas , volando por los aires, ca- balleras en el palo de una escoba, que iba barriendo las estrellas. El absurdo se despachó á su gusto en aquellas horas. XXXII. últimas escenas. La testamentaría de D. Acisclo Afiorbe fué complica- da y enredosa. La vinda no pudo salir de las garras de abogados y procuradores en dos meses largos y tristes. La pobre doña Ana , que en su vida habia tenido par- ticular gusto ni disposición para los negocios, hubo de someterse á la dura prueba de aquellas conferencias y discusiones sin fin. Por fin terminaron, cuando el dolor que produjo la fuga del ser muerto empezó á endure- cerse. Entonces fué la viuda á Muriedro. Halló á Lucila enferma, y esta triste sorpresa la llenó de fúnebres pre- sentimientos. La fama de santidad y devoción de ella le dieron carta blanca con las monjitas. Todas quisieron conocerla y estrecharle la mano. Les parecia una santa con medio millón de renta. Cuando dijo que anhelaba ver á su hija, no hubo dificultades. Entró en la celda y halló á la pobre monja que parecia un pájaro con las alas rotas, el mirar triste, la respiración dificultosa. — ¡ Ah, hija mia! — exclamó la madre con miedo. Creyó ver en aquella antiquísima poltrona donde re- posaba su hija, un cadáver. Sor Lucila decaia lentamen- . te. Su salud se desvanecía. 182 JOSÉ ORTEGA MUNILLA. — Esta es la prueba — decía Sor Ana de Flix, son- riéndose tristemente. — Todas hemos tenido esta crisis al año de vivir en el convento. Cuentan que ocurre lo mis- mo en América con casi todos los que van. Pasan la fie- bre Pero aquí todas sanamos. Es así como cambiar de pluma. Sor Lucila miró con vehemencia á Sor Ana. Ella sa- bía qué cambio era aquel suyo. — ¿ Y el médico ? — preguntó doña Ana, sintiéndose horrorizada al ver la frialdad con que allí se bromeaba a1 borde de la tumba. — Dice que Sor Lucila padece palpitaciones en el co- razón — replicó Sor Ana. La enferma clavó otra vez su mirada negra en Sor Ana de Flix. — Nuestras oraciones valdrán más que las medici- nas — observó piadosamente Sor Perpetua. — Cierto Pero aun así es preciso que un buen médico — repuso doña Ana. — Tú ¿qué sientes? — ¿Yo? ¡Falta de aire, falta de luz! Ahogo. Sor Lucila había perdido todas sus fuerzas en la es- téril lucha con inclinaciones del alma y del cuerpo. El ayuno había evaporado su ser, y allí, bajo las flojas te- las negras y blancas, sólo quedaba el armazón endeble. Le costaba trabajo levantar una mano a la altura de las sienes. La respiración había llegado á convertirse para ella en un trabajo abrumador. Una inapetencia mortal cerraba su boca. Manchas rosadas resaltaban en sus me- jillas sobre la palidez de ellas. No tuvo fuerza para abrazar á su madre. Oprimiéndola una mano agotó todo SOR LUCILA. 183 «1 vigor de sus músculos y quedó desfallecida , con los párpados abatidos y moribundos. El efecto que la vista de Sor Lucila produjo en doña Ana es presumible. — ¡Dios mió I ¿Qué es esto? — se preguntaba ella, llena de horror. — ¿Qué traidora enfermedad es ésa, que nace en un dia y mata así , de repente? Llamó telegráficamente al médico de la casa, á Gon- zález Bobles, un sabio cada dia más en boga, y de quien por entonces hablaba todo el mundo por no sé qué ma- ravillosa operación practicada en el cráneo de un autor dramático, á quien habia estirpado el órgano de la fero- cidad , en beneficio del arte. Vino el sabio y reconoció á •Sor Lucila. González Bobles habia nacido en Canarias, y tenía este estribillo en su conversación familiar : «¿Us- ted sabe?i> dicho con cierto deje, que cargaba el acento en las vocales agudas. — Esta señorita, ¿V. sabe? — dijo González Robles — necesita salir de aquí. Iba á decir e: de este presidio!» ; pero el contumaz é im- pío materialista se contuvo al verse rodeado de monjas. — Es preciso que pidan VV. dispensa al Arzobispo, ¿usted sabe? Yo daré una certificación y le hablaré personalmente, ¿V. sabe? Es muy amigo mío. Le curé cuando estuvo enfermo del estómago. Es una desdicha de la época : muchas veces los pre- claros varones de Dios deben su vida á la ciencia de los ministros de Satán. Y es porque ahora los diablos estu- dian mucho. — Doña Ana, es preciso que cuanto antes se lleve ' 184 JOSá ORTEGA MUNILLA. usted de aquí á esta señorita, ¿Y. sabe? ¡A la monta- ña, á la montaña con ella! ¡A un rincón de la más alta cima del Pirineo! Un poco más acá de la frontera..... Allí respirará bien. Deben VV. arrendar una villa de aquellas que están sembradas por los pliegues del Piri- neo Cerca de Ausó tiene V. un par de ellas magní- ficas ¡Y el paisaje ¿V. sabe? es muy bello! Todo esa es bueno para esta señorita, ¿verdad? Sonrió el buen señor, y su sonrisa se reflejó en el al- ma de Lucila. Sin explicarse el por qué, ella concibió 1& más viva simpatía por González Robles. Le pareció un ángel salvador, á pesar de su barba corrida y su granu- jiento semblante moreno. Las dificultades que hubo que vencer fueron muy grandes. Romper el claustro, aun por motivos de salnd^ es casi imposible. Quien entra en ellos renuncia á todo lo de la tierra, la vida inclusive; y asi como en la ordina- ria existencia el grito de un ser que exclama : Pero Sor Lucila había empezado á acostumbrarse á la idea de su propia maldad. — Lucila, hija mia — observó Doña Ana, que había lle- gado ya á donde estaban los dos primos. — ¿No te hará daño el fresco de la noche? — No me hace daño ¡Me siento tan bien! En lo más lejano, un pedacillo de mar se movía entre dos rocas puntiagudas. — ¡ Qué mar tan pequeño ! — dijo la monja. — Por ahí pasan vapores silbando, barcazas llenas de pesca , enjambres de gaviotas y albatros — repuso Víctor. — ¡Qué bonito! — murmuró ella. Cerró los ojos para contemplar aquel pequeño mundo acuático, lleno de vapores y pájaros. 192 JOSÉ ORTEGA MUNILLA. — Y á la derecha hay un faro : es como un gran cirio que alumbra el lecho funeral de los que se ahogan. — ¿Se ahogan muchos? — preguntó con interés la monja. — ¡Muchos! algunos á propósito. — ¡Qué miedo! ¿A propósito? ■ — Es que hay penas que sólo caben en el mar. — ¡En el mar! Lucila abrió sus grandísimos ojos y se quedó absorta, con la cabeza baja, viendo hombres que se echaban al mar y no salian jamas á la orilla. — Volvamos á casa — propuso Doña Ana. — Insisto en que este fresco no puede menos de perjudicarte. — No, no!.... Sigamos por el caminito. Dame el brazo, mamá. Apoyóse la hija en la madre, y anduvieron silenciosos los tres paseantes. Sus sombras se perdieron en lo oscuro. A lo lejos se oia cántico de sapos moradores de un arro- yo vecino. Luego torcieron á la derecha, y hallaron una cruz de piedra, en cuyas aspas habia toscamente graba- da& estas palabras : o: Aquí mataron traidoramente á Pe- dro Barrieco. » La vista de la cruz despertó en Sor Lu- cila las memorias conventuales. — ¡ Jesús , Jesús mió ! — dijo — ¡ Qué olvidadas tengo mis oraciones ! Quiero rezar aquí. Se arrodilló en el polvo del camino, y Doña Ana la imitó. Víctor permaneció en pié. — Arrodíllate, hombre — suplicó Doña Ana. Él obedeció. Lucila se volvió para preguntarle : — ¿Sabes rezar? SOR LUCILA. 193 — Un poco pero no ejerzo. — ¡Desgraciado! ¡Te tengo lástima! — murmuró la monja. — ¿Cómo quieres entrar allá arriba? Kezó Doña Ana, y Víctor hizo como que rezaba. Bepetidos estos paseos durante una semana, fué pre- ciso suspenderlos , porque Lucila volvió á decaer. No pudo salir de su gabinete, y tornó á las inmovilidades del sillón y al silencio de la muerte. Tenía proyectado doña Ana ir el domingo á Ausó, á oír misa mayor, en un carruajillo que habían arrendado. Pero aun cuando Lu- cila quiso acompañarla, no pudo. Las cosas daban vuel- . tas en sus ojos, y un dolor singular hería sus retinas, ^omo si los rayos de luz la agujereasen el cerebro. — Yo no voy tampoco — afirmó doña Anj. Pero insistió tanto Lucila, que no hubo remedio. — Vé oirás la misa por mí. Este libro de mis ora- x^iones tiene marcadas las hojas que al oficio de hoy cor- responden — replicó la monja. — Llévatele y reza. Víctor habia salido de madrugada, siempre acompa- ñado de sus lápices y cartera. Doña Ana se alejó en el quebranta-huesos con Garriguez, y la cocinera subió á hacer compañía á la señorita. Aun no habia andado el carruaje medio kilómetro , cuando Lucila experimentó un ahogo grande. — Gervasia, Gervasia — dijo. — Salga V. á ver si aun se ve el coche Y y si se ve, llame con el pa- ñuelo Que vuelva mi madre No me encuentro bien. La cocinera, asustada, corrió al parterre. Ya no se veía el carruaje. Salió al camino , corrió por él y buscó una eminencia del terreno pata llamar desde allí. Temía 13 194 JOSÉ ORTEGA MTTNILLA. que la paciente e^erímentase algún sincope estanda sola con ella, j se alejó más, á fin de descubrir el birlo- cho; pero no conseguía divisarlo, porque el camino da- ba vueltas alrededor de la montaña como la cuerda del peón alrededor de su esferoide, y en aquellas curvas nO" habia horizonte visible. — ¡Gervasia! — gritó la enferma. — ¡Venga usted! ¡Yo me ahogo me ahogo I Farecia á Sor Lucila que el aire se acababa , que un inmenso pulmón absorbia toda la atmósfera del mun- do, y no le quedaba á ella ni un átomo de oxígeno. Tuvo un estremecimiento de ahogado , alargó los pies y esti- ró, torciéndola hacia la siniestra mano, la cabeza; abrió los brazos... #. Entonces se oyeron en la arena áoi par- terre pisadas violentas. — ¡Gervasia! — volvió á gritar Sor Lucila. Pero no entró Gervasia, sino Víctor. Una mirada rápi- da le hizo comprenderlo que pasaba. Vio morir á Lucila» — ¡Aire! ¡ Ai re ! — gimió ésta. Víctor dio un puñetazo en el cristal del balcón. Acer- cóse á la monja, cuyas melenas negras y lustrosas se escapaban del pañuelo de seda. Estrechó su mano. — Adiós — dijo ella. Miróle atentamente, respiró con brío, y llevándose la mano al seno, irguiendo nerviosamente la cintura, le dijo : — Me parece que te he querido un poco. Y murió. XXXIII. Final. Así acaba la historia de unos cuantos seres que creye- Ton agradar á Dios haciendo todo lo contrario de cuanto la naturaleza humana les dictaba. Madrid,^ AhHl de 1880. FIN. ÍNDICE. ' Páginas. t I. — La Hierba ocalta 1 II. — ¿ Quién se moría ? 3 III. — ^En que ocurren demasiadas cosas, to(fas ellas dignas de ser sabidas 7 IV. — ^Vida y opiniones de Lucila 18 V. — Sonrisas en el mar. — Dolores en la tierra. ... 24 VI. — CJombate. — ^Ala derecha 36 VIL — Combate. — Ala izquierda 41 VIH. — Viaje místico 44 IX. — El Convento de las Deseadas 48 X. — Letras sagradas y cartas profanas 56 XI. — Iluminación 61 XII. — Las Perdices del padre Amaro 66 XIII. — El padre Amaro medita 70 XIV. — Locutorio 76 XV. — Segunda edición de los cuentos de Garríguez. . 81 XVI. — De cómo dos formas distintas de la abnegación toman el mismo camino 85 XVII. — La Antesala del cielo 93 XVIII.— De Heródes á Pilátos 102 XIX. — Después de la muerte planes para la vida. . . 109 XX.^-e: I Oh I dichosa la zagala — que hoy se ha dado á un tal zagal, i» 112 XXL — ^Tres opiniones distintas y una tempestad final. 123 XXII. — En que se habla de Víctor y de los frascos de colores que compró 128